La tentación de desafiar vanamente a la muerte
Hay mucho de absurdo en la muerte de la turista atropellada por un conductor ebrio. También en las lesiones que sufrieron las personas del auto que cayó de un puente, o en las del chico que chocó con su moto. Los tres accidentes, sacados de la crónica diaria, podrían ser considerados dentro de una serie más extensa, y vistos como un fenómeno social recurrente, sobre todo para esta época veraniega.
Pero esa perspectiva induciría a "naturalizarlos", a aceptar finalmente que las cosas ocurren de este modo, como si todo formase parte del normal discurrir de la vida.
Habrá quien piense además que los accidentes son el precio del progreso técnico. Que todos los medios de locomoción en la historia de la humanidad conllevaron sus peligros. Y habrá que admitir, efectivamente, que esto es así.
Sin embargo, eso no elimina la sensación de absurdidad que emana sobre todo ante la pérdida de la vida de esa mujer de 40 años que se hallaba paseando en Gualeguaychú.
Un auto, conducido por alguien que había ingerido más alcohol de lo permitido, la chocó mientras caminaba, produciéndole una muerte instantánea.
El episodio volvió a poner sobre el tapete la importancia de los controles de tránsito, en especial de los test de alcoholemia, y de la necesidad de no bajar la guardia con las campañas de prevención vial.
Pero cuando hay vidas de por medio las explicaciones y razonamientos resultan insuficientes. ¿Y qué decir de ese chico de 14 años que fue despedido del auto que cayó de un puente, y debió se internado en el Hospital Centenario por traumatismo craneoencefálido?
Se sabe, por lo demás, que de las cinco personas que viajaban en el Renault Clío que derrapó en el arroyo Jesús María, a la altura del kilómetro 79 de la ruta nacional 14, cuatro de ellas padecieron lesiones de consideración.
Lo mismo el menor de Urdinarrain que entró el nosocomio gravemente herido. Esto después de haber chocado con su moto y de que su cabeza se golpeara contra el piso por no llevar casco.
En suma, ¿es posible encontrar una explicación satisfactoria a estos episodios, que en realidad sumados configuran incontables casos trágicos, en calles y rutas, al punto de describir una estadística tétrica?
Se dice que la mayoría de los accidentes son debidos a la imprudencia de los conductores, quienes, como se dice habitualmente, "se arriesgan demasiado". Ahora bien, sabemos también que el riesgo va unido a la vida y la acción.
¿Pero por qué sospechamos que a la hora de conducir hay quienes tientan a la muerte, haciendo que la vida de uno y de otros quede a merced de una ruleta rusa (juego de azar que consiste en dispararse por turnos en la cabeza con un revólver cargado con una sola bala)?
El filósofo francés Gustave Thibon ha llamado la atención sobre el hecho de que mientras no se duda en tomar tremendos riesgos conduciendo vehículos, por otro lado vivimos una época en la que florecen en todos los terrenos la seguridad y los seguros.
Hay gente que no se casa o no quiere tener hijos por miedo a sufrir, o prefiere un empleo seguro aportado por el Estado en lugar de emprender un trabajo propio, pero al volante llega a desafiar vanamente a la muerte.
Thibon cree que en este último caso el valor del bien que se persigue no compensa el peligro asumido. No ve aquí una ganancia que podría justificar la inmensidad del riesgo afrontado.
En su opinión, cuanto más se sustraen los hombres a riesgos vitales que hacen a una existencia más rica y profunda, tanto más se precipitan en riesgos absurdos y estériles.
Pero esa perspectiva induciría a "naturalizarlos", a aceptar finalmente que las cosas ocurren de este modo, como si todo formase parte del normal discurrir de la vida.
Habrá quien piense además que los accidentes son el precio del progreso técnico. Que todos los medios de locomoción en la historia de la humanidad conllevaron sus peligros. Y habrá que admitir, efectivamente, que esto es así.
Sin embargo, eso no elimina la sensación de absurdidad que emana sobre todo ante la pérdida de la vida de esa mujer de 40 años que se hallaba paseando en Gualeguaychú.
Un auto, conducido por alguien que había ingerido más alcohol de lo permitido, la chocó mientras caminaba, produciéndole una muerte instantánea.
El episodio volvió a poner sobre el tapete la importancia de los controles de tránsito, en especial de los test de alcoholemia, y de la necesidad de no bajar la guardia con las campañas de prevención vial.
Pero cuando hay vidas de por medio las explicaciones y razonamientos resultan insuficientes. ¿Y qué decir de ese chico de 14 años que fue despedido del auto que cayó de un puente, y debió se internado en el Hospital Centenario por traumatismo craneoencefálido?
Se sabe, por lo demás, que de las cinco personas que viajaban en el Renault Clío que derrapó en el arroyo Jesús María, a la altura del kilómetro 79 de la ruta nacional 14, cuatro de ellas padecieron lesiones de consideración.
Lo mismo el menor de Urdinarrain que entró el nosocomio gravemente herido. Esto después de haber chocado con su moto y de que su cabeza se golpeara contra el piso por no llevar casco.
En suma, ¿es posible encontrar una explicación satisfactoria a estos episodios, que en realidad sumados configuran incontables casos trágicos, en calles y rutas, al punto de describir una estadística tétrica?
Se dice que la mayoría de los accidentes son debidos a la imprudencia de los conductores, quienes, como se dice habitualmente, "se arriesgan demasiado". Ahora bien, sabemos también que el riesgo va unido a la vida y la acción.
¿Pero por qué sospechamos que a la hora de conducir hay quienes tientan a la muerte, haciendo que la vida de uno y de otros quede a merced de una ruleta rusa (juego de azar que consiste en dispararse por turnos en la cabeza con un revólver cargado con una sola bala)?
El filósofo francés Gustave Thibon ha llamado la atención sobre el hecho de que mientras no se duda en tomar tremendos riesgos conduciendo vehículos, por otro lado vivimos una época en la que florecen en todos los terrenos la seguridad y los seguros.
Hay gente que no se casa o no quiere tener hijos por miedo a sufrir, o prefiere un empleo seguro aportado por el Estado en lugar de emprender un trabajo propio, pero al volante llega a desafiar vanamente a la muerte.
Thibon cree que en este último caso el valor del bien que se persigue no compensa el peligro asumido. No ve aquí una ganancia que podría justificar la inmensidad del riesgo afrontado.
En su opinión, cuanto más se sustraen los hombres a riesgos vitales que hacen a una existencia más rica y profunda, tanto más se precipitan en riesgos absurdos y estériles.
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