Los de abajo
Desde la madrugada del último miércoles, cuando se apagaban las luces postreras de la celebración del Bicentenario, me asalta una duda, quizá poco original pues muchas personas la comparten: ¿sabrán interpretar los dirigentes políticos el mensaje que dejó el pueblo en las calles de nuestro país, principalmente en Buenos Aires? Por Mario Alarcón Muñiz Admito que tampoco es original el interrogante. Varios observadores lo han planteado desde los medios nacionales. No obstante, vuelvo sobre el tema. Si, vuelvo, porque a eso precisamente nos referíamos en nuestra nota del domingo pasado, antes de producirse los festejos mulitudinarios.En las calles celebraron y cantaron -como quería José Pedroni en el poema que entonces recordábamos- el labrador, el jardinero, el panadero, el minero...Todos. Y fue una fiestapopular sin precedentes. En idioma guaraní fiesta es "areté", etimológicamente "ará" (tiempo) y "eté" (verdadero). Tiempo verdadero es el de la fiesta porque se trata de una oportunidad de acercamiento, de celebración conjunta, compartida, consecuencia de la índole social del ser humano, aunque lleguemos a ella con muletas como en esta ocasión. "Alcánceme las muletas que quiero seguir andando", decíamos aquí hace una semana. Y después del 25 no sólo seguimos andando sino que nos hemos fortalecido. De continuar así pronto tiraremos al diablo las muletas.El patriotismo¿Lo entenderán los dirigentes? Esta es la cuestión. Un atisbo se insinuó el miércoles, cuando los legisladores nacionales se unieron en un homenaje a Mariano Moreno en la plaza de los Dos Congresos. Fue saludable, pero no pasó de ahí. Claro que es muy pronto y estas cosas requieren un período de reflexión.Al pueblo en buena medida lo animaron espectáculos y desfiles. No hay que perder de vista ese marco. Sin embargo, se manifestó de manera espontánea, sin punteros, acarreos, choripanes, ni tetrabrik. Asistió por sus propios medios con escarapela al pecho y banderas argentinas. Otras insignias, ausentes. Conformó multitudes que no levantaron un "viva", como no fuera el "viva la Patria" y ningún "muera". Ni a favor ni en contra de nadie. Primero el patriotismo, ese sentimiento sagrado de pertenencia de la tierra que muchos creían archivado, guardado con candado en el baúl de las antigüedades o desplazado por los signos de la globalización. Pese a todo subsiste y se muestra cuando las circunstancias lo imponen. Soluciones, no riñasEs probable que ahí encontremos uno de los secretos de este fenómeno colectivo al que hemos asistido. El patriotismo ha sido tan menospreciado en los últimos tiempos que no pocos apostaron a su desaparición. Pero vive en el alma silenciosa del pueblo. Vive con tanta intensidad que las peleas a veces despiadadas de los dirigentes parecen lo que son: cuestiones minúsculas, mezquinas, de orden subalterno, por posiciones de poder que los llevan a perder de vista los asuntos realmente importantes.En estos últimos días el pueblo sobrepasó a los dirigentes que quedaron extraviados y sin brújula en el mar de sus propias contradicciones. En otras palabras, el acuerdo del Bicentenario que gobierno y oposición fueron incapaces de elaborar en esta oportunidad, a su manera lo proclamó la gente. A lo que no hicieron los de arriba lo fraguaron los de abajo. Como lo dice Martín Fierro: "Más Dios ha de permitir / que esto llegue a mejorar; / pero se ha de recordar / para hacer bien el trabajo / que el fuego, pa' calentar, / debe ir siempre por abajo".Pese a todo sigo dudando: ¿lo entenderán los dirigentes? ¿Sentirán el calor de los de abajo que no quieren riñas de poder sino soluciones para todos y una Patria grande?
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