Lo que tapa la lucha electoral
No se habla más que de armado de listas, de candidaturas y de alianzas electorales. Al oficialismo sólo parece importarle retener el poder a cualquier precio, y a la oposición desbancarlo, también a cualquier precio.
Ya se sabe: el todo vale se ha instalado en las elecciones del 28 de junio próximo. La puja de facciones no conoce decoro republicano ni límite institucional alguno. Ningún código se respeta.
La anomia institucional caracteriza a la competencia electoral. Por ejemplo, tenemos a un vicepresidente que lidera una facción política opositora a su propio gobierno, en una ambivalencia éticamente repudiable.
Ni hablar del gobierno K, que en un delirio mesiánico ha convertido una elección legislativa en una disyuntiva dramática. Esto de plantear “Nosotros o el Caos” es propio de regímenes totalitarios.
El poder es nuestro o de nadie, es el mensaje que trasmite un oficialismo que de esta manera instala un “clima destituyente” contra la democracia republicana, cuyo eje es la alternancia en el gobierno.
Debajo de esta puja entre grupos políticos (por otra parte muy mediática), manteniéndose eclipsado por la histeria electoral, subyacen los problemas reales del país.
Los enroques en la política, los cambios de figuritas dirigidos a captar el favor de la opinión pública, tapan concretamente el avance de la pobreza, como ha advertido muy bien el ex ministro de Economía Roberto Lavagna.
¿Por qué los candidatos no hablan de la pobreza?, se preguntó hace poco en un artículo. Lavagna dice que, con ocasión de su candidatura a presidente, la respuesta que encontró en la clase política es que “ocuparse de los pobres no paga”.
“Los más sutiles me decían: estás equivocado al hablar de este tema, los pobres votan al gobierno de turno, tenés que ocuparte del resto de la sociedad”, apuntó. Como sea, la agenda más dolorosa del país –que al parecer a la política no le interesa- está ahí y es bien real.
Lavagna la recuerda sumariamente. Desde el año de la reelección presidencial la pobreza ha vuelto a subir y ya alcanza al 30% de la población, unos 11 millones de argentinos, de los cuales 3 millones son indigentes. El sector más impactado son los menores de 18 años.
En materia de educación, 14 provincias no cumplieron ni siquiera con los 180 días de clases en 2007 y 2008, y este año la situación será aún peor. Argentina está por debajo de Chile, Brasil y México –ni hablar de los países centrales- en cantidad de horas de clase.
Argentina ha quedado penúltima en lectura sobre 55 países y en el lugar 53º en Matemática, por debajo de Chile, Uruguay, México y Brasil o por debajo del promedio en el caso de Ciencias.
La brecha entre la educación pública y la privada es cada vez más grande. En el quintil (el 20% de la población) de ingresos más bajos, el 91,2% va a escuelas públicas, en tanto que en el quintil de ingresos más altos, el 74,9% tiene educación privada.
En salud, según los últimos datos conocidos (2007), la mortalidad infantil ha subido en el promedio del país: 334 casos más que el año anterior. Y ahora el dengue, asociado a la pobreza, ya es una epidemia que está costando vidas.
Según Lavagna, el otro drama es el trabajo en negro, que ha vuelto a subir, en un contexto donde además la tasa real de desempleo y subempleo está aumentando.
Estas son las rémoras sociales de la democracia que la campaña electoral mantiene increíblemente ocultas.
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