La sociedad abierta ante el fanatismo
El islamismo radical, que lanza una razzia global contra los infieles, pone en jaque a la civilización democrática, cuyo eje es el pluralismo ideológico y político.Karl Popper, en su obra más famosa, "La sociedad abierta y sus enemigos" (1945), postula que la mejor tradición occidental reside en la libertad de pensamiento y el disenso.La cultura de la libertad es la gran herencia de la democracia ateniense, un sistema de convivencia cuya esencia es el respeto a la opinión ajena, la tolerancia como condición sine qua non.En una sociedad abierta cada ciudadano necesita involucrarse en la práctica del criticismo, en el ejercicio del espíritu crítico, con vistas al progreso de la ciencia y la sociedad.El rasgo saliente de la sociedad democrática, por tanto, es su carácter abierto a la circulación de las ideas, en un marco de libertad.El extremismo islámico, que pretende instalar un Califato mundial, para instaurar la ley de Mahoma a sangre y fuego, ha declarado la guerra a Occidente y por extensión a su estilo de vida.Popper diría que los terroristas árabes, los yihadistas que ensangrentaron por estos días a Francia, en un ataque sin precedentes, que son representantes de la "sociedad tribal", antagonista principal de la sociedad abierta.Una sociedad tribal es una sociedad cerrada, donde sus miembros actúan conforme a lo pétreos dictados de un credo único incuestionable. En estas estructuras sociales monolíticas, donde no se tolera la diversidad ideológica, crece el prototipo del fanático.Occidente aparece, frente al fanático islamita, como una amenaza mortal y esto porque la sociedad abierta, el pluralismo cultural e ideológico, es contraria a la fe sumaria y cruel del yihadista.La cultura de la libertad es incompatible con el fanatismo o con cualquier radicalismo ideológico. Por la sencilla razón que el fanático le tiene fobia a cualquier contexto donde se expresen opiniones o creencias contrarias.El filósofo español Fernando Savater sostiene que una cosa es tener una creencia (teológica, ideológica o la que fuere) y sostenerla con firmeza. Pero una cosa muy distinta es querer imponerla a los demás coactivamente."El fanático -dice- es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo, sino una obligación para él y para todos los demás. Y sobre todo está convencido de que su deber es obligar a los otros a creer en lo que él cree o a comportarse como si creyeran en ello".Y añade Sabater: "Con demasiada frecuencia, el fanático no se conforma simplemente con vociferar o lanzar inocuos anatemas, sino que aplica medios terroristas para imponer sus dogmas, sea desde el poder o desde la clandestinidad homicida".En las sociedades abiertas el fanático está incómodo, porque tiene que aceptar a gente que no piensa como él. En su intransigente postura no cuadra la perspectiva de la libertad de pensamiento.Mientras en las sociedades dominadas por un solo credo, como el Estado Islámico, la política consiste en instaurar la unanimidad ideológica de la sociedad, si es necesario por la fuerza, en las sociedades abiertas, básicamente heterogéneas y plurales, la política consiste en cambio en gestionar la diversidad democrática.Los yihadistas, quienes practican el terrorismo contra los "infieles" occidentales, llevan la mentalidad fanática al paroxismo. Están dispuestos, así, a imponer su creencia a sangre y fuego, eliminando la cordura y la existencia del otro.
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