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Los aprendizajes de la crisis

La economía argentina parece hundida en un barrial. La preocupación y la confusión se generalizan, ya no solo en "los mercados", sino en la gente de a pie. Viejos comportamientos se repiten como una pesadilla recurrente: Más gente en los cajeros automáticos, más aprovisionamiento y colas en los súper los primeros días del mes, más demanda de dólares, menor predisposición a desprenderse de bienes, etc.

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Por Lucas Irigaray

Como dice Borges, la historia es circular. La íntima percepción de que esto ya nos pasó es en el fondo la causa del desasosiego, de la desesperanza, del “no tenemos futuro”. Es que parece increíble que podamos chocar tantas veces con la misma piedra. La incógnita que subyace es ¿Por qué no hicimos los aprendizajes necesarios para evitar las perimidas prácticas, las vacuas consignas y las viejas políticas que nos hicieron caer antes?

Los aprendizajes requieren, lastimosamente, experimentar las consecuencias del yerro. Hace años en el campo, intentábamos prevenir a mi hermano menor acerca de la desagradable sensación de tocar el boyero eléctrico. Procurábamos que lo evitara cada vez que nos acercábamos a esa condenada hilera de varillas. Una mañana húmeda de invierno vi desde lejos al catango acercarse al traicionero hilo, chapoteando en el barro, y prenderse decididamente con ambas manos, y escuché el postrer grito y el llanto ineludible. El aprendizaje estaba hecho. No hicieron falta ya más alertas en el futuro. Vino el otro día de visita, veinte años después, y miraba el hilo con recelo a una legua de distancia.

Aprendemos de los errores. Más de la mitad de los argentinos nacimos después de 1980. Por eso no es curioso que 31 años después de la última hiperinflación estemos repitiendo la antesala de lo que fue esa terrible crisis de 1989. Fue el corolario de un proceso de destrucción de la demanda de dinero, como consecuencia del endeudamiento, el déficit fiscal y el dirigismo económico. Y los argentinos seguimos votando populismos sin reparar en la manera en que se van a financiar las promesas de gasto, reclamando un estado cada vez más paternalista y más intervencionista. No asimilamos que el Estado está quebrado, el país empobrecido y la producción inviable por el peso intolerable de una carga impositiva exorbitante. Es que no hicimos el aprendizaje. No basta la teoría para asimilar las relaciones de causalidad entre: + Gasto Público, + Déficit Fiscal, + Emisión Monetaria (o Deuda), + Inflación, +Devaluación, - Salario Real. Hay que probar un sorbito de esa pócima tan tentadora para ver que gusto tiene.

Lo que sí resulta inadmisible, es que las sucesivas administraciones nacionales de los últimos veinte años desconozcan o incluso nieguen la mecánica de esta secuencia. Apelando a las enseñanzas de J.M Keynes – una doctrina desarrollada hace un siglo y de controvertida efectividad – los sucesivos gobiernos aumentaron el Gasto Público a niveles imposibles de solventar para los privados. Es un engolosinamiento que hasta el reconocido economista preocuparía. Hay argumentos – discutibles – que permiten afirmar que una Política Fiscal expansiva en momentos de crisis puntuales pueden contrarrestar los ciclos económicos recesivos incentivando el consumo o la inversión y manteniendo constante la demanda de dinero. El problema es que una vez que los políticos descubren ese recurso no quieren soltarlo más. Y se continúa con Déficit Fiscal permanente incluso durante los ciclos expansivos, durante los cuales se debiera aprovechar para recuperar el equilibrio macroeconómico y reforzar los fondos anticíclicos.

Eso nos ha llevado a convivir con un Estado elefantiásico desde hace décadas, que es ineficiente pero sobretodo deficitario, y que se ve obligado ya sea a endeudarnos a todos para continuar con su festín de gasto, o bien a castigar nuestros ingresos con el impuesto inflacionario que genera su emisión descontrolada. Y cuando el iceberg está encima, intenta mil medidas para tapar los rumbos de agua por doquier.

Sin un plan macroeconómico consistente que posibilite una economía sana y un fisco equilibrado, que nos permita insertarnos al comercio mundial y haga viable la inversión, la estabilidad del Tipo de Cambio y la previsibilidad en las reglas de juego, cualquier medida es como cubrir con las manos los agujeros en el casco del barco. Mientras sea más rentable quedarse en dólares antes que venderlos para producir bienes, contratar gente e invertir, no hay piso en este abismo.

Pasada esta crisis, yo descuento que los ciudadanos habremos hecho nuestros aprendizajes. Este eléctrico va a patear fuerte ¿Harán los políticos los suyos?

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