La violencia, el legado de una matriz intolerante
¿La violencia en Argentina, cuyo epítome fue la represión ilegal y clandestina llevada a cabo entre 1976 y 1983, es algo definitivamente sepultado, o persiste larvado pronto a activarse?El recuerdo de la tragedia que siguió a la implantación de la dictadura militar, que erigió la violencia como forma de gobierno, no nos debe hacer perder de vista que ese experimento ominoso no nació de la nada.Las cosas no suceden porque sí ni de repente. El autodenominado Proceso de Reorganización Nacional es un episodio inseparable del lenguaje de violencia que caracterizó la experiencia política argentina del siglo XX.Mario "Pacho" O'Donnell, quien fue elegido por el actual gobierno nacional para presidir el instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, antes de ese nombramiento pedía una revisión de los '70.En un artículo publicado por el diario Perfil, el 3 de junio de 2007, con el sugestivo título "La 'historia oficial' de los setenta", se quejaba de que al impedir el olvido de las "atrocidades cometidas por la dictadura genocida" se insistiese, paralelamente, en la reivindicación de la lucha armada de organizaciones guerrilleras como Montoneros, que actuaron en aquella época.Exponente del revisionismo histórico, una corriente que empalma con el ideario del oficialismo, O'Donnell decía seis años atrás: "Es hora ya de reconocer que la democracia no era el objetivo de la cúpula montonera, como se reveló cuando ya Perón en el gobierno continuaron con su violenta apuesta a una sociedad totalitaria que pretendían socialista, una de las razones principales del debilitamiento y consiguiente caída del gobierno deficitario pero constitucional de la señora de Perón".O'Donnell -que a su vez fue funcionario durante el gobierno radical y embajador durante la presidencia de Carlos Menem- decía entonces que "al homenaje a las víctimas de la represión del Proceso le falta la confesión de que la lucha armada fue un proyecto equivocado que arrasó con la vida de muchos jóvenes valientes y bien intencionados".La tesis del historiador revisionista -que seguramente suscita polémica- al menos tiene la virtud de reconocer que aquella fue una época donde las diferencias se resolvían a los tiros, a través de la eliminación física del que pensaba distinto.Hubo un tiempo, durante el siglo pasado, en el cual muchos despreciaron y combatieron la democracia "formal", como se decía despectivamente, en nombre de supuestas revoluciones (de izquierda y de derecha). Eso fue hasta que tuvimos la peor de las dictaduras.La idea de la violencia redentora, encarnada por distintas facciones, se alimentó en realidad de una matriz autoritaria e intolerante que tiene anclaje añejo en la cultura argentina.Es una matriz que, invariablemente, glorifica el principio de la fuerza sobre la razón y el derecho, y que es fuente de violencia ilimitada. Así, el grupo iluminado que cree poder realizar el bien absoluto, convencido de que porta la salvación de la sociedad, considera a todo aquel que objete esa creencia como alguien que debe ser extirpado, para lo cual incluso invoca razones morales.Frente a la arrogancia belicista de los "elegidos", se entiende el deseo de las sociedades por la democracia. "Se vive en democracia cuando existen instituciones que permiten cambiar de gobierno sin recurrir a la violencia, es decir, sin llegar a la supresión física del oponente", escribió Karl Popper.En sociedades abiertas en que las personas deciden con sus acciones el curso de la historia, y en las que se respeta la opinión de las minorías, se evita la intolerancia de los que no aceptan la disidencia.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

