Las unanimidades que son alienantes
La multitudinaria protesta "contra el gobierno" o de la "oposición" -depende de quién haga el relato- dispara infinidad de interpretaciones. Aunque la más obvia es que las homogeneidades ideológicas no existen en la realidad.Puede parecer anómalo el hecho de que cada tanto un sector de la opinión pública, preferentemente de clase media, se vea compelida a salir a la calle a expresar su enojo ante la marcha de las cosas.Hay una extendida sensación, en efecto, respecto de que estos grupos sociales no encuentran contención en el sistema político doméstico, padezcan cierta orfandad, o se sienten faltos de representación.El fenómeno de los "indignados" -si cabe utilizar esta figura en estas pampas- denota justamente la decepción ante el sistema, ante el ejercicio del poder estatal, y recuerda que la crisis es ante todo política.Se denuncia aquí el hartazgo de ciertos sectores ante una gestión de la vida pública, una inconformidad que en el caso argentino interpela a toda la clase dirigente y al sistema de partidos en particular.¿Las instituciones políticas argentinas han perdido credibilidad, se han alejado del sentir de vastos sectores de la población? ¿En qué medida el ordenamiento jurídico responde a la demanda de una sociedad plural?¿Argentina superó la crisis política del 2001, cuando en medio del tembladeral institucional y económico, el "que se vayan todos" retumbó por doquier?Como sea, aunque la protesta social pudiera estar denunciando defectos serios en el sistema político, nos recuerda al mismo tiempo que la discrepancia reside en el corazón de las sociedades abiertas.En este sentido, la aspiración a una uniformidad total ideológica y política, como remedio a la divergencia de opiniones, es una tentación peligrosa que conduce llanamente al totalitarismo.La sociedad sin disidencia no existe, salvo en las mentes de algunos ideólogos para los cuales los problemas se acabarían el día en que todos pensaran y sintieran lo mismo.En todo caso la finalidad política debería consistir en asegurar cierto grado de unidad en la diversidad, por intermedio de las elecciones, la representación, las transacciones entre el poder central y los poderes locales, la conciliación de los intereses en juego.La infalibilidad histórica, la creencia de que existe una verdad política superior, que debe ser impuesta mediante el adoctrinamiento o el silenciamiento de la disidencia, parte del supuesto filosófico de que la unanimidad es buena y necesaria.Bajo este presupuesto, todo acto de rebeldía, de disconformismo social, cualquier actitud contradictoria con esa verdad dogmáticamente establecida, debieran ser no sólo demonizados sino erradicados de raíz.Reorganizar las creencias y las conductas, sea a través de la educación política o utilizando técnicas sociales de acondicionamiento, ha sido el deseo de todos los totalitarismos.La historia sin embargo ha demostrado que los individuos y los grupos no se dejan disciplinar fácilmente por una tecnología política que lleve a la regimentación social.La puja ideológica y política en democracia, que se expresa a veces en protestas callejeras, se vuelve siniestra cuando alguna de las parcialidades quiere ser el todo desconociendo lo que piensan las otras partes.El mal colectivo no reside en la pluralidad de pareceres -cuya abolición sería entonces necesaria-, sino en creer que hay que adherir a un único dogma y marcar el paso.Las unanimidades compulsivas siempre son alienantes.
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