La vanidad no es un móvil cualquiera
¿Por qué somos tan sensibles a la aprobación de los demás? De igual manera, ¿por qué nos irrita todo desdén, toda negligencia, toda falta de consideración hacia nosotros?"Humanos, demasiado humanos", diría Nietzsche, reprimimos todo el tiempo el lugar que ocupa en nuestra vida la opinión de los demás. Queremos dar a entender, en realidad, que nos basta lo que somos.Pero apenas podemos disimular esa gran susceptibilidad ante la mirada ajena. ¿Somos acaso esclavos de la opinión y del sentimiento de los demás? Lo que los demás piensen de nosotros, ¿acaso no es lo más importante?Hace poco, Ricardo Alfonsín, durante un acto partidario, dijo que no aspiraba a la presidencia del país por vanidad, al tiempo que aclaró que el poder no estaba para disfrutarse, sino para sufrirse."¿Por qué quiero se presidente?", se preguntó. Y respondió: "No por vanidad personal ni partidaria (...) Un verdadero político jamás disfruta del poder, sino que la relación que tiene con el poder es dramática".No tenemos por qué dudar de la sinceridad de Alfonsín. Lo que no podemos es omitir la experiencia humana. O la prosaica verdad de que el hombre es capaz de hacer esfuerzos inimaginables con tal de elevarse ante la opinión de los demás.Detrás de todos aquellos que esgrimen un papel en la sociedad, reclamando en muchos casos una posición encumbrada, juega en realidad una necesidad muy prosaica: la de ser reconocidos.Los hombres de ciencia sucumben a esta tentación. "De nada vale tu saber si no sabes que otro lo sabe", dice un viejo aforismo latino.Además, pensadores de todos los tiempos han especulado largamente sobre el hecho de que la vanidad no es algo nimio, sino que hunde sus raíces en la naturaleza humana.Por ejemplo, ¿dónde reside la felicidad: en lo que uno es o en lo que uno representa en la imaginación del otro? ¿Hay algo más importante que el honor, la grandeza, la gloria?En el diccionario se puede leer esta definición de vanidad: "Deseo excesivo de mostrar las propias cualidades y ser reconocido y alabado por los demás".El vanidoso sería aquel que se preocupa todo el tiempo por el "qué dirán", que concede un valor superlativo a la opinión de los otros.La vanidad es un motor de las acciones humanas. Subestimarla es no comprender que los seres humanos somos increíblemente sensibles al amor de los demás.Ahora bien, ¿no es importante la propia valía en la constitución de la personalidad? En este punto, algunos piensan que no hay que confundir orgullo con vanidad.Mientras el orgullo sería una convicción adquirida de nuestro valor propio, la estima procedente del interior de uno mismo; la vanidad, en cambio, sería la tendencia a adquirir esa estima del exterior, con la secreta esperanza de poder apropiárnosla.Vivir constantemente bajo la mirada de los demás, esperando su reconocimiento, es hacer depender la felicidad del cerebro de los otros. Pero mendigar la aprobación de éstos, para fundar sobre ella la opinión de sí mismo, pude ser fuente de infelicidad.Arthur Schopenhauer tenía un remedio contra la vanidad (a la cual definía como una "superstición universal"). Aconsejaba pensar por un momento en lo estúpido que supone hacer consistir la felicidad en la futilidad y superficialidad de la opinión humana."A medida que aprendemos por experiencia con qué desprecio se habla en ciertas ocasiones de cada uno de nosotros, cuando se cree que no lo sabremos, y, sobre todo, cuando hayamos oído una vez con qué desdén hablan del hombre más distinguido media docenas de imbéciles", habremos comprendido la lección, escribió.
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