OPINIÓN
La trascendencia, ese legado inmenso que nos dejaron nuestros héroes patrios
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No hay enojo, no hay furia, quizás desencanto sea la palabra más exacta para describir el estado de ánimo del argentino medio. Han pasado tantos gobiernos, tantas esperanzas, que nada puede sorprender. Los argentinos nos asomamos a otra elección clave. Como todas, como tantas. Jorge Barroetaveña Tenemos un sistema imperfecto. Agujereado por todos lados, zarandeado por los que tienen que cuidarlo y mirado con indiferencia por la mayoría. Un país que tiene 4 de cada 10 de sus ciudadanos pobres no tiene mucho de qué jactarse. Un país que no puede alimentar a todos sus habitantes, aún teniendo alimentos de sobra, tampoco puede mirarse al espejo y sentir orgullo. Arrastramos desde nuestra historia las antinomias. Los argentinos no nos podemos concebir si no tenemos alguien enfrente a quién combatir o de quién diferenciarnos. ¿Por qué esa maldita costumbre de flagelarnos apostando al fracaso ajeno? ¿Por qué tenemos que esperar que al otro le vaya mal para tener nuestra oportunidad sin poder apostar que a todos les vaya bien? Y que el piso de arranque se mucho más alto todavía. Alguna vez le escuché decir al Monseñor Jorge Lozano, un gran pastor, que cuando hay un conflicto y las partes se sientan a dialogar, jamás deben empezar por él. Tienen que arrancar por lo que tienen en común, por la comunidad de intereses que persiguen. Para superar las diferencias siempre habrá tiempo y hasta quizás se vaya solucionando solo. La Argentina de hoy se regodea en las diferencias. Se tira de cabeza a la pileta y salpica para todos lados, como si eso disminuyera la responsabilidad de los encargados de solucionar los problemas. Nadie sabe bien qué pasará mañana pero, gane quien gane, si cree que va a poder solo se vuelve a equivocar como se han equivocado todos los anteriores. Ya no se soporta echarle la culpa al anterior, al de arriba o al de abajo. Ya no se soportan los argumentos de siempre que vinculan los males de hoy con los de ayer. O con lo que quieren los oscuros intereses de afuera. Somos artífices de nuestro propio destino y nos cuesta entenderlo. El que gane tendrá un infinito desafío por delante: reconciliar a los argentinos detrás de un objetivo común. ¿Por qué si otras generaciones pudieron hacerlo no lo podemos hacer nosotros? Quizás algo pueda explicarlo. La noción de finitud que tenían nuestros próceres. Ellos pensaban por sí mismos pero fueron capaces de pensar por los demás. No sus contemporáneos, sino los que vendrían después. Esa corteza de miras, es lo habitual en nuestra dirigencia política. Tomar decisiones que quizás hoy sean dolorosas pero serán en beneficio de las futuras generaciones. Ni siquiera nosotros es probable que lo veamos. ¿Qué hubiera hecho San Martín si se ponía a pensar en los riesgos que implicaba cruzar la Cordillera de los Andes? Fácil, no lo hacía y no pagaba costos. Pero asumió el riesgo porque sabía que su gesto lo trascendería y tendría una influencia determinante para la independencia de la Corona española. Güemes sabía que se le iría la vida protegiendo el flanco norte del Ejército de los Andes. Era conciente de los riesgos que corría. ¿Dudó? Quizás, porque era un hombre, pero sabía de la trascendencia de sus actos. Belgrano dejó una vida acomodada para comerse los caminos polvorientos de la Argentina. No era militar pero se hizo a la fuerza. Su mente brillante pergeñó la Argentina moderna, con comercio e industria. Pero sabía que su sacrificio lo superaría en beneficio de los que vendrían después. Y lo hizo. El ‘loco’ de Sarmiento siempre supo que había que enseñar a leer y escribir. Que había que darle a cada habitante de este territorio la misma posibilidad de progresar. Que había que hacer estudiar a todos. Y se lanzó a construir escuelas. ¿Un delirio para la época? Seguramente, pero su legado llega hasta nuestros días y lo poco del brillo que nos queda, viene de aquellos tiempos. Nuestro Urquiza siempre supo que, sin una constitución que nos arropara a todos, las divisiones estarían a la vuelta de la esquina. Sabio pensamiento del caudillo entrerriano. Peleó, luchó, hasta que lo consiguió. No pudo disfrutar de su logro, pero dejó el legado para los que lo sucedieron, nosotros incluidos. ¿Es tan difícil pedir algo del espíritu de aquellos argentinos? Quizás anide en cada uno de nosotros alguna rémora de aquello. Ese deseo profundo e irrefrenable de servir a la patria. De regar con sudor la tierra que pisan nuestros hijos y pisarán nuestros nietos. Para dejarles algo más que tierra arrasada. Para dejarles la ilusión de levantarse cada mañana y poder pensar que su contribución servirá para hacer más y más grande el lugar que eligieron para vivir. La patria se construye en cada gesto, en cada acto, en cada palabra. Honremos la memoria de los que, alguna vez y allá lejos, pensaron en nosotros e intentemos pagarles con la misma moneda. Levantemos la mirada y busquemos la trascendencia. Héroes quizás sea mucho. Que San Martín, Belgrano, Güemes o Urquiza nos sirvan de inspiración.
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