Las nuevas lógicas del escenario político
En política lo que antes parecía razonable ya no lo es. La conducta electoral de los argentinos está menos marcada por las tradiciones partidarias, al tiempo que la opinión pública es virtualmente vapuleada por encuestas nada inocentes.Lejos del comité o de la unidad básica, y de las viejas lealtades a personajes históricos y banderas legendarias, el voto se ha independizado. La sociedad política, así, empieza a sentirse más libre del tutelaje de las oligarquías partidarias.Esa es la tesis que defiende el consultor Jorge Giacobbe, para quien la Argentina está dejando de lado las tradiciones y los mandatos familiares, de suerte que en gran medida pasó la época del voto cautivo."Cuando preguntamos pertenencia ideológica, el 13% nos dice peronista, el 4,4% radical, el 6% kirchnerista, el 2% massista, el 2% PRO, nadie tiene nada; por lo que cuando se habla de radicalismo no se habla de nada, como no tienen nada los peronistas por solo ser peronistas", dijo.El otro dato es que la mitad del padrón electoral tiene menos de 50 años, es decir que no nacieron ni peronistas ni radicales. Esto en un contexto global en el cual se han agudizado las diferencias que dividen a las generaciones humanas."La Argentina donde los padres condicionaban a los hijos o los maridos les decían a sus esposas a quién votar no existe más" y hoy el electorado es "más pragmático", razona Giacobbe.El consultor aclaró que la influencia de los aparatos partidarios y determinados liderazgos todavía pesan en las provincias, algunas de las cuales muestran una estructura política feudalizada.Pero en términos generales, dice Giacobbe, va emergiendo una Argentina más plural, dado que se ha roto un modelo donde un liderazgo o un partido dominaban prácticamente toda la geografía y ahogaban a las otras expresiones políticas.Paralelamente varios especialistas coinciden en el excesivo protagonismo que hoy están teniendo las encuestas, que en lugar de usarse como brújula para leer el estado de la opinión pública, pasaron a ser instrumentos de manipulación de ella.Como las entidades partidarias se han desdibujado y buena parte de los electores vota lo que le parece en cada caso, sin importarle lo que "le manda el partido", los políticos acuden a los encuestólogos para saber qué está pensando la sociedad.Como astrólogos detrás de los reyes, pero munidos de la legitimidad científica de su profesión, los encuestadores aportan a los aspirantes al poder, en tiempos incierto, un insumo valioso: una certeza a la que aferrarse.El afán por saber lo que la gente quiere o desea, porque de lo que se trata de última es de no enojar a la opinión pública, siempre tan voluble en sus preferencias, ha convertido a los políticos en sujetos dependientes de los sondeos de opinión.Pero en los últimos años se dio un proceso de prostitución de la encuestología, a partir de que parece evidente la subordinación de parte del elenco de encuestadores a los fines del contratante.La manipulación de las encuestas se ve en el hecho de que se publican guarismos inverosímiles de determinados candidatos, con el objetivo de levantar su imagen ante el electorado.La gente comienza a sospechar de que ninguna encuesta es creíble y que todas están "dibujadas". Las nuevas reglas del escenario político, marcadas por la escasa adhesión a los aparatos partidarios y el uso intensivo de las encuesta, tienen que lidiar con la incredulidad del electorado argentino.
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