Las crisis alimentan visiones escatológicas
Somos, quizá por primera vez en la historia, contemporáneos de todos los hombres. ¿Hacia dónde va el mundo?, acaso sea la pregunta angustiosa que, ante la incertidumbre global, se formula la generación conectada a Internet.Los titulares de los diarios y portales digitales nos informan por estos días, con títulos tremendistas, que hay un derrumbe general de la riqueza, del que ningún país ni mortal quedará indemne.Los analistas internacionales, para explicar el desbarajuste en el mundo rico, ensayan la teoría de que la globalización, en tanto fuerza tecno-económica de colosal expansión, está fuera de control.La palabra de moda es "gobernanza", un concepto que remite a la idea de "dirigir, conducir una nave o un carro". Pues bien, lo que hay es una crisis de gobernanza, según se diagnostica.En otros términos, no hay ninguna dirección, ningún objetivo que dirija el impulso globalizadota el cual, como Frankenstein independizado de su creador, amenaza con volverse contra la propia humanidad.Esto se echa de ver en los movimientos erráticos y caprichos que se observan en el mundo de las finanzas. Las fuerzas del dinero se despliegan fuera del alcance de la capacidad de control de cualquier institución, Estado nacional o aún supranacional.La sensación que existe es que ni los políticos, ni los altos ejecutivos poseen un real poder de decisión, sino apenas un "simulacro de poder". Pues bien, si nadie conduce los acontecimientos, ¿el mundo colapsa?Los derrumbes de hoy alimentan el desasosiego y el temor de que asistimos a un fin histórico inexorable. Pululan, en este sentido, las profecías de que estamos en la agonía de un ciclo histórico.La catástrofe, en suma, se acerca. La violenta contradicción de estos días, causa de tanto malestar, ¿es un anuncio de un fin de época, de la muerte de un mundo de opresión que, no obstante, dará paso a otro en el que se colmará la esperanza humana?¿No será que estamos en vísperas de un cambio cualitativo de la condición humana? ¿Acaso lo que salga de los dolores de hoy no será el mundo deseado, en donde no imperen la mentira, la mala fe, la injusticia, la avidez sin escrúpulo, la violencia y la simulación?Pero para que ese mundo de ensueño sea realidad, éste que sufrimos debe perecer. "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos", profetizaba Antonio Gramsci, allá en la década del '30. El político italiano, fervoroso creyente del advenimiento de la sociedad comunista, describía así la transición entre la historia tal cual la conocemos, con sus horrores y tragedias, y una era de bienaventuranza.Mircea Eliade, estudioso de las religiones y los mitos, enseña que el hombre suele procesar el terror que le inspira la historia, sobre todo ante acontecimientos dramáticos -como guerras, pestes y crisis económicas-, acudiendo al mito escatológico.Desde épocas antiquísimas persiste la creencia de que el mundo se acerca a su fin inexorable, un signo de lo cual serían esos eventos terroríficos, incluidos los cósmicos.Los movimientos milenaristas y escatológicos, tan viejos como la humanidad, postulan que este viejo mundo -abominable e injusto- se resquebraja por todos lados, y en muy breve plazo será destruido.Ahora bien, después de un período de pruebas y de terribles cataclismos -especie de purificación por fuego-, vendría la restauración del paraíso en la Tierra, sostiene esta doctrina.Según Mircea Eliade estos elementos escatológicos reaparecen cada tanto en situaciones de angustia colectiva.
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