Opinion | carnaval

Lo importante viene después del Carnaval

Este fin de semana largo tiene dos días feriados debido al carnaval, una fiesta de origen pagano, que se ha unido a la celebración cristiana de la Pascua. Por eso la fecha es "móvil".

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano

En realidad, el acontecimiento central es la Pascua, y se cuentan 40 días para atrás desde el Domingo de Ramos para establecer la fecha del Miércoles de Cenizas, cuyos dos días previos son el carnaval. Antiguamente eran días de fiesta, comida, bebida, incluyendo algunos excesos, en vista al inicio de un tiempo de austeridad y sobriedad, como la Cuaresma.

La cuestión es que este miércoles —que lo llamamos “de Cenizas”— comenzamos el tiempo de preparación hacia la Pascua. Lleva ese nombre porque en la Misa se impone sobre la cabeza la ceniza que se obtiene al quemar las ramas del Domingo de Ramos del año pasado. Es un signo y gesto de humildad y llamado a la conversión. De esta manera recordamos la fragilidad de la vida humana, lo fugaz y lo transitorio de este mundo. Serán 40 días para disponer el corazón, revisar la vida y, sobre todo, crecer en la confianza en el amor de Dios por cada uno de nosotros. Es un llamado a la conversión para superar el conformismo y la mediocridad.

La conversión implica un cambio de mentalidad (una mirada nueva sobre la propia vida y el mundo) y de actitudes (modos de vida, decisiones concretas). Este camino es movilizador e incómodo. La conversión nos lleva a un cambio de rumbo, a volver a fijar la mirada en el horizonte y a corregir lo que nos desvía de la plenitud de la vida.

Pero en este camino no estamos solos, ni contamos solamente con nuestras debilitadas fuerzas de voluntad. Nos acompaña la gracia del Espíritu Santo. Somos llamados a renovar la confianza en el amor de Jesús. Escribía Francisco a los jóvenes: “Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez”. (CV 123)

Podemos decir como San Pablo que “Cristo me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20). Esto nos lleva a buscar la oración como un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo.

En el tiempo que comenzaremos podremos reconocer que rezar es crecer en esta conciencia de ser amados sin merecerlo. Con un amor desbordante y pleno.

En la Palabra de Dios encontramos la luz que necesitamos. Dejemos que ella nos lleve a comprender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, por medio de una sincera conversión. La mirada estará orientada a los pobres y excluidos, para que en ellos veamos a Jesús y en ellos sirvamos al Salvador del mundo.

Pongámonos en marcha hacia la Pascua. Vale la pena.

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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