Lo mismo un burro que un gran profesor
Los argentinos solemos tener un sentido de la corrupción muy primitivo. Para nosotros, en el mejor de los casos, se trataría de no meter la mano en la lata.Ya es mucho, se dirá, ya que colectivamente tenemos un problema con el séptimo mandamiento. De ahí que nadie se escandalizara cuando no hace mucho un inefable sindicalista nos exhortara a "dejar de robar por dos años".Sin embargo, no tenemos desarrollado el olfato para captar, por ejemplo, que ocupar una posición para la que no estamos preparados también es corrupción.El filósofo español Ortega y Gasset, que nos conocía tanto, escribió alguna vez, al hablar de la Argentina: "Cualquier individuo puede, sin demencia, aspirar a cualquier puesto, porque la sociedad no se ha habituado a exigir competencia".La frase es impactante. Y a decir verdad describe bastante bien a un país que, curiosamente, se vive quejando de su clase dirigente, a la que acusa de incompetente.Cuando uno sufre la incompetencia de quien manda, cuando uno es damnificado en esa situación, empieza a comprender que esa anomalía es también corrupción.El hecho de que ese puesto -no importa si estatal o privado- no esté ocupado por alguien idóneo, sino por otro sin condiciones, supone trastocar el orden justo de las cosas.¿Cuál será del destino de una sociedad donde ninguna función sea gestionada por gente apta? ¿No describiría esa situación algo parecido a un estado de anarquía permanente?Ya lo decía el tango Cambalache, "todo es igual, nada es mejor". Quizá no se haya profundizado del todo el trasfondo meritocrático de la letra de este tango.En el fondo es una queja contra el igualitarismo criollo instalado en el carácter argentino. Hay que decirlo de una buena vez: en la Argentina no goza de buena prensa el discurso de que hay que promocionar a los mejores.Postular que uno debe ocupar el lugar que le corresponde, en función de sus méritos, esfuerzos y competencia, es una herejía. Acaso porque eso supone aceptar de movida que las personas son diferentes.Pero la onda cultural en la Argentina, ya sabemos, es diametralmente otra. Aquí cualquiera puede aspirar al cargo que desee. Es el derecho universal a acceder a la posición que se aspira.El "¿por qué no?" igualitario, que se escucha en todos los ámbitos, es una protesta unánime. "Lo mismo un burro que un gran profesor", retruca Discépolo por su lado, desde el sentido común.Es que el poeta no podía concebir una sociedad sin selección, una sociedad donde sus miembros diferentes ocuparan los puestos para los que eran idóneos, y para los que se habían preparado quizá toda la vida.Intuía quizá que detrás del ¿por qué no? se extiende la protesta del ignorante contra el que sabe, del mediocre frente al que tiene talento. ¿Acaso a los argentinos nos exaspera la competencia? ¿Envidiamos quizá más de la cuenta toda exhibición de superioridad?Las nociones de mérito personal y de competición social no son nuestro fuerte. Todo principio de selección, sobre la base del mérito, es culturalmente impugnado. No sólo eso: aquí está mal visto querer sobresalir, a base de talento y esfuerzo (como ocurre en el sistema escolar).Esta situación crea esquizofrenia. Por ejemplo: ningún argentino en su sano juicio querría, si estuviese enfermo, que quien lo curara fuese un verdulero. Pediría, como corresponde, un médico. ¡Y el mejor!¿Por qué, sin embargo, avalamos la incompetencia en los puestos, sobre todo en la esfera pública? ¿Por qué consideramos una herejía el ascenso de los mejores?.Si fuésemos coherentes debiéramos, por lo pronto, dejar de quejarnos de la ineptitud de los gobernantes elegidos por nosotros.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ÉSTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios