Lo que se aprende en la escuela de la vida
Tendemos a sobrestimar el saber proporcionado por el sistema formal, con respaldo académico, como si lo que se aprendiera en la vida cotidiana, netamente experiencial, fuese intrascendente y banal.Acaso como un prejuicio heredado del proyecto de la Ilustración, con su exaltación del pensamiento de raíz científica, y en un contexto de universalización de la educación estatal, creemos que el hombre superior es el escolarizado.A la inversa, todo lo que queda fuera de las aulas institucionales y que constituye la esfera de la experiencia propia y vital, es visto en forma peyorativa, porque allí supuestamente habita el hombre vulgar.Existe, efectivamente, una oposición entre el conocimiento escolar y el cotidiano, en donde el primero suele ser exaltado en desmedro del segundo, de suerte que sólo valdría la enseñanza impartida en los colegios.Sin embargo, se pierde de vista que el aprendizaje humano trasciende el sistema escolar y de hecho tiene lugar antes de que nuestro primer maestro haya impartido su lección.Por lo pronto, la pedagogía se activa en el hogar, teniendo nuestros padres un papel clave en nuestra la formación. Y por encima y antes del sistema formal los seres humanos adquieren conocimientos y valores a partir de su propia experiencia.Y allí hay un aspecto que hace más valioso lo cotidiano frente a la escuela. En el ámbito donde se desenvuelve la vida real, con su interacción constante con personas, cosas y situaciones, se aprende directamente de la práctica.En el mundo de la ciencia, en cambio, se imparte siempre un conocimiento basado en la experiencia ajena. Y en este sentido, no es casual que los pedagogos, preocupados por el desinterés de los alumnos por el sistema formal, indaguen sobre cómo conectarlo con la "vida".La "universidad de la calle" es una expresión metafórica que da cuenta de esta dicotomía. Para alguna gente se trata de un contrasentido. Porque está inclinada a ver la universidad como el ámbito más alto en la administración del conocimiento o de la enseñanza.La calle, según esta visión, es un ámbito más ruin, peligroso, casi delincuencial, aunque a la vez fascinante, en que se desenvuelve nuestra existencia ciudadana.Ahora bien, ¿por qué será que a veces nos asalta la duda respecto de que los egresados saben menos que los que nunca pasaron por las aulas universitarias? ¿Por qué razón, incluso, sospechamos que el sentido común está en la calle y no en la academia?Fue Michel Montaigne, en el siglo XVI, quien nos advirtió sobre la inepcia de la cultura ilustrada. El célebre filósofo francés distinguía dos categorías de conocimiento: erudición y sabiduría.Los colegios de su época, nos cuenta, sobresalían a la hora de impartir información, sobre la base de un modelo acumulativo (erudición).Pero fracasaban por completo en lo referido a la aptitud de vincular los saberes y darles sentido, y a formar una actitud filosófica y ética general en orden a la prudencia, tan necesaria en la vida (sabiduría). Es llamativo que hoy mismo en la patria de Montaigne funcione una "Escuela de la vida", como alternativa al sistema formal. Emplazada en Paris, en ese espacio los participantes reflexionan en torno al "curriculum" de la vida.Se plantean preguntas y piensan, así, acerca de los desafíos cotidianos: amor, sexo, enfermedad, hijos, dinero o ambición.
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