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Opinion |

La pandemia, ese estrecho desfiladero que no deja margen para la estupidez

La pesadilla no termina. Otra vez y ante la cantidad de casos el gobierno nacional se vio obligado a tomar medidas. Cauto, para no pisarle el poncho a los gobernadores y al mismo tiempo no pagar todo el costo de medidas antipáticas. Pero hay que ser justos: no tenía demasiadas alternativas. Después evaluamos porqué llegamos a esta instancia. No parece el mejor momento para pasarse facturas.

Por Jorge Barroetaveña

La Argentina enfrenta la segunda ola con más dudas que certezas. El Presidente, que dio positivo de COVID pese a estar vacunado, optó por volver al centro de la escena. Solo, respetando los protocolos y cuidando cada palabra, hizo los anuncios el miércoles, de nuevas restricciones aunque morigeradas. Le dejó a los gobernadores un margen de maniobra relativo, aunque la eficacia dependerá de cada uno de ellos.

Si bien el alcance del DNU es en todo el territorio nacional, no se vive la misma situación en todas las provincias y menos en pueblos y ciudades. Si algo aprendió el Presidente, que debe estar arrepentido de haber dicho que sacrificaba un 10% de más pobres por la salud, es que el impacto económico de cualquier ‘parate’ no sólo deber ser atendido, también evitado si es posible.

La situación de la Argentina no es fácil para enfrentar la segunda ola. El porcentaje de vacunación de la población es bajo: no sólo falta personal de salud, sólo 1 de cada 3 mayores de 70 años ha sido alcanzado por la campaña. Es pueril el argumento que los antivacunas han hecho escuela o que las dudas de la vacuna rusa hicieron impacto. La Argentina necesita por lo menos 60 millones de dosis y eso se sabía desde el principio de la pandemia. O al menos desde mediados del año pasado cuando la vacuna pasó a ser algo más o menos real.

Si no llegaron o llegan de a cuenta gotas es otra historia. Es cierto que la infraestructura de salud ha mejorado, que aumentó la cantidad de camas de terapia y respiradores. Pero el personal es el mismo, desgastado después de un año de pandemia y con los mismos sueldos que el año pasado, en términos reales.

Nada de esto ignora el Presidente. Por eso el escenario cuidado, la mención a la economía y la posibilidad de medidas que amortiguen el impacto de sus decisiones. ¿Por tres semanas? Nadie lo sabe ni se atreve a pronosticarlo. Dependerá de la evolución de casos y la velocidad con la que se pueda vacunar en ese lapso de tiempo.

Ese estrecho desfiladero, en el que el gobierno no quiere caer, también consume a la oposición. Un comunicado confuso, idas y vueltas en torno a un tema que divide aguas en Cambiemos porque cada uno atiende su juego. No es lo mismo un gobernador como Morales o un Jefe de Gobierno como Larreta, que Bullrich Patricia que no tiene responsabilidades a cargo. O el propio Macri que la balconea con la ventaja de hablar con el diario del lunes.

Más desenfocado aún suena el debate por las elecciones de este año que parece estar a una eternidad de distancia. Agosto, septiembre, octubre o noviembre. Con o sin PASO, la verdad que a nadie le importa. El debate, forzado por las necesidades políticas de los dos bandos, está jalonada por las chicanas y los cálculos pequeños de a quién beneficia o perjudica lo que pasa. Es cierto que para el oficialismo ganar las legislativas es vital, aunque el último antecedente de Macri demuestra que no lo es tanto. Esta vez, es el propio Alberto el que se juega el pellejo. Si aspira a ser reelecto no debería perder en octubre o cuando se hagan las elecciones, algo que sería casi como una coraza protectora ante las ambiciones de otros. Si Máximo o Kicillof son los candidatos de Cristina, perder sería un pasaporte al país del nunca jamás. La autoridad presidencial hoy devaluada, se volvería humo en ese escenario. Con dos años de gobierno por delante. Por eso es vital ganar, como sea, por un punto, pero ganar para dar la sensación que la película va a seguir. A lo mejor con otros actores, pero tendrá una segunda parte.

Para la oposición también es clave. Está como esas computadores que se reinician, y se van tanteando a sí mismas para ver qué funciones funcionan. La cabeza, los brazos, las piernas, la memoria. Hace pocos días una encuesta llamativa causó sorpresa: para la mayoría de la sociedad Macri sigue siendo el líder de la oposición, o al menos el que más representa eso.

¿Tiene correlato electoral? ¿La gente lo volvería a votar? Todo indica que no. Que su referencia es más bien simbólica y que los votantes dieron vuelta la página. ¿Están en busca de otro líder? Es probable, mientras tanto le siguen reconociendo esa condición. Pero eso difícilmente le alcance para volver a ser Presidente.

Larreta teje y desteje. No es que quiera ser Penélope. Sí lo que busca es ganar tiempo. Que pase la pandemia y poder concentrarse en la gestión, torpedeada por la Nación y a tiro los próximos dos años. Sabe que es su carta de presentación. Todos lo saben.

Tendrá que zurcir todos los remiendos que arrastra Cambiemos desde antes de dejar el poder, cambiarle la cara ante la sociedad para que los vuelva a votar y atalonarse para un eventual gobierno. “El mejor equipo de los últimos 50 años”, dijo Macri. Debería pegarse esa frase en la frente o tatuársela en la espalda para no cometer el mismo error. Ahhh, es cierto, me olvidé que los argentinos somos especialistas en repetir la historia. Una y otra vez. Aunque duela.

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