COLECTIVIDADES QUE HICIERON HISTORIA
La presencia olvidada de los franceses en Gualeguaychú
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Durante la segunda mitad del siglo XIX, muchos franceses se integraron a la comunidad local en los más diversos ámbitos y marcaron con su impronta la prensa escrita, la educación y la industria. Aunque no siempre se los recuerde, este grupo de inmigrantes contribuyó de manera especial al desarrollo de la ciudad en una época en la que aún todo estaba por hacerse.
La influencia de la inmigración italiana, española e incluso sirio-libanesa está muy presente en la memoria e instituciones de la ciudad. Sin embargo, aunque al día de hoy no sea tan recordada, la colectividad francesa supo ocupar un lugar destacado en la Gualeguaychú de la segunda mitad del siglo XIX. La pista sobre su rol protagónico en el pasado ha llegado a nuestros días gracias a las investigaciones de Elsa Beatriz Bachini, quien en 1966 dictó una de sus recordadas conferencias sobre este tema.
Según la abogada estudiosa de la historia local, muchos franceses llegaron a nuestras tierras escapando del régimen de Napoleón III, conocido como el Segundo Imperio Francés (1852-1870). Tal es así que el censo de 1853 reveló que, en una Gualeguaychú de alrededor de 3.500 habitantes, 258 eran franceses: 194 varones y 64 mujeres. Más allá de este número, lo que por aquel entonces marcó una diferencia fue el perfil de quienes llegaron, ya que muchos eran hombres de sólida formación cultural que traían consigo ideas modernas en el plano político, social e industrial.
Algunos fueron intelectuales y educadores; otros aportaron sus oficios, dedicándose a la agricultura, la industria, el comercio y diversos rubros artesanos. Una figura, probablemente la más notoria dentro de esta colectividad, supo combinar ambos elementos: el hojalatero y periodista José Lefevre.
Lefevre llegó a la ciudad hacia 1852 y abrió un taller de hojalatería en la calle Urquiza. Con el tiempo comenzó a participar activamente en la vida periodística local y en 1858 fundó el periódico “La Esperanza de Entre Ríos”, del cual fue director, con Luis Grimaux como editor responsable. Se trató de un medio de firmes convicciones liberales que se oponía al gobierno de Urquiza, y protagonizaba intensos debates con los diarios oficialistas “La Época” y “El Duende”. Sus confrontaciones fueron tan encendidas que llegaron a trasladarse a ámbitos públicos como el teatro 1º de Mayo, donde hubo cruces con insultos de palco a palco.
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En el mismo local del periódico también se instaló una librería que anunciaba suscripciones a obras de autores como Alejandro Dumas, que se entregaban en cuadernillos ilustrados a precios accesibles. En enero de 1859, desde la misma imprenta y con colaboradores similares, comenzó a publicarse “El Eco de Entre Ríos”, dirigido por Honoré Roustand, un uruguayo hijo de franceses que impulsó diversas iniciativas de interés público en la ciudad.
Otro dato que da la pauta de la presencia que tenía la colectividad francesa en Gualeguaychú es el hecho de que algunos textos publicados en esos diarios aparecían directamente en francés. Uno de ellos, publicado en El Eco del Litoral el 6 de abril de 1856, convocaba a los residentes franceses a firmar una solicitud dirigida al ministro de Francia en Buenos Aires para designar un vicecónsul en la ciudad. A partir de ese mismo año, y hasta su fallecimiento en 1876, fue Lefevre quien se desempeñó como agente consular de Francia en Gualeguaychú.
Los antiguos periódicos locales también dejaron registro de la impronta francesa en la actividad comercial y la vida cotidiana de la ciudad. Emprendimientos como el molino de Crucet, la jabonería y velería de Adela A. de Rivier, la botica “El Indio” de Pedro Peytaví, la mueblería y tapicería de Soulié, o la fotografía de Jardim y Berger. También funcionaban cafés regentados por Dutté, Lalanne, Bon y Descoins, así como el Hotel París de Roustand.
En marzo de 1856, por ejemplo, el periódico El Eco del Litoral publicaba un aviso de “Madama Gotier, modista francesa”, quien ofrecía gorras, plumas, flores y cintas recién llegadas de París, además de confeccionar manteletas, capas y otras prendas de moda. También estaban presentes por aquel entonces el sombrerero Esteban Clement, que restauraba galeras en la calle San José; y el sastre Devese, que se dedicaba a la compostura y limpieza de ropa masculina.
