Las dos caras del fenómeno turístico
En las últimas décadas el turismo se ha convertido en una poderosa industria y una vital fuente de ingresos para las ciudades. Pero se trata de un proceso no exento de riesgos para las comunidades anfitrionas y los entornos naturales.Gualeguaychú es un elocuente ejemplo de la capacidad multiplicadora, en términos de riqueza y bienestar, de la llamada industria sin chimenea, devenida en los últimos años factor de desarrollo, al lado de la industria tradicional y el campo.En los lugares y ciudades en que prospera esta actividad se habla, no sin razón, de bendición económica. Muchas comunidades condenadas a la desaparición, por caso, hallaron en el turismo el modo de mantenerse en pie.Hay países que viven del turismo, como España, que el año pasado experimentó el récord histórico de llegadas de turistas internacionales tras alcanzar los 64,99 millones de visitantes, quienes gastaron una cifra cercana a los 63.000 millones de euros.Hablar de los beneficios del turismo parece redundante. Casi nadie discute su contribución social, sobre todo desde el punto de vista económico, por la capacidad de generar divisas y crear empleos.Hay quienes piensan, por lo demás, que es una de las pocas actividades económicas que democratiza los beneficios, haciendo que muchos sectores sociales participen de los ingresos que genera.Otro beneficio es la experiencia cultural de lo otro, otros lugares, pueblos y costumbres. Viajar y conocer otras realidades humanas es una experiencia enriquecedora, desde el aprendizaje de la tolerancia y la aceptación de la diversidad.Sin embargo, el turismo no está exento de perjuicios. De hecho tiene su lado oscuro, como es el caso del turismo sexual, en el que se explota miserablemente a niños y adolescentes.Pero sin considerar este costado extremo, a un tiempo lacerante y delictivo, la industria del turismo ha logrado ser también la maldición de entornos urbanos y paisajes naturales, y en otros casos ha generado discordia social.Esto ya ha sucedido en varios centros de atracción en el país y en el exterior. Algunas villas o aldeas, que atrajeron a los visitantes por sus paisajes naturales, cayeron luego víctimas de la voracidad turística.Esto ha explicado Fernando Diez, especialista en desarrollo urbano y profesor de la Universidad de Palermo (UP), para quien en algunos lugares de Argentina, como la Patagonia, resonantes éxitos turísticos concluyeron con la destrucción de los atractivos que los hicieron posible.En su opinión, "la industria del turismo como explotación económica del paisaje y del turista debe encontrar razonable contrapeso en un enfoque de difusión cultural, en la legislación de protección urbana y paisajística, y en los intereses de los poblados y sus comunidades".Barcelona es una de las grandes capitales turísticas del mundo. Sin embargo, últimamente la percepción sobre los beneficios del turismo entre los barceloneses ha cambiado, según consigna la prensa catalana. "¿Qué ha ocurrido en tan poco tiempo para que se haya producido ese efecto bumerán y que aquello que parecía una oportunidad se haya convertido en una preocupación ciudadana?", se pregunta un editorialista.Se habla allí de la necesidad de regular un sector que "está asfixiando la convivencia vecinal, especialmente en las áreas que soportan el aplastante peso turístico". Concretamente en barrios donde "el turismo de borrachera y los pisos ilegales -dos de las lacras del fenómeno- amenazan con revueltas en la calle".
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