Editorial |

Las dolencias malditas que aquejaron a la humanidad

A lo largo de su historia la humanidad conoció enfermedades terribles, socialmente estigmatizantes, que condenaron a sus víctimas a una existencia misérrima e infamante.

Una de esas enfermedades malditas fue la lepra, históricamente incurable, mutilante y vergonzante. Según la tradición, el Lázaro del Evangelio, que fue resucitado por Cristo, la padeció.

De ahí el nombre “Mal de San Lázaro” con que se la designaba antiguamente; y los “lazaretos” eran los lugares donde se recluían los enfermos. Los leprosos eran considerados “muertos vivos”.

En la Edad Media se dictaminó que a los leprosos se les administrasen los últimos sacramentos (simbolizaban la muerte corporal), vistiesen túnicas o capas con una cruz amarilla (simbolizando su purgatorio), y portaran matracas para avisar de su presencia cuando se acercaban a las puertas de pueblos o ciudades, donde se les negaba el acceso.

A los leprosos se los despojaba de todos los derechos civiles, incluidos la posibilidad del matrimonio y la propiedad. La infamia sobre esta dolencia que, en los estadios avanzados desfiguraba terriblemente los rostros y otras partes del cuerpo, ha pervivido a lo largo de los siglos.

Gerhard Henrik Armauer Hansen, médico de Bergen (Noruega), fue quien identificó la microbacteria (denominada luego “bacilo de Hansen”) que causa la lepra.

Hoy existen diversos medicamentos usados para su tratamiento, haciendo que esta enfermedad infecciosa deje de ser un problema médico y sanitario de primer orden.

La otra gran dolencia que atormentó a la humanidad fue la epilepsia. Los antiguos griegos pensaban que sólo un dios podía arrojar a las personas al suelo, privarlas de sus sentidos, producirles convulsiones y llevarlas nuevamente a la vida, aparentemente muy poco afectadas.

Por eso se la llamó la enfermedad divina o sagrada (Morbus Divinus o Morbo Sacro). En la antigüedad se creía que las dolencias estaban controladas por los cuerpos celestes, en el caso de la epilepsia por la Luna.

A los epilépticos se los llamó “lunáticos” hasta que en la Edad Media se creyó que eran los demonios o espíritus impuros los que poseían a estos individuos que sufrían ataques.

En esa época se prodigaron reliquias y devociones milagreras para curar la enfermedad. En Roma se levantó el monasterio a Santa Bibiana, patrona de los epilépticos. Esta concepción mágica contribuyó a la idea del epiléptico como un ser miserable. Su vida estuvo marcada por un estigma social, del mismo modo que sucedió con la lepra.

En tanto, las enfermedades de transmisión sexual siempre estuvieron rodeadas de un aura de maldición. En el Imperio Romano existía la gonorrea, la enfermedad venérea más común, ya citada en papiros médicos del Antiguo Egipto y en la Biblia.

A todo esto, la Europa del siglo XV fue sacudida por la gran epidemia de sífilis. Cuando el Viejo continente se había recuperado de las muertes causadas por la gran plaga, también conocida como la Muerte Negra, esta enfermedad de transmisión sexual se propagó con gran velocidad, en burdeles y castillos.

Un médico francés la bautizó “enfermedad venérea” porque en ese entonces se consideraba que su causa principal era el acto del amor, el cual, a su vez, se vinculaba con la diosa Venus.

En esa misma época se estableció una relación entre la sífilis y el castigo divino por un pecado personal. Durante mucho tiempo se utilizaron curas (con mercurio) que resultaron peores que la enfermedad. Hasta que en 1943, con la penicilina, se encontró el tratamiento efectivo.

Dejá tu comentario