En cuanto a su involucramiento en la enseñanza, cabe señalar que franceses e hijos de franceses, como Florencia Marreins (1883-1977), primera directora y maestra de la Escuela Nº 9, no se limitaron a incorporarse como docentes en las escuelas ya existentes, sino que también impulsaron la creación de nuevos establecimientos educativos. Algunos de ellos tuvieron una prolongada trayectoria, como el Colegio Franco-Argentino, que estaba ubicado en Urquiza 120.
En 1858 aparecía en “El Eco del Litoral “este aviso dirigido a las familias: “A las madres de familia. El día 15 del corriente se abrirá un colegio francés de señoritas, dirigido por la señorita Bertha Grimaux, quien enseñará religión y moral, lectura, escritura, aritmética, gramática francesa, geografía, historia, dibujo, reglas de urbanidad y diversas labores”. En el mismo periódico se anunciaban además “lecciones particulares de teneduría de libros e idioma francés, según un método teórico-práctico breve y sencillo”, a cargo de don Luis Grimaux.
A estas iniciativas se sumaban las escuelas de Marcela Vidart, Micaela Etchenique, Domingo Plandolit, Olegario Errasquin, Graciana Garat, el Colegio Argentino dirigido por Cayetano Huguet, con profesores Mauleón y Ledesma, y la pequeña escuela de Carmen Bot, que ya funcionaba hacia 1860.
Otros franceses contemporáneos que dieron sus aportes a la ciudad fueron el arquitecto Ferdinand Lebleu, quien presentó al general Urquiza en 1858 el proyecto del primer muelle del puerto. De hecho, el primer farol público a kerosene de la ciudad fue donado por Lefevre y Poitevín en 1863, cuando se inauguró dicho muelle. También fue un francés, Benjamín Lambert, quien instaló los primeros teléfonos en Gualeguaychú. Y la fotografía más conocida de la ciudad pertenecía a Luis Dorgebal, frente a cuya cámara muchos vecinos posaron, rodeados de palomas y azucenas.
Juan Iroumet fue el primer ecónomo del Hospital de Caridad en 1866; Casimiro Labastie presidió la comisión encargada de construir el nuevo cementerio ese mismo año; Luis Rauschert tuvo a su cargo los registros matrimoniales y de nacimiento en la Municipalidad desde 1874; y el ingeniero Pedro Eberlé dirigió las obras del nuevo cementerio inaugurado en 1877.
El doctor Chaumery introdujo cepas traídas de Francia para elaborar vino; Crucet instaló el primer molino harinero a vapor; y Enrique Gambier trajo las primeras máquinas para enfardar lana en su barraca del barrio de la estación. Incluso la alimentación cotidiana cambió con la llegada de los franceses a Gualeguaychú: el pan casero, amasado en los hogares, fue reemplazado gradualmente por el pan francés elaborado por panaderos como Pedro Margalot, los hermanos Batmalle, Domingo Partarrieu, “Petit” Philipe y Juan Pedro Laplacette, conocido como “Yampier” (Jean-Pierre).
Otra curiosidad que rescató Elsa Bachini en sus investigaciones es que, a pesar de la distancia, la colectividad francesa mantuvo fuertes vínculos con su país de origen. Cada acontecimiento que ocurría en el Viejo Mundo tenía repercusión entre los residentes locales. Así, en septiembre de 1875 se organizó en Gualeguaychú una colecta para ayudar a los damnificados por inundaciones en el sur de Francia, iniciativa que reunió numerosos aportes de vecinos, cuyos nombres fueron publicados en los periódicos de la época.
Los franceses también cultivaban la vida social y las celebraciones patrióticas, organizando reuniones y banquetes para conmemorar fechas importantes de su país. En 1860, por ejemplo, los residentes celebraron el cumpleaños de Napoleón con una gran cena en el Hotel de París. Del mismo modo, el 14 de julio (Aniversario de la toma de La Bastilla) y la recordación de la batalla de Sebastopol eran ocasiones especiales para reunirse y festejar.
De aquellas celebraciones surgiría, finalmente, una institución destinada a perdurar: el 14 de julio de 1881, por iniciativa de Luis Vicat, se creó la Sociedad Francesa de Socorros Mutuos “Unión Française”. Esta entidad levantó su sede en la calle Luis N. Palma y construyó también un panteón en el cementerio local, donde descansan muchos de los franceses que contribuyeron al desarrollo de la ciudad.
De esta manera, aunque a veces parezca que el paso del tiempo dejó de lado la importancia de los franceses en Gualeguaychú, el archivo histórico y las historias que salen a la luz, nos permiten recordar a este y otros tantos grupos migratorios que nutrieron de multiculturalidad la identidad local y permitieron que la ciudad progrese y se desarrolle como tal.

