Lactancia materna en la encrucijada: entre el lema de la sostenibilidad, la exigencia y el barro de nuestras periferias
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En el marco de una nueva Semana Mundial de la Lactancia Materna, el mundo nos convoca bajo un lema tan prometedor como desafiante: “Lactancia materna para un comienzo sostenible en la vida: fortalecer lo que funciona”.
Hablar de sostenibilidad nos conecta de inmediato con la naturaleza, con una práctica ecológica, sin huella de carbono ni empaques de plástico, autosuficiente y disponible en el propio cuerpo de la mujer.
Sin embargo, cuando bajamos los lemas internacionales al suelo y recorremos la trama social de nuestra ciudad, la sostenibilidad deja de ser un concepto teórico para convertirse en una encrucijada humana de profunda complejidad.
Como Puericultora y consultora certificada en lactancia materna (IBCLC), mi labor cotidiana transcurre en la intersección de la fisiología, la emoción y la realidad socioeconómica. Y es desde ese lugar técnico, pero profundamente humano, donde se vuelve imprescindible ejercer una mirada crítica que abrace la diversidad de las familias de Gualeguaychú.
Porque las barreras para amamantar adoptan distintas caras según la realidad que se habite. En los barrios más vulnerables de nuestra ciudad, donde las estadísticas generales de natalidad parecen contrastar con familias que continúan teniendo varios hijos, la vida insiste en condiciones de extrema fragilidad.
Allí, la lactancia materna —idealizada tantas veces desde el confort— se enfrenta a la malnutrición, al frío, a la humedad de las viviendas, al poco acceso a agua potable y al barro que tapona las puertas cada invierno. ¿Cómo le hablamos de lactancia exclusiva a una madre que no tiene qué comer? ¿Cómo le pedimos que “dé de mamar” cuando su propio cuerpo está agotado por la falta de nutrientes básicos? La lactancia es un acto de entrega física y afectiva atravesado por el "dar".
Pero en un entorno donde la urgencia diaria es el "pedir" —pedir pañales, abrigo, leche en polvo o un plato de comida para los hijos mayores—, la lactancia corre el peligro de transformarse en una carga más, antes que en un refugio.
Y al mirar hacia otro lado, donde pareciera que no falta tanto, encontramos otra forma de soledad y desamparo. Vemos a madres sumergidas en un mar de sobreinformación, rodeadas de exigencias contradictorias y mandatos de perfección.
Son mujeres que atraviesan la maternidad en soledad, enfrentando licencias por maternidad excesivamente cortas, la falta de espacios amigos de la lactancia en sus trabajos y la presión de reincorporarse rápidamente al mercado laboral.
Aparece entonces la culpa, el agotamiento extremo y la sensación desgarradora de “no llegar”, de no poder sostener la lactancia exclusiva como querrían, ni cuidar a sus bebés como soñaron. La falta de redes de contención reales atraviesa a todas las clases sociales.
No se trata de polarizar ni de señalar con el dedo, ni de herir la sensibilidad de los equipos de salud e institucionales que, día a día, hacen malabares con recursos a menudo escasos. Por el contrario: se trata de comprender que sostener la lactancia no es un asunto individual ni un sacrificio que deba recaer únicamente sobre las espaldas de las mujeres.
Sostener la lactancia requiere un verdadero entramado interdisciplinario y comunitario. Rescato y pongo en valor el trabajo de aquellos profesionales que se actualizan constantemente, que trascienden el dogma tradicional e integran el saber específico de la puericultura y del Consultor Internacional de Lactancia Certificado (IBCLC).
Rescato a los equipos territoriales e institucionales que no miran solo planillas, sino que miran con el corazón, arremangándose para acompañar con escucha y empatía en medio de las tempestades cotidianas.
Rescato la voz valiente de las mujeres madres que se animan a nombrar sus límites, a decir “no puedo”, “me duele”, “necesito ayuda” o “tengo hambre”, rompiendo el silencio del mandato. Y rescato con emoción la voz de los bebés, niñas y niños que, aun en medio de tantas intervenciones y presiones, eligen instintivamente la salud y el calor de sus madres como el primer y más soberano territorio de encuentro.
Fortalecer lo que funciona no es repetir eslóganes vacíos. Significa jerarquizar el rol de la Puericultora e IBCLC en el sistema de salud público y privado; significa garantizar un plato de comida y dignidad en las periferias, así como licencias dignas y espacios laborales cuidados en la ciudad.
Pero, sobre todo, la lactancia nos demuestra que el deseo de cuidar y dar vida permanece intacto. Cuando tendemos redes reales, cuando los cuidados se organizan y el abrazo colectivo llega a tiempo, el milagro del sostén ocurre.
Una lactancia posible, amorosa y sostenida no es una utopía: es el futuro que estamos construyendo juntos.

