La política revuelta y la economía en ascuas: ¿un milagro del Papa Francisco?
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A poco más de un año de dejar el poder el kirchnerismo se debate entre sus propias dudas. Impulsar un candidato propio para las elecciones, conservando su núcleo duro o abrirse para aceptar otras propuestas que no lo conforman pero le aseguran un mayor rédito electoral. Por eso, el ensayo prueba y error continúa. Jorge Barroetaveña La presentación en el estadio de Argentinos Juniors de Máximo Kirchner despertó las especulaciones más variadas. Él se encargó también de alimentarlas cuando espoleó a la oposición a permitirle a su madre presentarse otra vez el año que viene: sabe que la Constitución es clara e impulsar una reforma ahora sería prácticamente suicida. Su pensamiento debe inscribirse en la intención de conservar la mayor cuota de poder posible, en el último año de gestión y no en la violación de la ley. Igual, el mensaje no parece ser el mejor ni es un buen augurio. Los políticos argentinos deben acostumbrarse a dar el ejemplo y respetar la ley. La falta de alternancia en el ejercicio del poder es uno de los grandes males de las democracias de baja calidad institucional y el peronismo es uno de los mayores responsables de esta degradación. Las leyes no deberían ser un traje a medida de las ambiciones de nadie, aunque la realidad se encargue a cada rato de desmentirlo.Pero la hipótesis que esbozó el hijo presidencial, no suena descabellada en las usinas del oficialismo. La Cámpora es, a esta altura, una expresión política que busca independizarse de sus padrinos y tiene juego propio. Tendrá por supuesto un gran desafío a partir del 2015, cuando tenga que demostrar que su poder de convocatoria no depende de los dineros del estado. Que es algo màs que una agencia de colocaciones, como suelen marcarle sus detractores. Hasta ahora, ninguno de sus intentos electorales terminó con éxito. Cada vez que un camporista se presentó a elecciones perdió y hoy tampoco parecen tener un cuadro político de volumen para pelear una candidatura de peso, salvo que el dedo presidencial (como ha sucedido hasta ahora) los coloque en ese lugar. Pero el alcance del dedo de Cristina se acabará el año que viene, y tendrán que demostrar capacidad para armar juego propio desde el llano o, seguramente, con mucho menos apoyo del aparato estatal.Como fue la primera presentación ante el gran público, fue también la primera vez que se pudo conocer un poco más de su pensamiento. Salvo varias biografías no autorizadas, todavía no se sabe bien qué piensa el hijo de Cristina ni hasta dónde está dispuesto a llegar en sus pretensiones. Sí quedó algo claro después de su aparición: La Cámpora no tiene aún candidato propio y hará lo que la jefa le mande. Ni Randazzo, ni Rossi, ni Urribarri y mucho menos Scioli la representan. De todas maneras, en esa supuesta ambigüedad, bien podría quedar la puerta para una candidatura de la Presidenta. ¿Dónde? En la Provincia de Buenos Aires por ejemplo. Ese panorama claro, abre el abanico hasta el infinito y llevaría el debate político a un terreno impensado.¿Podría la Presidenta encabezar la boleta de diputados nacionales? ¿Podría aspirar a volver al Senado por ese distrito? ¿Estaría dispuesta a compartir su poder con Daniel Scioli en la misma boleta? ¿Podría colocar un candidato de trapo para erigirse ella misma como la gran dueña de esos votos, aún resignándose de antemano a perder las elecciones?En el 2009, Nèstor Kirchner sabía que, bajando a la Provincia de Buenos Aires, tenía grandes chances de perder las elecciones. Luego del insólito conflicto con el sector agropecuario por la 125, fue la primera derrota del kirchnerismo en el poder. Claro que el contexto era diferente y la perspectiva de continuar en el poder era otra. Hoy, la Presidenta no tiene sucesores que le complazcan a la vista y tampoco está en condiciones de imponer sólo su voluntad.Es extraño que, luego de tantos años en el poder y con tanto acumulado, el kirchnerismo no haya podido parir un candidato natural. También suena increíble la similitud con las postrimerías del menemismo, cuando le hicieron la vida imposible a Eduardo Duhalde, sin importarles demasiado que ganara la Alianza. Carlos Menem creyó que, con ese afán fundacional que guía muchas veces los pasos de los políticos argentinos, podría volver cuatro años después. Apostó al fracaso de su sucesor, conciente quizás de lo que representa el peronismo en la oposición y de las complicaciones que tendría la Alianza para gobernar. Y no estuvo tan lejos porque sacó casi el 25% de los votos en las elecciones del 2003. Pero su tiempo político estaba agotado y aún perduraba fresca la última imagen que había dejado.¿Es posible pues que el kirchnerismo duro apueste a una derrota y que Mauricio Macri se quede con todo? Esta especulación desaparecería de un plumazo si tuviera un candidato propio o al menos actuara como si lo tuviera. Pero la incertidumbre genera más dudas y especulaciones y termina por socavar la idea original que es conservar la mayor cuota de poder posible en medio de una transición que pinta complicada.Fue Bill Clinton el que alguna vez se plantó ante sus asesores de campaña y les conminó a darle más bolilla a la economía. "¡Es la economía estúpido!", les profirió, palabras que luego haría públicas en medio de su primera campaña presidencial. Y pese a los miles de kilómetros de distancia, historia e idiosincracias diferentes, en el hemisferio sur pasa lo mismo: ¡es la economía estúpidos!Y acá el kirchnerismo sigue haciendo agua. Sin son los buitres con su conspiración internacional, si es el fallo absurdo de Griesa, si es la crisis de los países europeos, si es la baja de la soja en el mercado de granos o si es la desorientación que tiene el equipo económico poco importa. Producto de la inflación los sueldos alcanzan cada vez menos y cuando la gente va al supermercado se da cuenta que las cifras del INDEC otra vez están quedando rengas con la realidad.El problema inflacionario grave lleva al menos 3 años en la Argentina, mucho antes que la omnipresencia de los buitres ganara la escena política y económica. Dólares a la economía le faltan desde mucho antes del cepo cambiario que ideó Guillermo Moreno y que nadie sabe ahora cómo sacárselo de encima. El Ministro Kicillof piensa una cosa y Fábregas en el Central otra. La Presidenta jamás ha mencionado en sus discursos la palabra inflación, como si hacerlo implicara una derrota política. Tan lejos llegaron que trucharon cuánto índice se cruzó, dejando a la Argentina sumida en una falta de información estadística seria alarmante como no pasa casi en ningún país del mundo.Uno se pregunta si a esta altura no será demasiado tarde el sincericidio, aunque es un callejón en el que el kirchnerismo decidió meterse solito. Con la transición política en duda y la economía en ascuas, la Presidenta almorzó con el Papa Francisco. Chistes aparte, el Papa no hace milagros ni te hace ganar elecciones. A veces la realidad es un muro con el que es preferible no chocarse nunca.
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