Editorial |

La pena de muerte, aún vigente en el mundo 

Según Amnistía Internacional (AI), 690 personas fueron ejecutadas en el mundo en 2018 tras ser condenadas a la pena de muerte, una práctica controversial que se remonta a la antigüedad. Las estadísticas recogen las ejecuciones registradas en todo el mundo con la excepción de China, un país cuyas cifras siguen clasificadas como secreto de Estado. Sin embargo, AI estima que cada año el país asiático condena a muerte y ejecuta a varios miles de personas. De hecho, informes privados revelan que China ostenta el récord mundial de ejecuciones anuales. Los países con más ejecuciones registradas son Irán, Arabia Saudita, Vietnam e Irak. Entre los cuatro representan alrededor del 77% de las 690 ejecuciones confirmadas por AI. También hubo ejecuciones en Estados Unidos, Japón, Singapur, Sudán del Sur y Bielorrusia. Algunos países restablecieron la pena de muerte durante el periodo estudiado. Uno de ellos es Tailandia, que, según el informe de AI, en 2018 realizó su primera ejecución desde 2009. En el mundo islámico Irán es el país donde más personas son ajusticiadas. Allí se castigan con la pena capital las blasfemias o insultos a Mahoma y faltas “contra el Estado”, como el espionaje. La pena de muerte, que básicamente es la privación de la vida establecida por la ley como castigo para algunos delitos, ha dado lugar durante mucho tiempo a encendidas discusiones, que aún no concluyen, entre quienes la patrocinan y quienes se oponen a ella. Los defensores alegan en su favor el carácter ejemplarizante que, según su interpretación, tiene este castigo, lo cual no ocurre con las penas privativas de libertad. En cambio, los que se oponen a ella exhiben consideraciones de orden ético y religioso y aducen además el argumento de que el error judicial tiene, en ella, consecuencias irremediables. Se trata de una práctica que se ha venido aplicando ininterrumpidamente desde la más remota Antigüedad. Por ejemplo, en Babilonia el célebre “Código de Hammurabi” castigaba con la pena de muerte el robo, el falso testimonio o la acusación, la práctica de la brujería y otros delitos. Una de las formas más duras de la pena de muerte en los pueblos antiguos fue la crucifixión —o sea el clavado de la víctima contra una cruz de madera—, una pena severísima que se le aplicó a Jesús durante el dominio romano de Judea. Entre los pueblos americanos precolombinos —aztecas, mayas e incas— era muy frecuente la pena de muerte, que se ejecutaba por medio de lapidación, descuartizamiento, horca o garrote. La pena de muerte tuvo una extendida vigencia durante la mayor parte de la historia humana para castigar los delitos políticos y los delitos comunes. El patíbulo fue una de las instituciones fundamentales de los sistemas políticos en el mundo antiguo, en el medioevo y aún en la Edad Moderna. Fue inagotable la variedad de métodos para aplicarla: lapidación, crucifixión, despeño, asaeteo, hoguera, rueda, entrega a las fieras, garrote, arcabuceo, sable, descuartizamiento, horca, guillotina, silla eléctrica, fusilamiento, inyección letal, cámara de gas. Todas ellas se ejecutaban públicamente para escarmiento de la gente. La pena de muerte ha sido aplicada por todos los países de América Latina en algún momento histórico, aunque a inicios del siglo XXI está prohibida en la mayoría. Respecto a Argentina, fue abolida por la Asamblea del año XIII en 1813.

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