Las manipulaciones políticas del pasado
El vínculo entre el pasado y el presente siempre es problemático. ¿Cómo descontaminar, por ejemplo, la celebración del Bicentenario de la Revolución de Mayo, de los usos interesados de hoy?Parece claro que el pasado alberga muchas de las claves del presente, lo explica; como también es cierto que el presente arroja luz sobre el pasado y renueva su visión.Pero esta operación no está exenta de riesgos. La posibilidad de hacerle decir a la historia lo que uno quiere está siempre latente. Lo que marca la diferencia, en realidad, es la honestidad o no de quien se vuelve a ella.No es lo mismo volverse con espíritu abierto, desprejuiciado, y con ánimo de encontrar la verdad, aun sabiendo que esta es una empresa imperfecta, que piratear de la historia lo que más nos conviene.La clave, por tanto, está en la mirada. Se puede hacer justicia con la historia, con vocación desinteresada para comprenderla, o adulterarla poniendo el pasado al servicio de una operación política.En este último caso, la historia aparece como botín, como insumo habitual para componer un "relato" de conveniencia. Aquí no importan la verdad de los hechos y los personajes del pasado, sino el uso ideológico de ellos.En la Argentina pululan los relatos maniqueos. Como ha escrito el filósofo Tomás Abraham: "Barremos el pasado con una escoba puritana y separamos héroes y mártires, verdugos y traidores, ignorando las contradicciones que caracterizan a todo hombre público".Pero las contradicciones son parte de la vida. Y a la ideología política no le interesa la vida de los hombres de carne y hueso, y por tanto sus luces y sombras, sino imponer un discurso para dominar a otros.La historia deja de ser, así, maestra de la vida, un momento propicio para conocer más la aventura humana, para que una comunidad pueda aprender de sus errores, y desde ahí proyectarse hacia el futuro.No, aquí el pasado es un argumento de la lucha por el poder, una justificación para impugnar al otro, o para someterlo. Al respecto, es llamativo cómo los gobiernos argentinos instalan su "historiador oficial", quien es el encargado de administrar el conocimiento del pasado, según conveniencia del mandamás.De repente este personaje aparece en todos lados -sobre todo en los canales estatales- publica más que ningún otro, figura investido con un aura de inteligencia superior, y es el intérprete histórico de moda.Estos tipos -que por lo general gozan de una carrera meteórica- tienen un propósito: pregonar una interpretación del pasado al servicio de la acumulación de poder.Son manipuladores profesionales de la historia. Pese a los esfuerzos del poder por dotarlos de un prestigio de independencia intelectual -que por cierto no tienen-, no se distinguen en nada de esos vulgares propagandistas que pululan por los medios de comunicación oficiales.La utilización de la memoria como insumo del poder fue habitual en todos los totalitarismos. Hitler hizo creer a los alemanes que él era el mesías germano, el líder de una raza superior que venía a cambiar el mundo.Mussolini, por su parte, pregonaba que él era la reencarnación del César, el cual devolvería a los italianos la gloria del imperio romano. Stalin, a su vez, fijaba las etapas de la historia humana a través de resoluciones del Partido Comunista.La evocación colectiva en memoria de aquellos hombres de Mayo que nos legaron las luces de esperanza de una patria para todos, abierta al porvenir, no debiera ser adulterada por la lectura facciosa e interesada, y por tanto mentirosa, de quienes usan la memoria con fines políticos.
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