Los alemanes del Volga: una colectividad que mantiene viva su identidad en Gualeguaychú
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A 85 años de la deportación de los alemanes del Volga de la Unión Soviética, nos sumergimos en el largo recorrido de migraciones, persecuciones, adaptación y resiliencia de esta comunidad. Hoy, sus descendientes recuerdan a quienes llegaron en busca de un futuro mejor, pero también a aquellos que sufrieron los avatares de una Europa convulsionada.
De todos los grupos migrantes que históricamente contribuyeron a conformar la sociedad gualeguaychuense como la conocemos, los alemanes del Volga constituyen un caso distintivo. Una identidad étnica y lingüística que supo construirse y fortalecerse en la adversidad y encontró en nuestras tierras un lugar donde prosperar, integrándose y adaptándose a la idiosincrasia local sin perder sus costumbres, valores y fuerte sentido de pertenencia.
El viaje de este pueblo tiene su punto de partida en 1763, cuando alemanes étnicos del suroeste y centro germano (en particular las actuales regiones de Hesse, Renania-Palatinado, Baden-Wurtemberg y Baviera) aceptaron la invitación de la emperatriz Catalina II de Rusia para instalarse en las tierras del bajo río Volga. La inmigración alemana a esta zona se mantuvo constante durante casi un siglo. Allí establecieron colonias, tanto católicas como protestantes y se dedicaron fundamentalmente a la agricultura, aunque entre ellos había profesionales y artesanos.
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Catalina la Grande les prometía que allí podrían practicar libremente su religión, estar exentos del servicio militar, mantener su idioma natal, tener organización escolar propia y administrar sus colonias y aldeas por estatutos propios. Sin embargo, si bien eso les fue respetado, al llegar a Rusia la mayoría se vio obligada a confinarse por completo a las actividades rurales. Al mismo tiempo, debieron jurar fidelidad a su majestad imperial y les impusieron estrictas restricciones si querían dejar el territorio. En ese contexto, se aferraron a una fuerte cultura del trabajo con la esperanza de que las próximas generaciones pudieran tener una mejor vida.
Con el tiempo, muchos alemanes se convirtieron en importantes terratenientes en la zona del Volga y su población se multiplicó notablemente, dando lugar a innumerables aldeas y ciudades. Los colonos y sus descendientes conservaron el idioma y las tradiciones alemanas: no se daban casamientos mixtos entre rusos y alemanes.
Sin embargo, a partir de 1874, el zar Alejandro II anuló los privilegios concedidos originalmente por Catalina con medidas que buscaban la rusificación cultural, a fin de modernizar y unificar el imperio: el servicio militar empezó a ser obligatorio, el idioma ruso se convirtió en la lengua oficial para los documentos públicos, tribunales y las escuelas locales, y las comunidades del Volga comenzaron a perder su autonomía. Estos factores, sumado al fomento de la inmigración por parte del Gobierno argentino, que les ofrecía tierras fértiles en provincias como Entre Ríos, Buenos Aires, La Pampa y Santa Fe, llevó a que grandes contingentes de alemanes comenzaran a llegar desde entonces, fundando en 1878 su primera colonia en nuestro país. Otros también optaron por destinos como Canadá, Estados Unidos, Brasil e incluso Paraguay.
Pero no todos migraron, un gran porcentaje de los alemanes volguenses permaneció en Rusia y continuó siendo un motor agrícola clave en esa región. Con el paso del tiempo y los avatares políticos, las condiciones se volvieron cada vez más hostiles para los alemanes. El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, por ejemplo, llevó a que la minoría germana comenzara a ser vista con abierta desconfianza por el Estado imperial ruso. Se prohibió la prensa en alemán, se restringió el uso del idioma y se proyectaron expropiaciones de tierras.Tras la Revolución Bolchevique de 1917, la Guerra Civil Soviética devastó la zona, y las requisas forzadas de grano provocaron hambrunas que diezmaron a la población del Volga.
Posteriormente, con el objetivo de proyectar una imagen de tolerancia étnica hacia el exterior y reorganizar el Estado, el gobierno de la URSS creó en 1924 la República Socialista Soviética Autónoma de los Alemanes del Volga. Allí, entre 1928 y 1940 los agricultores prósperos (kulaks) sufrieron la colectivización forzosa de Stalin, que confiscó todas sus propiedades y granjas. Entre 1937 y 1938, tuvo lugar la Gran Purga Stalinista,
donde la policía secreta soviética ejecutó operaciones masivas dirigidas contra minorías étnicas consideradas «sospechosas». Se ordenó la detención sistemática de docentes, religiosos, autoridades locales y campesinos prósperos en el Volga. Miles fueron acusados falsamente de espionaje para el Tercer Reich, arrestados y enviados a campos de trabajo en Siberia.
Finalmente, el 28 de agosto de 1941, se decretó que todos los alemanes del Volga fueran desterrados sin excepción, incluyendo a todo habitante de la URSS que fuese de ascendencia alemana, y deportados a campos de concentración (gulags). Se los acusaba colectivamente de actuar como "quinta columna", espías y saboteadores a favor de Adolf Hitler.
En cuestión de días, cercaron los pueblos, disolvieron la República Autónoma y confiscaron todas las propiedades, viviendas y ganado. Alrededor de 500.000 alemanes del Volga fueron subidos a vagones de carga para ganado y deportados hacia las estepas de Kazajistán y las regiones desoladas de Siberia. Decenas de miles murieron durante el trayecto debido a la falta de alimento, agua y atención médica.
