Las marcas visibles del anonadamiento juvenil
A veces da la impresión que los jóvenes son los que se llevan la peor parte en el mundo tan "problemático y febril", como el que planteaba Discépolo en Cambalache."Consumen mucho alcohol y tabaco, tienen altos índices de sedentarismo y sobrepeso, y se cuidan poco en las relaciones sexuales". Así reza el encabezado de una noticia, que recoge datos de una encuesta nacional en escuelas.Allí aparece la opinión de especialistas que teorizan sobre las pautas de conducta de una generación que parece anegada por los estímulos de la sociedad de consumo."En la vida cotidiana de los chicos, el tiempo libre está representado por estar cómodamente sentados para chatear, mirar TV o hacer juegos electrónicos", dice uno.Otro habla de que "las bebidas funcionan como una 'prótesis social' para el mundo real, donde las aceptaciones y rechazos son más crudos que en la cibercultura".Se habla en la nota, por otro lado, de que el ocio de nuestros jóvenes está asociado a los excesos, a las adicciones al alcohol y al cigarrillo.A decir verdad, un cuadro nada edificante sobre los malos hábitos de un sector de la población, que como un lugar común se dice que es la "esperanza de la sociedad".¿Cómo entender estos síntomas juveniles? Una de las críticas más acerbas a la época es que vivimos en una civilización abundante en medios pero pobre en fines.Occidente se ha envanecido siempre de sus logros económicos y técnicos. Al punto que los ha vendido como "panacea" al resto de las culturas. Pero sus éxitos materiales, al parecer, no logran disimular la frustración existencial.Es decir, esta generación tiene más cosas y posibilidades que ninguna otra en la historia de la humanidad. Ha alcanzado cotas de bienestar impensadas en el pasado, que hubieran despertado envidia.Sin embargo, como una contracara atroz del fenómeno de la abundancia, parece debatirse en el tedio y el desencanto, en medio de una carrera frenética por consumir, en el marco de una cultura donde el "tener" ha desplazado al "ser".El psiquiatra Víctor Frankl, que conoció el dolor indecible del campo de concentración, decía que "lo más profundo del hombre no es el deseo de poder ni el deseo de placer, sino el deseo de sentido".Para él, la carencia de objetivos propios es la gran enfermedad de nuestra época, una especie de desconcierto acerca de "para qué" la vida, de suerte que ya nadie sabe lo que quiere.Esto se traduce en un estado de aburrimiento permanente que Frankl denominó "vacío existencial". Este es el estado espiritual de una generación a la que le sobran medios pero le faltan fines.El modelo cultural anterior, fraguado sobre la aventura de la modernidad, generaba un propósito colectivo. De hecho, lanzó a una generación a la transformación de la naturaleza, para elevar su estándar de vida.Nuestros abuelos, siendo jóvenes soñaban con superar las estrecheces materiales. Y ponían allí todo su empeño e ingenio. Se diría que tenían un porqué.¿Cuál es el sueño de muchos de nuestros adolescentes y jóvenes? ¿Qué quieren en definitiva? ¿Qué es lo que los mueve a vivir? ¿Acaso están inapetentes, en el sentido de que la saciedad los ha embotado? ¿Qué revela un estilo de vida asociado a los malos hábitos y adicciones?Estas son preguntas, en realidad, que quedan sin respuestas. Como esta otra: ¿cuál es el rol de la educación en este contexto? ¿Padece acaso la ausencia de fines, que algunos achacan a la civilización? Más allá de los saberes técnicos, ¿qué tiene para decir frente al anonadamiento juvenil?Sinónimos de anonadamiento: abatimiento, decaimiento, desaliento, descorazonamiento, hundimiento.
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