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Lo pensábamos enterrado para siempre pero...un día volvió el cepo

Una semana de paz cambiaria. Un puñado de días que cae la cantidad de depósitos que se van de los bancos. Un puchito de horas que la cotización del dólar se mantiene estable y cae el riesgo país y suben las acciones de las empresas argentinas. El paraíso para Macri. Tan sólo da para conformarse con eso. ¿La campaña? ¿Las elecciones? Quién lo sabe.

Jorge Barroetaveña

Es que el golpe de las PASO no se asimila fácilmente. De un día para otro Macri tuvo que empezar a pensar en sus últimos días del poder con un barco que se iba a pique. Desahuciado por las encuestas que les mintieron, y por una avalancha de votos que ni el más pesimista imaginaba, tuvo que cambiar el chip rápido y sobreponerse al mandoble.

En el menú de opciones ya no puede darse el lujo de adoptar medidas que repudió y condenó. Al cabo, durante estos años no hizo más que fortalecer el inmenso aparato de ayuda social que el kirchnerismo edificó, pensando, erróneamente, que podría cambiar la dirección de esos votos. Claro que no fue el único que pensó eso. Horacio Rodríguez Larreta, que quedó a un paso de ser reelecto en Capital, todavía se debe estar preguntando porqué invirtió 6000 millones de pesos en la Villa 31. El kirchnerismo le pegó una paliza monumental a Cambiemos sacándole más de 45 puntos de ventaja.

No habría entonces ahora que dudar nada si conviene poner un cepo o no conviene poner un cepo. Hace meses que el gobierno debió implementar esta medida cuando verificó que la fuga era indetenible y con la ayuda sola del FMI no alcanzaba. Que era necesario darles certezas a los ahorristas sobre su plata y evitar la incertidumbre de ir al banco sin saber bien qué iba a pasar. La crisis, alimentada por una errónea política económica y cambiaria, siempre tuvo un componente de confianza. Grande, amplio. Que quedó expuesto el domingo PASO que derrumbó el castillo. ¿Cuánto cambiaron las cosas entre un viernes y un lunes? Nada, salvo el voto de la gente y su veredicto.

Los primeros indicios fueron positivos esta semana. Macri está obsesionado con ponerle un corralito al dólar y que no se escape. Si alguna chance remota le queda de remontar la elección, es poniéndole hielo a la calentura cambiaria y dando muestras que tiene la situación bajo control. A esta altura es poco lo que puede hacer en el resto de la economía, salvo atemperar lo más posible el impacto de la devaluación.

Conservar lo que sacó, tratando de captar nuevos votantes, los de Espert y Centurión y rezar para que Alberto se mande alguna macana gruesa. Algún rezo dio resultado porque Grabois sigue abriendo la boca y diciendo cosas que poco le aportan al candidato del Frente de Todos. La sola expresión ‘reforma agraria’ atrasa 60 años, y pone en capilla una relación bajo lupa de un sector de la sociedad con el kirchnerismo. ¿Qué sentido tiene enemistarse de nuevo con un sector clave para el crecimiento y que podría aportarle mucho al nuevo gobierno? Lo de Grabois va más allá del propio dirigente, cuyo peso político electoral está en duda. Lo que desnuda en realidad, o lo anticipa en todo caso, es la interna que se viene si Fernández logra finalmente hacerse con la Casa Rosada. Es cierto que será él quien tenga la lapicerita, pero ¿qué pasará con todo lo que esté fuera de su alcance? Cristina será un polo de poder en el Congreso y Kicillof otro en la Provincia de Buenos Aires. Alberto tendrá el respaldo de los gobernadores y de los restos del massismo pero, ¿alcanzará de contrapeso al kirchnerismo que reivindica los votos como propios?

Aunque no lo digan en Cambiemos ya piensan en el posmacrismo. Si Rodríguez Larreta reelige será su gran referente y habrá que ver el futuro de María Eugenia Vidal en la Provincia. A sus íntimos les habría dicho que va a seguir en política, después de un buen descanso, pero que sus intenciones no es dar vuelta la página.

Para los radicales será otro desafío verse sin la referencia de un socio en el poder. Se abrirá un proceso de debate interno sobre cómo seguir en Cambiemos y será la hora de recrear liderazgos propios, capaces de devolverle a la UCR la posibilidad de colocar un hombre del orillo en lo más alto del poder.

Desde España, Fernández se mostró casi como el ganador de las elecciones presidenciales. Sus comunicadores de prensa se encargaron de resaltar que lo trataron como un presidente virtualmente electo. Dejó algunas definiciones inquietantes sobre justicia y corrupción aunque se encargó de remarcar que la Argentina cumplirá sus compromisos con los acreedores. Fue su aporte a la relativa tranquilidad de los últimos días. Si bien Macri le anticipó las medidas el pasado fin de semana, la relación entre ambos es tirante y desconfiada. Y no hay pronóstico para dar cuando arranque la campaña.

Deberían saber que tienen que tolerarse mutuamente. En el barco están los dos, y su objetivo debería ser aportar a la calma en el medio de la tormenta. Con el cepo, quedó claro que Macri está siendo el trabajo sucio. No porque quiera seguramente, sino porque no hay más tiempo para otras pruebas. El 10 diciembre, aunque en la Argentina un día es una eternidad, está al alcance de la mano. Y si la bomba estalla, las esquirlas también le pegarán a los que ese día tengan todo el poder. Que lo tengan en cuenta.

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