Editorial |

La sabiduría y la cura que proviene del árbol

Para quien es capaz de contemplar el mundo vegetal, los árboles tienen mucho que decir, guardan en sí un secreto que urge comprender para el hombre contemporáneo, habitante de las ciudades y tan alejado del mundo orgánico.“Los árboles son santuarios”, llegó a escribir el poeta y filósofo alemán Herman Hesse. “Cuando hayamos aprendido a escuchar a los árboles, nos sentiremos en casa. Eso es la felicidad", señaló. En su libro “Árboles: reflexiones y poemas”, Hesse ve a los árboles desde un punto de vista filosófico y establece la importancia que tienen para nociones esenciales como la verdad, la belleza, el hogar, el sentido de pertenencia o la felicidad. Dice Hesse: “En sus ramas más altas el mundo cruje, sus raíces descansan en el infinito; pero no se pierden allí, luchan con toda la fuerza por una sola cosa: cumplir sus propias leyes, construir su propia forma, representarse... Nada es más ejemplar que la belleza de un árbol fuerte”. Los árboles se han vuelto a poner de moda, a juzgar por algunos títulos escritos el último tempo. Como “La vida secreta de los árboles”, de Peter Wohlleben; “Laberinto extraño”, de Will Ashon; “La larga, larga vida de los árboles” de Fiona Stafford y el cuento alegórico “El hombre que plantaba árboles”, de Jean Giono. Pero, ¿a qué se debe esta reciente obsesión? ¿Por qué los escritores y artistas están tan empeñados en los árboles? ¿Qué nos pueden enseñar? ¿Realmente pueden darnos paz y felicidad? La actual obsesión de la literatura se debería en parte a que los nuevos escritores tienen una mayor conciencia sobre el medio ambiente. Pero a la vez este tipo de literatura también forma parte de antiguas tradiciones literarias, asociadas al folclore europeo. El antropólogo Milcea Eliade, por otro lado, ha comprobado que árboles sagrados se encuentran en todas las religiones, en las metafísicas y las místicas arcaicas y en las tradiciones populares del mundo entero. El pensamiento humano, desde los tiempos más remotos, ha visto en estos seres del reino vegetal una síntesis del cosmos que se regenera incesantemente, y como vida inagotable representa en muchos casos la inmortalidad. Además, la vida inagotable, la “vida sin muerte”, en la ontología arcaica traduce la idea de realidad absoluta, y, por tanto, el árbol se convierte en símbolo de esa realidad última. Según Eliade, son innumerables los mitos y leyendas en los que interviene un árbol sagrado o cósmico, una columna que sostiene al mundo, un Árbol de la Vida que confiere la inmortalidad al que come sus frutos, y en todas esas tradiciones aparece el simbolismo del “centro”. El Shinrin-yoku, que podría traducirse como “baño de bosque”, es una ancestral terapia que se inspira en las religiones budista, sintoísta y afrocubana, y  enseña a beneficiarse del poder curativo de los árboles. La Escuela de Medicina de Tokio ha verificado que frecuentar los bosques posee efectos positivos medibles sobre el organismo. Aumenta, por ejemplo, la concentración en sangre de linfocitos NK, que tienen una acción específica contra infecciones y procesos cancerosos. El Shinrin-yoku, así, trata de integrarnos en la naturaleza y anima a caminar por los bosques, entrando con actitud calmada y meditativa en la atmósfera límpida de las arboledas, dejándonos guiar por los sentidos. Esta es la doctrina que subyace a la arboterapia, que sostiene que el aire de los bosques ayuda a estimular y armonizar los procesos vitales, la esfera psíquica y emocional.

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