La soja y los males de la cultura de la renta
Los superávits de intercambio que logra la soja le han dado viabilidad económica al país. Sin embargo, descansar en esta coyuntura beneficiosa podría ser un error.En el mundo académico hace tiempo se acuñó la teoría de la "maldición de los recursos naturales". Según la cual la abundancia de naturaleza podría relajar a un país en su camino al desarrollo.Es el destino de tantos países subdesarrollados que han vivido, por ejemplo, de la extracción minera, como es el caso de Venezuela, cuya dependencia de la renta petrolera, le ha impedido modernizar su economía.Hoy Argentina se beneficia de un ciclo de altos precios de la soja, ante la inédita demanda asiática, logrando así solucionar sus clásicas crisis derivadas de la falta de divisas.Lo cual recuerda las delicias del modelo agroexportador, que tuvo lugar en las últimas décadas del siglo XIX, en que desde la pampa salía trigo y carne con destino a Inglaterra, la potencia dominante de entonces.Otros países con igual geografía, como Estados Unidos, utilizaron sus formidables recursos naturales como plataforma para desarrollar una economía más sofisticada.Ese no fue el caso de Argentina, quien se creyó eximida de aplicar el esfuerzo y la inteligencia para crear riqueza, dado que ésta fluía espontáneamente de la naturaleza.Ha sido el escritor Marcos Aguinis el que ha rastreado con sagacidad nuestro anticapitalismo criollo, en su libro "El atroz encanto de ser argentinos".Según su tesis entre nosotros se instaló desde el origen la "cultura de la renta". Se trata de una mentalidad, consolidada por la geografía y la historia, que está en las antípodas del desarrollo capitalista."Desde niños nos enseñaron que la pampa húmeda fue una bendición, porque nos convirtió en el granero del mundo y generó opulencia. Pero ahora podemos decir que también fue una maldición, porque amamantó dirigentes miopes y perezosos", dice.Estos dirigentes -que hicieron escuela en la gente- "gozaron lo que gratuitamente ofrecía la tierra y quisieron seguir gozando de la misma forma, luego, con el Estado"."La producción argentina -dice Aguinis- pasó de una teta a la otra. Regía la malsana cultura de la renta. Sus protagonistas no corrieron para lograr su ascenso en forma independiente, sino prendidos con uñas y colmillos al erario público, al gobierno circunstancial, a los factores de poder". ¿Qué raza empresarial puede salir de esta matriz cultural? Pues una rentística que solo especula: el empresario de la patria contratista (hoy redivivo), que crece al calor del presupuesto del gobierno. O el que "timbea" con los bancos, la bolsa, o los títulos del Estado. O el que prefiere importar a producir. O el que vende la empresa y pone sus ahorros en el exterior para vivir, obviamente, de renta.Esta mentalidad hizo metástasis en el conjunto social: "En la Argentina es frecuente, por ejemplo, escuchar lo siguiente: 'Me sale bien este negocio y no laburo más'. Pero en otros países dicen: 'Me sale bien este negocio y haré otro más grande o mejor", refiere el escritor.Acaso también, siguiendo esta cultura especial, se explique el amor argentino por el empleo público.La Argentina, indudablemente, está extraordinariamente dotada por sus recursos naturales. La fertilidad de sus tierras la convierten en una nación "in-fundible". Pero el hecho de estar llena de todo puede significar una trampa para su desarrollo.La sojización en boga, ¿es un acicate para desarrollar las fuerzas productivas del país? ¿O implica su recaída en la cultura de la renta?
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