La utopía es verse como compatriotas
A la luz de la historia argentina, en que los odios de facciones han sido una constante, la apelación del nuevo presidente a la unidad nacional adquiere la dimensión de una utopía.En su discurso de jura ante el Congreso Nacional, Mauricio Macri anunció que uno de los ejes de su gobierno es propiciar la unidad de los argentinos, para lo cual invitó en ejercitarse en el "arte del acuerdo"."Todo esto reconozco que puede sonar increíble después de tantos años de enfrentamientos inútiles", sostuvo al reconocer que acaso la empresa suene irrealizable.La intuición de fondo es que Argentina se juega en esta batalla cultural su sobrevivencia como Nación. Ya que difícilmente sus hijos encuentren futuro, su economía prospere, en un país dividido y con ciudadanos enfrentados entre sí.El pesimismo argentino se asienta sobre un solo diagnóstico: el país se echó a perder mucho antes por el maniqueísmo estructural. La maldición divisionista ya estaba instalada en la Revolución de Mayo de 1810, entre saavedristas y morenistas.¿Por qué para un argentino no hay nada peor que otro argentino? ¿Por qué nos odiamos tanto entre nosotros? Desde entonces el odio entre argentinos se convirtió en patología política. La división de los pueblos y la guerra civil no fue una anomalía sino una normalidad en estas pampas.Se vertió sangre entre hermanos, sea por confrontaciones ideológicas, por el choque de distintas concepciones del destino nacional, por las disputas territoriales o la simple lucha de facciones y liderazgos.El partido de los "odiadores", de aquellos que definen su propio perfil no por el amor sino por el odio al otro, sin importar el bando en el que militaran, logró imponer su estilo divisionista a un país que nunca logró conquistar la unidad nacional.Se diría que Argentina se malogró, nunca llegó a ser lo que prometía o devino en un proyecto abortado, porque siempre los que ganaron fueron los adversarios de la unidad nacional.La historia argentina es una historia de discordia entre unitarios y federales, entre conservadores y radicales, entre peronistas y antiperonistas, entre montoneros y militares, y más recientemente entre kirchneristas y antikirchneristas.La intolerancia y la demonización del adversario convertido en enemigo irreductible está en la base de la cultura política, cuya secuela inexorable es un país condenado al subdesarrollo económico, social y cultural.Muchos líderes argentinos, que protagonizaron estos trágicos desencuentros, llegaron a comprender tardíamente que la enemistad incurable hacía inviable la existencia misma del paísJusto José de Urquiza lanzó en el siglo XIX la famosa consigna "ni vencedores ni vencidos", pero nadie lo escuchó. De hecho el vencedor de Caseros fue asesinado convirtiéndose en víctima de la venganza política.Tampoco el país entendió, allá por 1972, el abrazo entre Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín. Dos políticos que se habían tratado por muchos años como enemigos irreconciliables se reconocían como adversarios democráticos.Pero ese esfuerzo por la unidad de los dos máximos referentes de la política partidaria nacional no cuajó y de hecho fue boicoteado por los odiadores. Y de esta manera el país se precipitó en la noche negra de la violencia guerrillera y la dictadura militar.¿Por qué para un argentino no hay entonces nada peor que otro argentino? ¿Por qué nos odiamos tanto entre nosotros? Esta pregunta no tiene respuesta sencilla.Hace poco el filósofo Tomás Abraham se lamentó que en los últimos años se envenenara al país con la dicotomía amigo-enemigo y que haya desaparecido del vocabulario cívico la palabra "compatriota".
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