Libertad y respeto, o dependencia
Los argentinos sentimos aún cierta falta de compromiso constante para la reafirmación de una identidad que nos ha costado y nos cuesta consolidar.Nuestra historia nos marca, desde aquellos albores de libertad en 1810 hasta la efectiva declaración de la independencia en 1816, y aún hasta estos días, que los argentinos nos caracterizamos por ser una sociedad casi eminentemente confrontativa hacia adentro.Seguramente que ha sido y es mucho mayor el tiempo invertido para ejercitar las prácticas de enfrentamientos. Todas las generaciones que se han sucedido desde entonces y hasta ahora, nos hemos enfrentado no como adversarios sino propiamente como "enemigos".Todas las diferencias que no se han zanjado, que han producido heridas tan prolongadas en el tiempo, que no se han podido ni sabido curar, componen un elemento retardatario, y paralizante de lo que debiera constituirse en una acción constructiva, reparadora.De qué manera podemos reflexionar sobre el resultado en la realidad actual, de una declaración de independencia cuyo costo posterior sobre todo, ha resultado tan alto en vidas humanas y desprecio moral entre compatriotas.Pareciera a la luz de los acontecimientos, tan sólo de las últimas décadas, que nos hemos apartado del espíritu componedor. Unos y otros hacemos uso de estrategias que resientan o debiliten al que colocamos enfrente.Hoy en día, de acuerdo a ciertos momentos y ciertas circunstancias, se visualiza un escenario confuso donde los dirigentes y gobernantes dedican y colocan absolutamente todos sus esfuerzos e ideas, al servicio de una mirada pequeña y acotada. Con esa mirada estrecha se pretende satisfacer las ambiciones personales desmedidas.Para salvar los problemas que nos agobian, desde casi siempre, ha parecido que es necesario depender de algún mesías de circunstancia. Casi siempre parece que la bonanza de vida en cualquier sentido, depende únicamente de iluminados.Nos ocurrió con quiénes se creyeron enviados de Dios. Lamentablemente nos sigue ocurriendo, con creyentes, y otros que pese a no serlo, piensan de manera omnipotente y soberbia.Seguramente la contribución para formar una Nación auténticamente independiente como la que soñaron los antepasados, y la que hoy está demandando una mayoría silenciosa de buena gente en este país, debería asentarse en que quienes tienen que ser ejemplo de orientación para toda la sociedad, sepan deponer su orgullo y soberbia convirtiéndose en generosos captores de buena voluntad, y no en recurrentes miradores del pasado, sin un atisbo de humildad y compartimiento de culpas y responsabilidades con todos los demás.En la Argentina de hoy deberíamos estar absolutamente todos contenidos. En la diversidad y manifestación totalmente libre de las ideas, y el consecuente respeto por las de los demás.Allí habremos de encontrar el camino que nos haga absolutamente independientes y respetables.
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