La rateada, ¿un signo de la cultura nacional?
Los faltazos masivos a la escuela, promocionados en las redes sociales como Facebook, podrían ir en línea con algunos de los rasgos del carácter argentino, ligados a la viveza y la trampa.¿Es la mentada "rateada" una travesura de chicos, potenciada por la capacidad de convocatoria de Internet? Y en ese caso ¿es un fenómeno sobre el que no debiera dramatizarse?Si circunscribimos el hecho a la subcultura adolescente, caracterizada por ese gesto innato de rebeldía ante el mundo adulto, la verdad es que no habría que montar un escándalo.La inasistencia planificada a la escuela sería así un episodio explicable, aunque no justificable, propio de la estudiantina, que suele hacer este tipo de cosas.En este caso, sería un error caerles impiadosamente a los más jóvenes, como quien se solaza en estigmatizar a las nuevas generaciones, a las que se cree irremediablemente perdidas.Pero el término "ratear" es fecundo en otros sentidos. Se diría que connota picardía y trampa, y cierta complacencia en violar los códigos para zafar de las responsabilidades y "pasarla bien".En esta acepción, podríamos hablar de que la sociedad argentina se "ratea" todo el tiempo. Entre nosotros, las conductas antisociales gozan de predicamento.De hecho nos ufanamos de lo ingenioso que somos en la trampa. En Argentina -hay que decirlo- no se cree que los gobiernos tengan que ser decentes. Mientras la economía marche más o menos bien, a los gobiernos se les perdona todo.En la época menemista, cuando afloró la prosperidad, los escándalos de corrupción en el Estado eran pintoresquismo. "Roban, pero hacen", se justificaba cínicamente.La izquierda entonces aparecía como el fiscal moral de la República, frente a la obscenidad de la derecha. Ahora que es gobierno, y ante los casos de corrupción K, el progresismo elabora su propia impostura ética."Roban, pero condenan", parecen decir quienes están dispuestos a defender la política de "derechos humanos" de este gobierno al precio de tolerar su desdén ético por la cosa pública.Se entiende además, en este contexto, la última maniobra electoral del oficialismo, que postuló candidatos que no iban a asumir en el Congreso, en las famosas "listas testimoniales"En un país habituado a la trampa, esto suena incluso a genialidad. Que se haga cualquier cosa para acceder y mantenerse el poder, es parte de la idiosincrasia de nuestra dirigencia.No es casualidad que nuestro juego nacional de naipes sea el truco, donde de lo que se trata es de sacar ventaja mediante el disimulo y la mentira. Nada nos pinta mejor que esta práctica lúdica.Así como mentimos sobre las verdaderas cartas que tenemos -y en eso consiste el truco- así escondemos pobres en truchados indicadores del INDEC. Se actúa desde el poder en la más absoluta impunidad, porque antes hay una sociedad que desprecia la legalidad.La anomia forma parte de nuestro carácter nacional. La Argentina es un país que vive por fuera de la ley. En realidad, hemos hecho de la trampa una segunda naturaleza.En eso reside la "argentinidad". Ése es nuestro destino manifiesto. Lo anómalo e ilegal habita en nuestros cromosomas. Por eso este país idolatra a personajes como Maradona y celebra el gol que con la mano le hizo a los ingleses en un mundial de fútbol.En el país de la "agachada", de la veneración nacional a la "viveza criolla", que los adolescentes de todo el país se convoquen por Internet para no ir a la escuela, no desentona.Si hasta incluso suena inofensivo. Quizá el "rateo", entonces, sea más un síntoma de nuestra cultura "nacional y popular" que el emergente de la subcultura adolescente.
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