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Llegó el día: al fin sabremos si las PASO son la primera vuelta

Mucho ruido y pocas nueces fue la campaña que acaba de terminar. Con mucho olor a primera vuelta, aunque mañana tendremos la fotografía precisa, es probable que asistamos a la elección más polarizada de las últimas décadas. ¿Propuestas? Casi nada.

Jorge Barroetaveña

Salvo las advocaciones habituales de ‘vamos para adelante’, ‘seremos felices de nuevo’ o ‘no queremos volver al pasado’, las propuestas brillaron por su ausencia. Algún avispa podrá suponer que el oficialismo tiene poco para decir, puesto que lo ha dicho con actos. La oposición tampoco, salvo los que nunca ocuparon un cargo público, porque la mayoría ya sabe lo que es eso.

Entre tantas dudas, sólo hay un puñado de certezas. En esta elección los argentinos volverán a votar con la negatividad en el orillo. El objetivo sólo será votar para evitar que tal o cual siga o llegue al poder. Que tal o cual siga haciendo lo que hizo o no vuelva a hacer lo que hizo antes. Los partidos políticos tal como alguna vez los conocimos, se han convertido en una rémora, burda y hostil. Como un karma, que persigue a la democracia y se empeña en hipotecarla. Quizás el mayor ejemplo sea el peronismo que lleva candidatos en todas las listas. ¿Peronistas de izquierda, de derecha, de centro? Difícil definirlos, apenas por su condición de peronistas, aunque definir eso ya sería una historia aparte.

El radicalismo también atraviesa un momento de crisis. Subsumido en una estructura de coalición mayor, pugna por conservar su lugar histórico. Si hasta tuvo que conformarse con ni siquiera integrar la fórmula presidencial, teniendo que bancar a otro peronista histórico. Los gobernadores forman su propia liga, siempre más cercana a sus propios intereses que a los externos. Y es lógico que así suceda. Habrá fotos, actos, escenarios y actas, pero escaso compromiso a la hora de salir a pelear porque algo que no sienten propio.

La otra coincidencia más allá de la ausencia de partidos, son las dificultades que aún restan sortear para salir de este maremágnum. A gatas el Banco Central pudo sostener la cotización del dólar, librada a los vientos de la economía nacional e internacional. Es cierto que cada vez que estornuda China o Trump publica un twit, la economía argentina queda en capilla y tiembla a más no poder.

Esa debilidad, acentuada por la vulnerabilidad externa y el nivel de deuda, tiene su correlato interno. ¿Qué país normal del planeta tierra tiene las tasas de interés de la Argentina? Ninguno que se precie viable. Uno supone que lo saben todos, aunque es probable que la solución la tengan pocos, o ninguno quizás.

La cuchilla de la culpa se blandirá pues mañana desde las ocho y hasta las 18. Un sector de la sociedad le echará la culpa, con razón, al actual gobierno. Otro a los que estuvieron antes y se fueron en el 2015 con un panorama más o menos similar. A la deriva podrían quedar los Lavagna o los Espert, o los Del Caño que han tratado de abrirse paso entre una polarización que los dos extremos buscaron. Porque en este juego que bailan Macri y Cristina los dos establecieron las reglas. No ahora, hace mucho tiempo, cuando la mayoría ni pensaba que Macri podría ser presidente de la Nación. Y no fue ella, fue él quien lo eligió como el enemigo predilecto. Ese que conviene tener como un espejo en el que uno jamás quiere reflejarse pero conviene para resaltar las virtudes propias.

Desde aquellos años, los primeros de la década pasada, el minué es compartido, como debe ser. En ese agujero negro han caído todos los intentos por cortar ese acuerdo. Algunos, como Massa, estuvieron muy cerca pero su propia incapacidad terminó por abortar la iniciativa. Otros siguen en el intento y habrá que ver hasta dónde llegan en esta elección. Y cuál será su futuro.

El lunes la fotografía de la elección marcará el camino hasta octubre. Una diferencia escasa (hasta 5 puntos) dejará la elección abierta. Una diferencia mayor es probable que encamine al ganador hacia la victoria final. Cualquiera de los dos que se acerque demasiado al 45% también quedará en inmejorable posición para quedarse con el premio mayor. Los votos en blanco hoy se computan como válidos pero en octubre desaparecerán de la cuenta final. De su volumen depende el porcentaje que podrían agregarle al primero. Si está muy cerca de 45%, la historia podría acabar rápido.

El correlato de los números se traducirá en la realidad de la calle. Que en los tres meses que habrá que esperar al veredicto final pasará de todo. Somos Argentina al cabo. No somos un país ‘normal’.

Lo más importante de todo será que, por primera vez en décadas, un gobierno que no tiene su origen en el peronismo, terminará su mandato. Y se irá, o no, por el mandato popular. Porque la gente es la que tendrá la última palabra. Premiando o castigando. No importa la connotación, sino la elección. Una y otra vez, hasta que alguna vez acertemos. Ojalá no esté lejos ese momento. ¿Habrá llegado la hora de rezar? Voto por eso.

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