Editorial |

¿La tecnología digital contra el orden social?

La irrupción de la tecnología digital generó al principio una expectativa positiva respecto de que, al empoderar al ciudadano, venía a mejorar la democracia. Sin embargo, se escuchan voces que advierten que se trata de universos incompatibles. Al respecto algunos autores han pasado de una primera visión optimista, respecto de que las plataformas de redes sociales, los datos masivos, la tecnología móvil y la inteligencia artificial venían a mejorar el régimen político, a una visión francamente sombría sobre el fenómeno. Es el caso del académico británico Jamie Bartlett, quien acaba de dar una voz de alarma a través de su reciente libro “El pueblo versus la tecnología: Cómo internet está matando la democracia (y cómo la salvamos)”, en inglés “The People Vs Tech: How the Internet Is Killing Democracy (and How We Save It)”. La tesis de ese experto es que las tecnologías digitales, que dominan cada vez más la vida económica, política y social, no sólo chocan muchas veces con la democracia occidental, sino que a un determinado nivel la están socavando. Su advertencia es perturbadora: “En los próximos años –dice Bartlett en su libro- o bien la tecnología destruirá la democracia y el orden social tal como los conocemos, o la política impondrá su autoridad sobre el mundo digital. Se vuelve cada vez más claro que la tecnología está ganando esta batalla”. Jamie Bartlett comenzó escribiendo panfletos optimistas sobre el modo en que la tecnología mejoraría el sistema político, ahora resulta que dicha tecnología amenaza la democracia y el orden social que la acompaña. En su opinión, las tecnologías actuales están socavando los componentes centrales del sistema político en Occidente: control, soberanía parlamentaria, igualdad económica, sociedad civil, ciudadanía informada y autónoma. Sostiene: “En un nivel profundo, estos dos grandes sistemas —tecnología y democracia— están trabados en una lucha encarnizada. Son los productos de épocas completamente diferentes y funcionan según distintas reglas y principios”. Barltlett afirma que mientras el engranaje de la democracia se construyó en la era de los Estados nacionales, las jerarquías, la sumisión y las economías industrializadas, la tecnología digital va en contra de este modelo, ya que es “no-geográfica, descentralizada, impulsada por datos, sujeta a los efectos de red y el crecimiento exponencial”. El experto británico ve un contrasentido en el hecho de que la democracia sea un dispositivo social analógico, pero que está inserta en un mundo digital. “Si transportásemos a 2018 a Locke, Rousseau, Jefferson, Montesquieu, estarían deslumbrados por nuestros smartphones, aviones, bitcoins, hospitales, emojis y lanzacohetes. También estarían asombrados de descubrir que todavía nuestras democracias funcionen del mismo modo que en los días de carruajes y caballos, mosquetes y velas”, observa el autor. Barltlett teme que el sistema se esté convirtiendo en alguna forma de distopía autoritaria. Entre otras razones porque las redes sociales, por ejemplo, están creando ciudadanos pasivos, adictos a la pantalla en busca del “me gusta” o el click. Se está creando un entorno, dice, en el cual mientras los datos-que están en el centro de la nueva era- no pueden ser asimilados ni procesados críticamente por los sujetos, por otro son un insumo que les da más poder a las corporaciones, desde el momento en que estas organizaciones supranacionales conocen al usuario o cliente más de lo éstos se conocen a sí mismos.

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