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Luis Castillo

Las elecciones y el test del pato

La política es algo demasiado importante como para que haya quienes, por ignorancia o artería, la banalicen y degraden. No es una mera herramienta de transformación social, es arte y es ciencia.

Fue Francisco de Quevedo quien inventó el término “perogrullada” en su libro Los sueños, en 1622. Allí narra las predicciones de un tal Pero Grullo que profetizaba obviedades que provocaban risa -al menos esa era la intención de Quevedo al escribir esta obra- y dichas profecías él las llamó: perogrulladas. Desde entonces se le dice así (o verdad de Perogrullo) a las afirmaciones que semejan lo que en retórica se denomina tautologías (Esto es así porque es así; todo lo que está de más, sobra; proyecto de futuro), es decir, afirmaciones vacías además de obvias, pero, eso sí, difícilmente rebatibles por su misma vacuidad.

Ahora bien, las perogrulladas pueden ser graciosas en un contexto literario, pero no en política, en donde se juega nada menos que el destino de un pueblo o de una nación. En estas campañas de medio término, llama la atención, entre otras muchas cuestiones, pero hoy me centraré solo en esta, la enorme coincidencia con la que buscan diferenciarse uno del otro los dos partidos o alianzas políticas más grandes de la Argentina. Hay dos modelos de país. Con mas o menos vehemencia, con más o menos líneas argumentales (que después veremos) ambos hacen la misma afirmación. Hay dos modelos de país. Pero ¿esto pasó ahora? Se preguntará algún distraído poco afecto a los diarios y las noticias. ¿Qué me perdí que ambas coaliciones están haciendo hincapié en el mismo concepto? Veamos.

Desde 1810, con la conformación de la Primera Junta, los enfrentamientos entre dos visiones políticas son parte constituyente de la historia argentina; desde que aquellos primeros hombres comenzaron a disputar el poder, ya fue manifiesta la existencia de dos proyectos políticos, distintos y contradictorios, que dividieron a la sociedad en facciones irreconciliables que luchaban por el predominio de una sobre otra. Porque es bueno saber o recordar que durante las lluviosas jornadas de mayo no todos los “patriotas” estaban detrás de los mismos objetivos, el solo pensar en la conformación de un gobierno ya generó la primera antinomia: "morenistas" versus "saavedristas". Estos últimos, seguidores de Cornelio de Saavedra, presidente de la primera Junta, no buscaban cambios políticos profundos ni radicales, en oposición a Mariano Moreno, un republicano de fuste que pretendía lograr cuanto antes la autonomía total de España. No me imagino a este último tratando de convencer a sus seguidores que había dos modelos de país.

Diez años más tarde, el país se dividía nuevamente en dos: Unitarios y Federales. Cruenta división devenida en guerra civil entre porteños y provincianos que recién llegó a su fin en 1880 cuando Buenos Aires fue derrotada por las armas y la ciudad, declarada Capital de la República. ¿Allí terminó la división nacional? Sin dudas que no, solo dio comienzo a un cuarto de siglo de gobiernos conocidos como la “Generación del 1880”, de signo conservador y que mantuvo el poder sobre la base del fraude electoral disfrazado de democracia. No olvidemos que por ese entonces el título de un libro de uno de nuestros mas destacados prohombres daba cuenta de una expresa antinomia. Me refiero a Civilización y barbarie. Dos modelos de país, qué duda cabe.

El comienzo del siglo XX inició una nueva antítesis con la aparición en la escena política del partido Radical. Leandro Alem e Hipólito Irigoyen, de neto origen federal, disputarán durante 40 años el poder de los conservadores de “El Régimen”. Estos últimos, con escasas posibilidades de volver al poder a través de las urnas sin fraude, lo harán mediante un golpe militar encabezado por el general José Félix Uriburu de 1930 iniciando la tristemente célebre Década infame en donde inauguran, entre otras aberraciones, la proscripción (de la Unión Cívica Radical en este caso) y regresan a las conocidas prácticas del fraude para mantener a sus representantes en el gobierno. Claramente había dos modelos de país, ¿no?

En 1943, el ala nacionalista del Ejército, golpe de Estado mediante, volteó al conservador y autoritario presidente Ramón S. Castillo y encargó al coronel Juan Domingo Perón el manejo de las relaciones con los sindicatos a través de la Secretaría de Trabajo. Poco tiempo después, su actuación y el apoyo recibido por parte de los trabajadores genera una nueva antinomia nacional: peronismo y antiperonismo.

Estamos en el siglo XXI -aunque haya quienes aún no se enteraron-, con la comunicación y la información al alcance de un dedo (ya hasta quedó obsoleta la imagen del alcance de la mano); los disparates expresados por un ignoto concejal o concejala de un pueblo desconocido se transforman en meme y viralizan antes de que este (o esta) pueda ni siquiera darse cuenta del error (u horror) cometido. El escaso territorio privado de un político -mas aun en campaña- ha desaparecido y El Gran Hermano parece una profecía autocumplida. Y, aun así, se repiten clichés, se minimiza la capacidad crítica del otro y se habla o miente con cínico desparpajo.

Afirmar que hay dos modelos de país no es un diagnóstico sino un hecho. Es algo fáctico. Es una realidad tan palpable como la opulencia y la pobreza y por lo tanto las discusiones deberían enfocarse en el tipo de economía que permita equilibrar esa desigualdad rayana a la inmoralidad. La discusión, en definitiva, no puede agotase en lo político, sino que debe estar centrada en lo económico, entendiendo la economía no como una dura ciencia basada en números y cifras sino lo que verdaderamente es, una disciplina con raíces filosóficas, éticas y morales.

Que haya dos modelos de país (que quizás algunos mencionen con cierto aire fatalista como La grieta) no es malo sino, en mi opinión, todo lo contrario. El disenso es la matriz fundacional de las democracias a pesar de escuchar la (velada) opinión de ciertos “demócratas” que sería saludable contar con el 100% de los votos, es decir, parafraseando a Rosas, disfrutar de la suma del poder público. Sin embargo, no debemos confundir estar a favor de un modelo por convicción que solo por la negación al otro o caer en la trampa dialéctica de que no hay mas opciones; expresa el sociólogo Néstor Cohen: “Priorizar la lógica binaria como modo de intervenir en la realidad, simplifica, ordena, estructura, pero a la vez, disciplina, limita y termina excluyendo. Esta tensión entre la simplificación de la realidad y el ordenamiento de los conflictos, por un lado, y el disciplinamiento de propios y exclusión de extraños, por el otro, expresa una concepción autoritaria de la política. Se impone como modelo referencial el “estar conmigo o contra mí”, y este modelo al interior de cada una de las partes expresa el pensamiento único, el quiebre del pensamiento crítico, la uniformidad política, la negación del “otro “, la ausencia de la autocrítica, entre otras manifestaciones.”

En definitiva, lo que puede hacernos madurar como sociedad es la búsqueda de la solución de los grandes problemas que todos conocemos y que no precisan de diagnósticos grandilocuentes sino de la objetivación de las soluciones propuestas; es plantear con argumentos sólidos los proyectos de crecimiento y dejar de lado las profecías perogrullescas que no son otra cosa que lo que el poeta estadounidense James Whitcomb Riley llamó Test del pato al referir irónicamente en un escrito: "cuando veo un pájaro que anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, lo llamo pato".

*Escritor, médico y Concejal por Gualeguaychú Entre Todos

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