La usura hace sentir su peso
La macroeconomía del país revela que la usura –que según el diccionario es el “interés desmedido que se cobra por los préstamos”- está instalada con fuerza.
En principio algo no funciona bien cuando, de acuerdo con datos oficiales, el sector bancario es uno de los más rentables de la economía. Sus balances lucen holgados en momentos en que declina la rentabilidad en el sector productivo.
Además, el gobierno, que suele quejarse porque las tasas están altas, escamotea el hecho de que la deuda pública –que él y los gobiernos anteriores contribuyeron a agrandar- es un cáncer inocultable.
La presidente Cristina Kirchner practica un discurso clasista con el campo. Cada vez que puede, ante la demanda agraria, trata a los productores de ricos avarientos.
El campo hoy pide que le saquen las retenciones para seguir trabajando. Frente a esto, desde el poder político se le contesta que tienen que seguir pagando impuestos.
La pregunta es ¿adónde va el dinero que se cobra por las retenciones? ¿Tiene un rédito social, en términos distributivos, como se insinúa oficialmente? Ahí está el punto: lo que no se dice –sólo lo saben los especialistas- es que ese dinero se destina a pagar deuda.
El gobierno ha logrado instalar en la opinión pública que la Argentina no tiene problema de deuda. Sin embargo, el endeudamiento del país está en los mismos niveles que antes de la crisis de 2001.
Al respecto, hace poco el ex presidente Eduardo Duhalde, conocedor de este tema, ha sugerido repudiar la deuda externa argentina, aprovechando la crisis financiera global.
Más allá del oportunismo de esta declaración, lo que delata es el intolerable peso de la deuda pública para el país, hoy incapacitado de hacer frente a esa carga, a no ser al precio de la ruina de su aparato productivo.
Curioso sesgo de la política de “distribución de la riqueza”: la parte del león de la renta generada en la producción se la lleva el sector financiero.
¿Cuándo hay técnicamente usura? Cuando el capital dado en préstamo olvida que depende del resultado económico de los prestatarios, sean éstos países, empresas o particulares.
Es decir, cuando se exige una tasa sin importa cuál es la suerte de quien tomó el préstamo, sin considerar el contexto económico en el que opera. ¿Es lícito recibir un interés?.
Sí, pero en la medida en que el prestamista asuma los riesgos de la operación. Para que no haya usura, los intereses sólo pueden ser pagados de las ganancias. Es decir, es justo que el prestamista reciba una parte de los beneficios de la operación.
Pero cuando quien recibió el préstamo quebró o se fundió, no puede reclamar en abstracto por sus intereses, como si a él no le importase la evolución económica del negocio.
Es lógico, por tanto, que los productores agropecuarios, que se endeudaron para producir, ante la debacle en la rentabilidad de sus explotaciones, pidan a los bancos que asuman riesgos y rebajen los intereses.
¿Y qué decir de aquel asalariado que “tarjeteó” para comprar cosas, que al cabo por la carga de los interese termina pagando el doble, y que ve cómo se erosiona su salario por la inflación?
¿Qué decir del empresario pyme que, hoy en problemas, pide un préstamo y le cobran entre 21 y 23%? ¿Qué decir del gobierno que no puede rebajar impuestos a sus productores quebrados con la excusa de que hay que mantener el superávit fiscal para pagar deuda?.
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