La política y la verdad ¿son cosas compatibles?
La política siempre ha sido una actividad moralmente ambigua. No debiera sorprender, por tanto, que en este ámbito sea difícil sostener una misma postura o conducta, no importa la circunstancia. Se diría que la verdad nunca se ha llevado bien con el poder. Aunque todavía se le pide a la política que sea verdadera -quizá porque al hombre le repugne la mentira-, ella siempre se encarga de recordarnos que esa no es su cualidad. Casi ninguna fuerza política, al menos en Argentina, ha sido lo suficientemente honesta. Difícil hallar a alguien, en este mundo, que pueda tirar la primera piedra. Sin embargo, opositores y oficialistas se acusan todo el tiempo de faltar a la verdad. Pero resulta que ninguno de ellos resiste el archivo. Y la actual presidente a la Nación no es la excepción a la regla.Cuando era legisladora nacional, y estaba en la minoría opositora, combatía con vehemencia algunas cosas que hoy, desde el poder, defiende como verdad revelada. Durante la Convención Constituyente de 1995, la entonces representante por Santa Cruz, Cristina Fernández de Kirchner, se mostró federal. Llamó a "modificar las relaciones de fuerzas entre las provincias y la Nación", considerando que la Ley de coparticipación "no ha sido respetada"."Las provincias han accedido en reiteradas oportunidades a detracciones de su masa coparticipable", se quejó. "Y así sine die, siempre el hilo se corta por lo más delgado", dijo. Afirmó que discutir la coparticipación es "discutir la distribución del ingreso". Y se preguntó: "¿Cómo no va a haber provincias inviables si nos están federalizando los gastos y centralizando los recursos?". En otra parte, Cristina Kirchner, cuando defendía una coparticipación ajustada a la ley, digna y no discrecional, señaló en la Convención: "Nadie nos va a regalar lo que no seamos capaces de defender para las provincias".Después, en 2000, mientras gobernaba el país la Alianza, la entonces diputada peronista Cristina Kirchner presentó un proyecto en el que proponía reglamentar los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU).En los fundamentos de la iniciativa, se leen cosas que suscribiría hoy cualquier opositor a los K: "Se observa una desnaturalización de la figura de los DNU, demostrando una verdadera ruptura del principio de división de poderes"."Así, el Poder Ejecutivo continúa legislando en forma habitual mediante una herramienta de excepción, con el consiguiente deterioro de las instituciones republicanas y la consecuente inseguridad jurídica", se indica.Allí, además, se califica de "práctica perversa" el uso indiscriminado de este instrumento. Este doble discurso, en suma, se ajusta a la máxima maquiavélica según la cual para tener éxito en política hay que "hacer menos caso de la fe jurada" y no trepidar en "disfrazar la inobservancia".Nosotros creemos que la misma palabra verdad ha dejado de contener su antiguo significado. No designa algo que ha de encontrarse, con la conciencia individual como único árbitro. En realidad se convierte en una imposición de la "voluntad de poder". Esto engendra un espíritu de completo cinismo respecto de la verdad. Contra este clima general intelectual, impuesto por la política, se han rebelado aquellos a los que les repugna vivir en la mentira.El escritor ruso Borís Pasternak(1890-1960), censurado en su momento por el régimen estalinista (que había hecho de la mentira un sistema), hace decir al principal personaje de su magnífica novela El doctor Zhivago, una terrible reflexión:"Los hombres de gobierno, por mantener la leyenda de la propia infalibilidad, hacen cualquier cosa por volverle la espalda a la verdad. Desprecio la política. No me gustan los hombres indiferentes a la verdad".
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