La protesta al límite
Cada día que pasa se confirma la presunción de que la paz social está alterada en la Argentina, como han dicho los obispos. En este clima las protestas de los distintos sectores tensan aún más la situación.o
El interior del país, a raíz del largo conflicto agropecuario, está en virtual estado de sublevación. Concatenada con la protesta de los chacareros, ahora se ha sumado la de los empleados públicos.La asonada municipal que vivió ayer Gualeguaychú es expresión de un estado de crispación que se ha apoderado de los espíritus. La movida de los empleados frente a la municipalidad tiene incluso escaso antecedente.Hacía tiempo que no se escuchaban palabras tan duras de dirigentes sindicales ante un público tan nutrido y bullicioso. Aparentemente, Gualeguaychú se ha convertido así en epicentro del reclamo salarial de los municipales de toda la provincia.El forcejeo local por una recomposición del salario del sector, en el marco de un conflicto que viene de lejos, tiene eco en Entre Ríos, donde otros municipios están atravesados por idéntica protesta.Ni hablar de la ebullición en varios sectores del Estado provincial, donde el reclamo docente parece no tener solución, mientras el resto de los empleados públicos amaga con acciones directas.Casi no hay sector dentro de la administración provincial que no esté en pie de guerra. Todo se da en un marco delicado en el cual el dinero parece no alcanzar para satisfacer la demanda salarial.Mientras los gobiernos se atajan diciendo que sus presupuestos flaquean, ante el derrumbe de sus recaudaciones, motorizado por la caída de la economía, los empleados claman por la merma en el poder adquisitivo del salario.Más allá de las razones de unos y otros –seguramente válidas en un sentido- el problema que emerge es cómo encauzar esta conflictividad social dentro de un marco que no haga peligrar la convivencia común.Porque la protesta al límite puede colocar al cuerpo social al borde del desquicio, introducirnos a un escenario del “todo vale” en el que es más lo que se pierde que lo que se consigue.Los protagonistas de estos conflictos deberían comprender, antes que nada, que no se puede tirar de la cuerda más allá de cierto punto. El límite lo fija la paz social, que es un bien mayor a cualquier otro.La situación vuelve a desnudar la fragilidad de nuestro sistema de convivencia. Detrás de la puja de ingresos, concretamente, se observa la pérdida de la amistad social entre los argentinos.Cuando se habla de “institucionalidad” –algo en apariencia tan etéreo como inasible- se remite justamente a esto: a las reglas de juego de la convivencia democrática. En este sentido, no ayuda a crear un clima de institucionalidad –piedra de toque de las sociedades civilizadas- la violación sistemática del orden público, cometida tanto por los gobernantes como por los gobernados.La Argentina, en muchos aspectos, vive en un estado pre-civilizatorio, donde las diferencias se resuelven mediante la fuerza, o tratando de imponer al otro la voluntad propia.La autoridad formal, en todos los casos, debe dar ejemplo de respeto irrestricto a la ley, al marco jurídico. Debe tener autoridad moral si aspira a que sus ciudadanos le obedezcan y acepten las reglas de juego.Cuando esto no ocurre, la a-nomia, el vivir por fuera de la norma, se convierte en una segunda naturaleza, como pasa en la Argentina. Nuestro problema no es económico, en suma, sino cultural.De las crisis no se sale apelando a la ley de la selva, sino reconstituyendo la amistad social sobre bases éticas.
El interior del país, a raíz del largo conflicto agropecuario, está en virtual estado de sublevación. Concatenada con la protesta de los chacareros, ahora se ha sumado la de los empleados públicos.La asonada municipal que vivió ayer Gualeguaychú es expresión de un estado de crispación que se ha apoderado de los espíritus. La movida de los empleados frente a la municipalidad tiene incluso escaso antecedente.Hacía tiempo que no se escuchaban palabras tan duras de dirigentes sindicales ante un público tan nutrido y bullicioso. Aparentemente, Gualeguaychú se ha convertido así en epicentro del reclamo salarial de los municipales de toda la provincia.El forcejeo local por una recomposición del salario del sector, en el marco de un conflicto que viene de lejos, tiene eco en Entre Ríos, donde otros municipios están atravesados por idéntica protesta.Ni hablar de la ebullición en varios sectores del Estado provincial, donde el reclamo docente parece no tener solución, mientras el resto de los empleados públicos amaga con acciones directas.Casi no hay sector dentro de la administración provincial que no esté en pie de guerra. Todo se da en un marco delicado en el cual el dinero parece no alcanzar para satisfacer la demanda salarial.Mientras los gobiernos se atajan diciendo que sus presupuestos flaquean, ante el derrumbe de sus recaudaciones, motorizado por la caída de la economía, los empleados claman por la merma en el poder adquisitivo del salario.Más allá de las razones de unos y otros –seguramente válidas en un sentido- el problema que emerge es cómo encauzar esta conflictividad social dentro de un marco que no haga peligrar la convivencia común.Porque la protesta al límite puede colocar al cuerpo social al borde del desquicio, introducirnos a un escenario del “todo vale” en el que es más lo que se pierde que lo que se consigue.Los protagonistas de estos conflictos deberían comprender, antes que nada, que no se puede tirar de la cuerda más allá de cierto punto. El límite lo fija la paz social, que es un bien mayor a cualquier otro.La situación vuelve a desnudar la fragilidad de nuestro sistema de convivencia. Detrás de la puja de ingresos, concretamente, se observa la pérdida de la amistad social entre los argentinos.Cuando se habla de “institucionalidad” –algo en apariencia tan etéreo como inasible- se remite justamente a esto: a las reglas de juego de la convivencia democrática. En este sentido, no ayuda a crear un clima de institucionalidad –piedra de toque de las sociedades civilizadas- la violación sistemática del orden público, cometida tanto por los gobernantes como por los gobernados.La Argentina, en muchos aspectos, vive en un estado pre-civilizatorio, donde las diferencias se resuelven mediante la fuerza, o tratando de imponer al otro la voluntad propia.La autoridad formal, en todos los casos, debe dar ejemplo de respeto irrestricto a la ley, al marco jurídico. Debe tener autoridad moral si aspira a que sus ciudadanos le obedezcan y acepten las reglas de juego.Cuando esto no ocurre, la a-nomia, el vivir por fuera de la norma, se convierte en una segunda naturaleza, como pasa en la Argentina. Nuestro problema no es económico, en suma, sino cultural.De las crisis no se sale apelando a la ley de la selva, sino reconstituyendo la amistad social sobre bases éticas.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

