La rebelión policial desnudó otra crisis más profunda: la de valores
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Si hay algo de lo que un político no puede rehuir es de su responsabilidad. Más tarde o más temprano la realidad lo alcanza y le pasa facturas. Desde el 2001 diciembre se ha vuelto un mes largo, extremadamente largo. Y este de 2013 promete ser igual. Para dolor de todos los argentinos.Jorge BarroetaveñaLos muertos son muertos, y no dependen de la cantidad, ideología o circunstancia en que se produzcan. Las 11 víctimas que costaron los sangrientos hechos de las dos últimas semanas son argentinos que murieron víctimas de la irresponsabilidad.La política se construye de gestos y simbolismos. La Argentina debería estar de luto por lo que pasó y profundamente preocupada por lo que vendrá.Es probable que ni el peor enemigo le hubiera aconsejado a la Presidenta salir a bailar con los muchachos de Choque Urbano. Mientras la mandataria bailoteaba sobre el escenario y golpeteaba una cacerola, tucumanos, salteños y chaqueños dirimían a tiros sus diferencias en las calles, algunos hasta defendiendo sus viviendas particulares.Los 30 años de democracia el 10 diciembre no debieron ser festejados con música ni con artistas sonrientes, sino con la asunción de la responsabilidad que implica gobernar la Argentina en cualquier circunstancia. Aún en la peor como sucedió en los últimos días.Pero esta sociedad tiene la maldita costumbre de ocultar y negar a sus muertos y más aún de huirle a la responsabilidad de asumirlos. ¿Qué pasó sino en los '70? ¿Qué pasó ahora con los muertos de Cromañón o los muertos de Once? Salvo los familiares el país jamás se detuvo a llorarlos. ¿A quién le iba a importar pues que 11 personas murieran en medio de una revuelta policial que no registra antecedentes en la democracia argentina?De repente el velo se descorrió y la debilidad de los gobernadores quedó expuesta en el escenario. Los jefes provinciales fueron dejados solos por el poder central, el mismo brebaje que De la Sota experimentó en Córdoba, el epicentro de la primera rebelión. Con la pistola arriba de la mesa no hubo distinciones entre kirchneristas, ultras u opositores.Todos quedaron atados de pies y manos tratando de evitar, como admitió Sergio Urribarri, un 'baño de sangre'. Y prometieron lo que, en la mayoría de los casos no están en condiciones de cumplir y provoca un efecto dominó sobre el resto del universo de empleados públicos.Encima, la puerta que abrió el conflicto policial dejó al descubierto otra trama oscura, que se ignora cuán profunda es: la relación entre narcos, policías y delincuentes. Eso sin contar hasta dónde quedó mellada la autoridad de los jefes policiales ante sus subordinados y la inquina en vastos sectores de la población que fueron víctimas de la zona liberada que dejaron las fuerzas de seguridad.Pero la responsabilidad de lo que pasó no sólo es atribuible a la policía. La policía depende del poder político provincial y este a su vez de la Nación. No hay nadie que pueda hacerse el distraído. El propio gobierno nacional enfrentó el año pasado una rebelión de gendarmes y prefectos por los magros salarios y ahora, curado de espanto, anunció que habrá nuevos aumentos.Sin embargo, el estallido de las policías permitió vislumbrar otra realidad que se conocía por pequeñas dosis y es, al final del camino, la más preocupante y difícil de resolver: el grado de violencia que habita en nuestra sociedad y la alarmante pérdida de valores que la afecta.¿Qué hace que una persona, sabiendo que no hay policía, se vuelva capaz de robarle a un vecino o al negocio que tiene a la vuelta de su casa? Los jóvenes que saqueaban comercios se llevaban bebidas y electrodomésticos, y muchos se jactaban luego de su botín a través de las redes sociales. Problema estructuralLa Argentina pues, sigue teniendo, pese a la década ganada, serios problemas estructurales. La baja calidad de nuestra educación es inocultable y la ausencia de premios y castigos hace que todo valga a la hora de actuar. Un sistema judicial débil, dirigencia política que no suele dar el ejemplo y una sociedad lábil que absorbe lo que más le conviene.La iglesia, a la que ahora recurrieron con desesperación los políticos pidiendo ayuda para apagar el incendio, viene denunciando este estado de cosas desde hace años. Pero en soledad, como un predicador en el desierto.Si la plata para pagar el sueldo de los policías y los aumentos que empezaron a pedir el resto de los estatales sale de aumentar más los impuestos estamos perdidos. La economía argentina hace dos años que no crece ni crea nuevos puestos de empleos. La primavera kirchnerista pasó hace tiempo y hoy se debate entre la ausencia de dólares y una inflación que tienen que parar.El mando de Jorge Milton Capitanich quedó dañado después de las revueltas. No sólo porque fue desautorizado públicamente con el envío de gendarmes, sino también porque su propia provincia quedó envuelta en los saqueos con muertos y peleas. Si hasta su vice casi se agarra a las trompadas con el Secretario General de la Presidencia.La Presidenta optó el viernes por volverse a su lugar en el mundo: Calafate. Desde allí deberá hacer un diagnóstico certero de lo que pasó y cómo hará para terminar el verano indemne. De la responsabilidad por estos muertos no se salva nadie. Habrá que alumbrar una policía nueva pero esa no es ni debe ser la única solución. La crisis es una gran ciénaga de la que se sale por arriba, nunca por abajo. De golpe, las deudas de nuestra democracia pegaron un salto. Y nadie puede hacerse el desentendido.
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