La sugestiva imagen de la rana hervida
Las advertencias sobre los peligros que entrañan determinados cambios políticos y sociales, a nivel individual y colectivo, se suelen ilustrar a veces con la historia de la rana hervida.La erosión gradual de determinado estilo de vida -que puede involucrar valores como la libertad, la honestidad y la seguridad- evoca una pérdida acumulativa, en cierto modo imperceptible para sus víctimas.Producto de una lenta y progresiva caída en lo peor, la persona o el grupo social termina aceptando esa condición, porque simplemente se acostumbra al nuevo entorno vital, quedando incapacitados ya de ver su gravedad.Finalmente, la decadencia se vuelve una segunda naturaleza, lo anómalo se naturaliza, lo execrable pierde su connotación negativa para volverse aceptable, lo intolerable deja de serlo.Así se instala un cuadro antropológico irredimible en el cual los sujetos en cuestión, totalmente determinados por las pautas culturales y éticas adquiridas, ya no puedan por sí mismos liberarse.De hecho, imposibilitados de entender los que les pasa, se diría que viven en una situación de servidumbre que no sólo aceptan, sino que proclaman desear, aunque visto desde afuera, objetivamente están en problemas.A esas personas les ocurre como a aquella rana de la saga a la cual se echa en un caldero de agua fría, y poco a poco se le va subiendo el fuego, hasta llevarla a ebullición lentamente.Si se pusiera la rana directamente en agua hirviendo, de inmediato escaparía de un salto. Intentaría salir no bien toma contacto con el agua caliente. Pero éste no es el caso: el aumento gradual de la temperatura del agua, hace que la rana no haga nada e incluso en un punto sienta que la pasa bien.A medida que el calor aumenta, el pequeño anfibio está cada vez más aturdido, y aunque nada le impide salir del caldero muere cocinado en él. ¿Y esto por qué? Según los expertos, porque su aparato interno para detectar amenazas a su supervivencia está preparado para cambios repentinos en su medio, pero no para cambios lentos y graduales.Análogamente, hay personas, grupos de ellas, o sociedades enteras que, al no activarse oportunamente el sistema de alarma que los haría reaccionar ante cambios negativos para sus vidas, no se enteran de ello y sucumben, cocinadas en el fracaso.Como puede inferirse la metáfora de la rana hervida, utilizada por algunos ensayistas de temas humanos, tiene una dosis de alto componente apocalíptico. Ya que sugiere el deslizamiento hacia una decadencia inexorable, toda vez que la rana muere.Sacándole esa carga de fatalismo, y partiendo del supuesto de que la libertad humana no amerita concebir planteos deterministas, que hagan suponer que las conductas de las personas obedecen a factores ajenos a su voluntad, la imagen no obstante es útil para advertir sobre nuestro grado de permisividad ante comportamientos éticos inaceptables, como es el caso de la corrupción en todas sus formas.Así, por ejemplo, se empiezan justificando pequeños escamoteos de lo ajeno considerándolos traspiés de poca monta. Luego, como nadie se da cuenta del dinero faltante, se va un poco más a fondo. Hasta que el robo se naturaliza, en el mundo privado y en el público.Lo mismo cabría decir del valor verdad: primero una pequeña mentira, que se considera incluso necesaria para salir del paso, luego se encadenan otras de más calado, hasta que se termina construyendo un relato falso, para sí mismo y para los demás.En todos estos casos, hay que estar vigilantes ante el acostumbramiento a lo peor.
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