La votación, un acto de conciencia cívica
Es un logro que los ciudadanos puedan pronunciarse libremente en las urnas, como expresión democrática. Ahora bien, no debe perderse de vista que el derecho al voto impone deberes.Aquí no se trata de la probidad o idoneidad de los representantes que se postulan para ser electos, sino más bien de la conciencia de quienes tenemos que elegirlos.Hay infinidad de factores que intervienen en la elaboración de nuestro voto, tales como simpatía o militancia política. Pero como una elección define la suerte de la colectividad, la cuestión se complejiza.También aquí se suele colar el interés egoísta. Un criterio, en efecto, sería priorizar lo privado, votando aquel partido o candidato que me garantiza alguna ventaja personal.Pero lo que me gusta a mí, lo que halaga mi interés particular, no necesariamente es lo mejor para la colectividad. Por tanto, una de las claves que define nuestro pensamiento al momento de resolver a quien damos el voto es la forma en que separamos lo público de lo privado.Es decir, a la hora de sufragar, ¿somos capaces de resignar algunos intereses personales en beneficio del interés general? ¿Estamos dispuesto ha hacer prevalecer, en nuestra elección, el bien del país, la provincia o la ciudad?Estamos frente a la dimensión ética del voto. Y de hecho los ciudadanos de un país, al encumbrar a determinados representantes, están expresando su escala de valores.Es interesante, al respecto, resaltar esta ley sociológica: los representantes nunca son distintos de los representados; toda vez que reproducen, en la conducción del Estado, el nivel intelectual y ético de sus mandantes.Se podría decir lo mismo en estos términos: las sociedades tienen los gobiernos que se le parecen, de suerte que si se quisiera averiguar cómo es aquella, bastaría con mirar el comportamiento de su clase gobernante, que vendría a ser su parte más "representativa" o conspicua.La mecánica de la democracia representativa, según la cual los que mandan por un período son los que nosotros mandamos a mandar, tiene la virtud de actuar como un espejo que refleja a la mayoría de los votantes.La política de un país es directamente proporcional a la idiosincrasia de sus habitantes, a cómo piensan y valoran. Refleja, en última instancia, la cultura de una sociedad.Por lo demás, se ha dicho, no sin razón, que hay que lograr que el "habitante" -que sólo es alguien que ocupa un lugar en un espacio geográfico, junto a otros, se convierta en un "ciudadano", entendido como alguien ocupado de la cosa pública (república), con conciencia y compromiso cívico.Sobre el particular, dicho compromiso no acaba con el acto de votar. Hay una tendencia argentina a desentenderse de la cosa pública después de cada elección, como si el voto eximiera de ello.En realidad, desde el punto de vista ético, hay que hacerse cargo de lo que se vota. En este sentido, vivimos en un país en el cual se cree que lo que sucede nada tiene que ver con nosotros.Como entonces no somos culpables, como no somos responsables de la historia del país, cuando las cosas se ponen feas, solemos encontrar un chivo emisario a los males que nos aquejan.La culpa entonces es del imperialismo, de las multinacionales, del neoliberalismo, del FMI o del agujero de ozono. Se trata de una visión montada sobre una astucia: que las consecuencias de los errores propios recaigan directamente sobre otros.Aceptar las cargas de las propias acciones implica asumir las consecuencias de cada elección de gobernantes y legisladores. También supone cogestionar con ellos, viendo si cumplen lo que dijeron que iban a hacer.La salvaguarda de la libertad y del progreso está precisamente en sociedades en las que las personas deciden con sus acciones el curso de la historia, con plena conciencia cívica de lo que hacen.
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