La política, donde todo es opinable
En estos días preelectorales la vida se ha politizado. Se hacen fervientes afirmaciones, muy parecidas a las que sostienen los hinchas de fútbol, sometidos a la pasión. ¿Cuál es el criterio de la verdad en estos casos?De un tiempo a esta parte la política alimenta la discusión en Argentina. Se afirma, se disiente, se pelea por los medios de comunicación, las redes sociales, en los lugares de trabajo o en los cafés.En muchos sentidos, se tiene la impresión que estos cruces son un diálogo de sordos, ya que nadie está dispuesto a escuchar la postura contraria sino simplemente a imponer la propia.¿Por qué razón es difícil ponerse de acuerdo? ¿Por qué razón en política dos más dos no son cuatro? Una posible explicación es porque aquí estamos en el mundo de las creencias, no de las certezas.Certezas son las que proveen las matemáticas, por ejemplo "los 3 ángulos interiores de un triangulo suman dos ángulos rectos". Y los teoremas no se discuten, se aceptan.En la política no es así, más bien todo se discute. Aunque las afirmaciones se expresan con mucha fuerza, se trata de una fuerza del querer, de la pasión y de los intereses.Atrás de todos los discursos políticos existe un interés, legítimo o ilegítimo, personal o de clase, una masa de sentimientos, buenos o malos, que los coloca en el terreno de la pura opinión.Estamos lejos, así, del mundo de la fría evidencia científica. En política -para decirlo francamente- importa menos la verdad que el hecho de "tener razón" y de querer imponerla.En la definición de la democracia se ofrece una pista para entender qué tipo de saber es el político: se habla de un gobierno de opinión. Es decir un sistema de gobierno guiado y controlado por la opinión de los ciudadanos.Según el politólogo italiano Giovanni Sartori opinión es "doxa", no es "epistème", no es saber y ciencia; es sencillamente un "parecer", una opinión subjetiva que no necesita ser demostrada.Y añade: "Las matemáticas, por ejemplo, no son una opinión. Dicho de otra manera, una opinión no es una verdad matemática. Las opiniones son convicciones débiles y variables".Cuando se pierde de vista que lo que se defiende es una opinión, se corre el riesgo de caer en el fanatismo, que es cuando un parecer, es decir un saber sin certeza, se convierte en convicción profunda o en creencia cuasi religiosa.La política deviene en religión cuando los simpatizantes de un partido, en lugar de juzgar la realidad con espíritu crítico y libre, son fieles de un dogma o supuesta revelación, o idolatran a un jefe al que le reconocen atributos de infalibilidad.Hannah Arendt, la filósofa política que analizó los totalitarismos del siglo XX, en especial el nazismo, llama la atención sobre la tortuosa relación que siempre ha tenido la política con la verdad, como valor objetivo.En el ensayo "Verdad y Política", escribió: "Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas. Siempre se vio a la mentira como una herramienta necesaria y justificable no sólo para la actividad de los políticos y los demagogos sino también para la del hombre de Estado".En la política se hacen afirmaciones, en suma, donde la verdad o la evidencia es un valor secundario. Aquí las opiniones emergen en un campo de batalla de intereses parciales y conflictivos, donde la mayoría de las veces cuenta el partidismo y el ansia de dominio.
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