La patología del poder político
La división de poderes, la justicia independiente y la libertad de prensa, así, son los contrapesos con los que las sociedades ponen freno al poder ilimitado de los gobiernos de turno.
Es un intento por conjurar la patología propia de los gobiernos totalitarios, que se declaran dueños de la verdad, que dicen identificarse con la voluntad general, y que tienen una exagerada tendencia a coaccionar a los disidentes.
El politicólogo argentino Guillermo O’Donnell –reconocido a nivel internacional y que ha vivido muchos años en el exterior- asimila esa patología a lo que él llama “democracia delegativa”. Y en su opinión, Argentina la sufre desde hace años.
“Aquí, una vez que al presidente lo votaron, tiene todo el derecho del mundo y el deber de hacer lo que mejor le place. Por lo tanto, como la democracia delegativa tiene esa visión, cualquier poder que intente controlarlo es una molestia que tiene que ser eliminada”, explica.
Es decir, la democracia argentina tiene casi cero componente republicano. El circuito del poder no pasa por una serie de instituciones cuya función es poner límites al gobierno de turno, que tiende a llevarse puestas las garantías mínimas de los individuos.
En una entrevista reciente, O’Donnell llamó la atención sobre que esta concepción delegativa, que tiene arraigo en la cultura política del país, hoy está mezclada, para colmo de males, con el maniqueísmo K.
El país, así, ha vuelto a los ‘60 y ‘70. “Por un lado, los Montoneros y sus aliados, y por otro, la Triple A y sus ideólogos: una visión maniquea en la que todo el bien está de un lado y todo el mal del otro”, rememoró.
Una concepción en la que “el otro entiende cualquier cosa que yo haga como un acto de agresión vital”, explicó O ‘Donnell. En el pasado, eso lanzó una “dialéctica de la aniquilación”.
El país quedó polarizado, en medio de un combate en el cual aquellos que no suscribían a ningún bando, fueron acallados. “Esta visión maniquea creí que se había extinguido con la democracia, pero me parece que está reapareciendo” advirtió.
Y quien se cree con poder de dividir las personas en buenas y malas, se considera un iluminado, alguien tocado por el destino, al cual la historia le ha hecho un encargo especial.
Para el politicólogo, en Argentina “estamos frente a un elenco gobernante muy pequeño que está convencido de que tiene una misión sagrada que cumplir, y que por tanto le conviene resucitar fantasmas y polarizar en un execrable odio todo aquello que se le opone”.
“Es una táctica que implica varias cosas: quien está convencido de que tiene una misión no tiene aliados, sólo tiene seguidores o súbditos que son piezas a usar según la necesidad”, explicó.
“A quien es el portador de esa causa, y para el cual vale todo, no le importa acarrear tras de sí gente despreciable, porque ellos también son elementos favorables a la famosa relación de fuerza”, sostuvo.
En este contexto, acotó, se entiende que “perder una elección es una tragedia insoportable porque no es más el mecanismo normal de una democracia representativa de intercambio de gobierno, sino un síntoma de fracaso de esa causa noble”.
En suma, la democracia delegativa y el mesianismo maniqueo son patologías de un poder político desbocado, que desprecia los controles republicanos. Su vigencia puede producir daños terribles al país. Como ya ocurrió en el pasado.
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