Ciudad | Gualeguaychú | Luis Castillo

La termodinámica y los tiranosaurios

El problema de los dinosaurios, se me ocurre, no fue que no hubieran visto caer los meteoritos sino desconocer qué hacer entonces.

En la década de 1850, Darwin escribió uno de los libros más interesantes y naturalmente muy controversial que él tituló: El origen de las especies. Allí, planteaba dos tópicos muy interesantes, el que las especies evolucionan (tienen "descendencia con modificaciones", en sus palabras) y sugirió, además, un mecanismo para ese proceso: la selección natural. Selección natural significaba que ciertos rasgos heredados permitirían a un organismo sobrevivir y reproducirse. Sobrevivir. Tener esa “descendencia modificada” permitía, según él, poder sobrevivir en entornos diferentes o modificados con el paso del tiempo. En una población, aseguraba, algunos individuos tendrán rasgos heredables que les ayudarán a sobrevivir y reproducirse (dadas las condiciones del entorno, como los depredadores y las fuentes de alimentos existentes). Los individuos con ciertos rasgos “ventajosos” dejarían más descendencia en la siguiente generación que sus pares, dado que esas ventajas los harían más efectivos para la supervivencia y la reproducción.

Hoy, podemos observar, lo que en realidad surgió a partir de este libro no fue una teoría científica estrictamente biológica, sino que sirvió de marco teórico para numerosas disciplinas como la antropología, la arqueología, la lingüística o la psicología tanto infantil como la animal o etología. Pero no solamente revolucionó el campo del saber sino que su teoría evolucionista permitió interpretaciones contrapuestas con esto de “ la supervivencia de los más aptos” ya que hubo quienes creyeron ver que la naturaleza era un campo de batalla perpetuo de todos contra todos y esa lucha era, precisamente, el motor del progreso; del mismo modo, sirvió como argumentación a encontradas posturas ideológicas, desde las teorías racistas, que hablaban de la supremacía de la raza blanca, hasta los sociólogos marxistas, que reducían la evolución social a la lucha de clases.

Quizás, como expresa acertadamente J. Derval “Hoy creo que podemos ver las cosas de otra manera y que hay que reconocer que el influjo del darwinismo continúa siendo enorme. En el terreno de las ciencias humanas quizá su idea más importante haya sido la de mostrar que los fenómenos de los seres vivos no se deben al capricho, sino que tienen una lógica interna, una necesidad.”

Ahora bien, adaptarse para sobrevivir. Esa quizás sea el meollo de la cuestión. La adaptación se suele definir como un proceso y como un producto. Un proceso en cuanto a que no sucede de la noche a la mañana, sino que es una sucesión de eventos, y producto en cuanto resultado de esos procesos. Veamos algunos ejemplos que nos resultarán si no más claros, espero, un poco menos tedioso. Que hoy, al fin y al cabo, es domingo.

Los lectores y lectoras que hoy engruesan la poco amable lista denominada -en virtud de los años vividos- grupo de riesgo recordarán, allá en sus infancias, el carro del lechero. El canillita. Las más memoriosos se acordarán del cochero, de las profesoras de dactilografía, del guarda que picaba los boletos y al que sin eufemismos se los llamaba “chanchos”, a la señora que tejía los pulóveres o las bufandas para los chicos, el sastre, el colchonero, el deshollinador y, ahora que lo recuerdo y no sé si existirá aún, pero lo dudo, era algo que vi hace algo mas de 20 años en la bella Lima peruana; en una pequeña plaza pública, cerca de un mercadito, una hilera de hombres y mujeres, al lado de un pequeño escritorio, escribían y leían las cartas a quienes no sabían hacerlo. Vívidos amanuenses de un siglo XX que ya iba despidiéndose entre ronroneos tímidos de computadoras. Quizás, aun hoy, alguno siga allí y lea o escriba mails o wasaps. O nada.

Los oficios y las profesiones solían −en algunos casos esa práctica aún persiste− pasar de generación en generación; el padre o la madre transmitía sus saberes, sus experiencias y, con ello, de un modo u otro sabían o presentían que estaban manteniendo y sosteniendo cierto legado. Qué orgullo más grande tener la sensación de que uno pudo transmitir a sus hijos o hijas un modo de ganarse el pan. No necesariamente en forma honrada ya que, no seamos ingenuos, el bajo mundo también transfiere experiencia y conocimiento.

Ahora bien, el mundo cambia. Evoluciona. Se transforma. La paloma mensajera mudó a Twitter y quien no cuenta con un teléfono celular está más aislado que Robinson Crusoe. El que invirtió todos sus ahorros en una disquería, si no se dio cuenta a tiempo del cambio de tecnología, estará hoy usando algunos de sus CDs como porta sahumerios reciclados. El que no entendió que −como adelantara Gardel− el mundo sigue andando, está irremediablemente perdido.

La pandemia, quién lo duda, cambió al mundo. Lo que creíamos saber hoy es historia y, una vez más, nuestra capacidad de evolución se pone a prueba. Y como ya ha sucedido, cuando llegan los grandes cambios −y este es uno de ellos− solo sobrevivirán los más aptos. No los más inteligentes, ni los más fuertes, ni los más grandes; sobrevivirán quienes se adapten, se reciclen, se reinventen.

Algunos lo llamarán fuerza de voluntad, otros resiliencia, o pragmatismo; no importa en definitiva cómo lo llamemos sino qué es lo que hagamos al respecto, lo que decidamos hacer. O no hacer. El problema quizás, haya sido que el gran tiranosaurio −el Rex, el rey−, desconocía la primera ley de la termodinámica, aquella que, en relación a la energía y en palabras simples dice: nada se crea ni se destruye, todo se transforma.

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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