La realidad como nos gustaría que fuese
Aunque el orgullo de la raza humana siempre ha sido la razón -y nos gusta presentarnos como seres "racionales"- solemos utilizar esta maravillosa facultad para engañarnos y engañar a los demás.Le ocurre a los dogmáticos. Están tan enteramente consagrados a averiguar lo que 'debería ser' que no les preocupa mucho lo que 'es'. Son los que tejen teorías de espaldas a la realidad empírica.Se creen tanto su propio relato, están tan divinamente convencidos de que ellos son la medida de todas las cosas, que les resulta una humillante limitación averiguar lo que pasa.El historiador Raymnond Aron, al hablar del "opio" de los intelectuales, solía cargar contra el despotismo de los que ignoran los hechos para salvar su ideología.A esta gente, con justa razón, se le suele reprochar el empleo del instrumental del pensamiento para edificar con sus deseos un hermoso cuadro acerca de lo que ellos creen que es.Luego, con el celo de un fanático religioso, tratan de convencer, o más bien de obligar, a todos a vivir como en ese cuadro. El proceso, sin embargo, no tiene en cuenta comúnmente lo que son sencillamente los hechos.En consecuencia, cuando el ideólogo y otros tratan de vivir como en el cuadro, tropiezan con cosas de toda clase que no creían que estuviesen allí. Frente a esta coyuntura tienen dos opciones: siguen negando la realidad o la asumen.En términos políticos, cuando la razón se convierte en una astucia del deseo, en el sentido de que se "edita" la realidad para colocarla en función de la "voluntad de dominio", la adulteración no sólo afecta al presente.El pasado también cae en la volteada. En efecto, se impone el deseo de reescribir la historia para ajustarla al cuadro. No habría un interés, por tanto, por contar la historia tal como ocurrió, sino por acomodarla al esquema ideológico.Los artilugios de la razón, o la tendencia a ignorar datos, abundan en la vida diaria. Pensemos en aquel fumador que se enfrenta a la evidencia de que el tabaco produce cáncer. Tiene dos opciones: dejar de fumar o hacer una maniobra intelectual de distorsión.Los fumadores compulsivos no se dejan impresionar por las advertencias de los atados de cigarrillos. Eso dice un reciente estudio de la Universidad de Bonn, donde se examinó a un grupo de fumadores y no fumadores.Se les midió la actividad cerebral en el momento de mirar aquellos carteles con imágenes truculentas y avisos contra el efecto de la nicotina que decoran cada atado."Las imágenes horribles que incorporan los atados de algunos cigarrillos no hacen mella sobre quienes pretenden impresionar. Parece que están mentalmente atrapados en su adicción y esto conlleva una baja receptividad a los estímulos inducidos por el miedo. Sólo se asustan los no fumadores", concluyeron.La investigación ratifica la sospecha de que muchas veces no vemos lo que es, sino lo que queremos ver (en este caso el fumador desarrolla un mecanismo de defensa para cuidar su yo amenazado). Las ciencias de la comunicación tienen algo para decirnos al respecto.En una época se creyó que el público reaccionaba como el perro de Pavlov: de una manera refleja. Es decir: un mensaje-estímulo producía una respuesta automática en las personas.Así se supuso que el público expuesto a determinado mensaje podía ser manipulado, inducido, controlado. Pero estudios empíricos posteriores demostraron que el poder de los emisores no era para tanto.¿Qué se descubrió? Pues que las personas tienden a prestar más atención a aquellos mensajes que más ansían oír. Con lo cual desean confirmar sus prejuicios antes que informarse.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

