La transformación pascual del país
Los males morales son peores que las desgracias materiales. Y en la Argentina se ha despertado el resentimiento social que se expresa en odio declarado y aun en hechos violentos.El revival setentista en el que se metió al país en estos años, en un giro retro que recuerda el "eterno retorno" niestzscheano, entraña la instalación de un clima ético-político con eje en la confrontación.La legisladora Norma Morandini -que tuvo dos hermanos desaparecidos durante el Proceso- hizo hace poco un mea culpa generacional, al impugnar esta atmósfera. "Porque tuve veinte años en los años '70, pertenezco a esa generación que antes que decirse democrática se definía revolucionaria", escribió."En nombre del socialismo se aceptaba la violencia como forma política. La vida y la Historia nos demostraron que la idea de que el fin justifica los medios desembocó en las mayores tragedias del siglo pasado, llámense nazismo, estalinismo o terrorismo de Estado", afirmó.La política pública, haciendo caso omiso de esta traumática experiencia, abrazó la táctica de amigo-enemigo -siguiendo aquello de que "la política es la continuación de la guerra por otros medios"- y de esta manera inoculó un clima de crispación social permanente.Resultado: el resentimiento y el rencor ensombrecen hoy el alma del país, hipotecando la amistad social y el sentido de la convivencia.Pero no se puede hacer impunemente un culto político del odio, sin que este veneno haga metástasis en el comportamiento social. Y de las enfermedades morales colectivas no se sale luego fácilmente.Es crucial comprender, por ejemplo, la dinámica del resentimiento y su poder destructivo. El resentimiento se manifiesta a través del sentimiento de rencor que se puede definir como "odio retenido".Cuando la venganza deseada no puede llevarse a cabo, se va acumulando y retrasando hasta el contraataque final, estallando en violencia que elimina al otro.Una política montada sobre el resentimiento y la vendetta depara los peores males para un país. Porque este sentimiento nefasto contamina luego las relaciones sociales, despertando nuevos odios.El resentido padece una ceguera moral para el perdón, la donación, la magnanimidad y, de última, es un discapacitado para la paz. La guerra que tiene dentro -en su propio corazón- la proyecta luego a la sociedad.Pero como ha dicho Martín Luther King, defensor de los derechos de los negros en Estados Unidos: "La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve (...) Nada que un hombre haga, lo envilece más que permitirse caer tan bajo como odiar a alguien".Argentina, si quiere superar la discordia que la atraviesa, debe redefinir su escala valorativa, apartando a los que predican el odio y el rencor. Los políticos argentinos, en tanto, deben imitar a líderes que han sabido sublimar el rencor.Uno de ellos ha sido Nelson Mandela quien salió de la cárcel -donde estuvo 27 años de su vida- sin resentimientos. Su testimonio moral -el coraje de un hombre pacífico- impidió una guerra racial en su amada Sudáfrica."Siempre supe que en lo más profundo del corazón humano hay misericordia y generosidad (...) El amor es más natural al corazón humano que su opuesto, el odio", ha dicho el sudafricano.Privilegiar la superioridad de la lucha, de la contradicción, de la guerra, por encima de la armonía y la paz, es instalar la dialéctica de la destrucción en el corazón de la sociedad. Es socavar la amistad cívica sin la cual es imposible la vida política.En el día en que la cristiandad celebra que Cristo venció a la muerte, hacemos votos por el reencuentro de los argentinos, sobre la base del arrepentimiento y el perdón. Anhelamos, en actitud esperanzada, la transformación pascual del país.
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