Editorial |

Las creencias recibidas con las que existimos

Muchas veces perdemos de vista que para orientarnos en el mundo echamos mano todo el tiempo a cogniciones prestadas por el medio social, un repertorio de creencias básicas no sujetas habitualmente a crítica. De hecho no podríamos vivir sin ellas toda vez que nos ayudan a resolver problemas prácticos de la vida. José Ortega y Gasset llamó la atención sobre este tipo de creencias elementales. Esas “ideas-creencias”, dijo el filósofo español, no son producidas ni formuladas por nosotros sino que son heredadas del pasado y  constituyen, por así decirlo, un patrimonio tácito, descontado. Nosotros “vivimos, nos movemos y existimos” dentro de creencias de este género que solemos confundir con la realidad misma y que llegan a constituir nuestro mundo y nuestro ser. Ortega ejemplifica así este tipo de cognición: “Cuando caminamos por la calle no intentamos pasar a través de los edificios: evitamos automáticamente tropezarnos contra ellos, sin que en nuestra mente surja necesariamente la idea: los muros son impenetrables”. Este tipo de pensamiento consolidado, usado inconscientemente, sugiere que el hombre es crédulo por naturaleza y es proclive a adherir a determinados presupuestos con los que mira al mundo y vive. Gran parte de lo que pensamos lo hemos heredado del medio social en que vivimos y esto influye en nuestra vida como sistema de creencias fijas. La expresión “lugares comunes” evoca también la existencia de ideas recibidas. Esta es una metáfora que designa que estamos en presencia de un saber tácito, que anida en nuestra mente, pero que proviene del contexto cultural y la costumbre lo ha hecho de alguna manera venerable. La escuela filosófica “hermenéutica”, por otro lado, sostiene que el hombre lee la realidad dentro de un horizonte lingüístico, es decir a partir de categorías previas, históricamente condicionadas. Gianni Vattimo, representante de esta perspectiva, sostiene que el hombre “se haya desde siempre arrojado en un proyecto, en una lengua, en una cultura que hereda”. De esta manera, se abre paso a través de a prioris culturales a partir de los cuales lee e interpreta el mundo. Hans-Georg Gadamer, también de la escuela hermenéutica, rehabilita el poder cognocitivo del “prejuicio” (juicio previo) frente a la crítica que desarrolló contra él la Ilustración. El ataque de la herencia ilustrada es dirigido al obstáculo que representan el prejuicio para el conocimiento y el uso correcto de la razón, señalando que provocan gran dificultad para el entendimiento entre los seres humanos y con ello repercusiones negativas a nivel social y cultural. Sin embargo Gadamer sostiene que el hombre es esencialmente prejuicioso, en el sentido de que es inevitable que, siendo un sujeto situado en un espacio y tiempo histórico determinado, se enfrente al mundo a través de opiniones previas, herencias de una tradición o autoridad. “Si se quiere hacer justicia al modo de ser finito e histórico del hombre es necesario llevar a cabo una drástica rehabilitación del concepto del prejuicio y reconocer que existen prejuicios legítimos”, sostiene Gademar. Para el autor quienes critican al prejuicio caen en un prejuicio racionalista, infundado, según el cual es posible una percepción pura del mundo, pre-categorial y a-histórica. Gadamer se inclina por la recuperación positiva de los prejuicios, al presentarlos como puntos de partida específicos y provisionales de la experiencia, sin los cuales no podemos comprender el mundo.

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