La presión fiscal y el consejo de Montesquieu
La contracara del Estado (entendido como organización burocrática) es la presión impositiva, que empieza a percibirse como intolerable cuando el ciclo económico declina.Ése es el momento, conocido comúnmente como de "vacas flacas", cuando los contribuyentes toman conciencia del esfuerzo que hacen para financiar el aparato estatal.Argentina estaría atravesando ese período en el cual la carga fiscal, derivada del Estado que se convino socialmente en inventar, está afectando seriamente las economías familiares y las empresas del sector privado.Mientras el ciclo de consumo y prosperidad estuvo en alza, y la economía creció a tasas chinas, el peso estatal era digerible y al mismo tiempo disimulable.Ahora que el entorno es muy distinto, a los contribuyentes les "duele" la tajada que se lleva el Estado, en sus distintas versiones (Nación, Provincia, Municipio).El pago de los tributos, en suma, deviene irritante socialmente. Los trabajadores en blanco, por ejemplo, despotrican contra el Impuesto a las Ganancias. Al no aumentar los mínimos no imponibles, un gran porcentaje sufren la presión tributaria.Según los economistas en Argentina esa presión está cercana al 45% de los ingresos (a lo que se suma el "impuesto" inflacionario). Estaría a un nivel récord histórico y es la más alta de la región.El problema es que esta presión "ahoga" al sector privado y a la actividad económica. Preocupa la tendencia de los gobiernos (no importa su jurisdicción) de apretar todavía más el torniquete fiscal -subiendo alícuotas o creando nuevos tributos- en lugar de racionalizar sus gastos.Es el argumento que los distintos sectores de la economía entrerriana le hicieron saber al gobierno de Sergio Urribarri, que acaba de impulsar una reforma tributaria, ya sancionada por la Legislatura, que dispone aumentos en varios impuestos.El Foro de Entidades Empresarias de Entre Ríos rechazó la medida anticipando que "generará pérdida de competitividad, paralización en la economía provincial, desinversión, más desempleo y el fomento de la actividad informal, lo que se traducirá en un mayor descontento social".Los impuestos son el precio que pagamos por vivir en sociedad. Teóricamente se trata de financiar la hacienda pública para el sostén de seguridad, educación, justicia e infraestructura, y de otros servicios que son la esencia del contrato social entre los ciudadanos y el Estado.En este sentido, es clave que el ciudadano perciba con toda claridad el beneficio real y concreto que, en reciprocidad, se deriva del desempeño eficiente del gobierno. La pregunta es: ¿hay correspondencia entre lo que se paga al fisco y los servicios que él presta?Desde el fondo de la historia, el barón de Montesquieu se preguntó, en el libro El Espíritu de las Leyes, "¿cómo pagar tributos considerables a un gobierno que cobra y no corresponde con beneficio alguno?".De ahí que para él "nada requiere de tanta sabiduría y de tanta prudencia como regular la porción que se quita y la que se deja al ciudadano". Según Montesquieu, "es preciso no exigirle al pueblo que sacrifique sus necesidades reales para necesidades imaginarias del Estado".Y añade: "Son necesidades imaginarias las que crean las pasiones y debilidades de los que gobiernan, por afán de lucirse, por el encanto que tiene para ellos cualquier proyecto extraordinario, por su malsano deseo de vanagloria, por cierta impotencia dela voluntad contra la fantasía. A menudo se ve que los espíritus inquietos, gobernando, han creído necesidades del Estado las que eran necesidades de sus almas pequeñas".
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