Al llegar a sus destinos de deportación, la población civil fue reclutada forzosamente en la Trudarmee (Ejército de Trabajo). Hombres y mujeres de entre 16 y 55 años fueron separados de sus hijos e internados en campos de trabajo forzado. Se los destinó a la tala de bosques, minería, construcción de ferrocarriles y fábricas pesadas en condiciones extremas. Las elevadas tasas de mortalidad por inanición, congelamiento y agotamiento diezmaron a las familias.
Este viernes se cumplieron 85 años de aquel decreto que selló la suerte de los alemanes que se habían quedado en el Volga, mientras sus parientes y compatriotas construían una nueva vida en nuestro país. En el marco de este aniversario, la Asociación de Descendientes de Alemanes del Volga de Gualeguaychú realizó un acto conmemorativo en su sede, del que participaron unas cuarenta personas. Hubo palabras alusivas, ofrendas florales, una invocación religiosa compartida por el Pastor Joel Nagel, de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, y Mons. Héctor Luis Zordán, Obispo de Gualeguaychú.
El Prof. Dr. René Krüger dio una conferencia que reunió una importante documentación histórica y fotográfica sobre la persecución y las durísimas condiciones a las que fueron sometidos los alemanes en los campos de trabajo soviéticos. Al finalizar la exposición, algunas de las personas presentes compartieron relatos transmitidos por sus propios antepasados inmigrantes del Volga.
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A raíz de este acontecimiento, Ahora ElDía conversó con Leandro Hildt, presidente de la Asociación, quien compartió sus investigaciones sobre la llegada de los primeros alemanes del Volga a Gualeguaychú. Tras fundar casi una treintena de aldeas y colonias en nuestra provincia entre 1878 y 1904, los descendientes de los alemanes del Volga comenzaron gradualmente a trasladarse a pueblos y ciudades como la nuestra debido a una serie de factores.
Según explicó Hildt, el crecimiento demográfico y la fragmentación de las tierras por herencias redujeron el tamaño y la rentabilidad de las explotaciones, mientras que la escasez de nuevas tierras limitó las posibilidades de las nuevas generaciones de permanecer en el campo. “La mecanización o las nuevas tecnologías agrícolas disminuyó la necesidad de mano de obra en las actividades rurales familiares. Paralelamente, en las ciudades más grandes, la diversificación de oportunidades de trabajo permitió que muchos descendientes encontraran empleo en el comercio, la industria, los servicios y las profesiones urbanas. El creciente atractivo de los centros urbanos, con mejores posibilidades laborales, educativas y sanitarias, reforzó la decisión de abandonar las colonias”.
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El proceso se sostuvo durante décadas. Muchos jóvenes, después del servicio militar, no regresaban al campo, mientras que numerosas mujeres se trasladaban para trabajar en el servicio doméstico y terminaban estableciéndose en las ciudades. También los arrendatarios enfrentaban dificultades por los altos costos, la incertidumbre de los contratos, las malas cosechas y el endeudamiento, lo que llevó a muchos de sus hijos a buscar empleos más estables en pueblos y ciudades.
Según Hildt, desde la década de 1940, esta migración comenzó a reflejarse en Gualeguaychú. Numerosos descendientes de alemanes del Volga se radicaron en la ciudad y desarrollaron actividades comerciales, industriales, artesanales y de servicios. Durante las décadas de 1940 y 1950 llegaron algunas de las primeras familias y personas de esta colectividad, cuya presencia continuó creciendo con el paso de los años y pasó a formar parte del patrimonio cultural gualeguaychuense.
Entre ellas se encontraban familias y personas vinculadas a distintos oficios y actividades, como hotelería, fabricación de productos lácteos, almacenes, ladrillería, semillerías, transporte, zapatería y hospedaje, además de integrantes de la Asociación Cultural y Social Germano-Argentina. Apellidos como Alt, Weigandt, Bauer, Preisz, Heidenreich, Hermann, Hildt, Huck, Riffel, Michel, Heine, Sack, Kindsvater, Ross, Spomer, Fritzler, Schlundt, Müller, Sittner o Vogel.
Paralelamente, Gualeguaychú contaba con vecinos de origen alemán provenientes de otras regiones y procesos migratorios. Aunque su trayectoria era diferente a la de los alemanes del Volga, también estaban integrados a la vida económica, social y cultural de la ciudad y mantuvieron vínculos de amistad, trabajo y colaboración con esta comunidad. Entre ellos se mencionan Fandrich, Feldkamp, Fischer, Kunath, Luginger, Muhlbauer, Sommer, Trösken, Weigandt, Weinhold y Wodske.
La historia de los alemanes del Volga es la historia de un pueblo que, a lo largo de casi tres siglos, debió adaptarse a distintos territorios y atravesar profundas transformaciones políticas, sociales y económicas. A 85 años de uno de los episodios más trágicos de la historia de esta comunidad, recuperar su recorrido no implica solamente recordar el sufrimiento de quienes fueron perseguidos y deportados. También permite comprender cómo, pese al desarraigo y a las dificultades, quienes vinieron a nuestras tierras pudieron construir un presente y futuro mejor, integrándose y enriqueciendo la vida social y económica de Gualeguaychú, sin olvidar nunca su identidad.

