Los argentinos ante el desafío de vivir juntos
La semana de furia que vivió el país, en la que unos saqueaban a otros, ha hecho que algunos hablaran de rotura insalvable del "tejido social", como si ya nada uniese a los argentinos, salvo la coincidencia geográfica.Alguien especuló incluso que si no se inventan nuevas técnicas de trato, que ayuden a generar cierta amistad social, los años venideros serán de mayor discordia.La actitud delincuencial de cierta parte de la sociedad que roba sin criterios (simplemente por robar) individual u organizadamente más la tremenda y angustiante ausencia del Estado, es un cuadro que denota un deterioro preocupante de los vínculos sociales.Tras la caída del antiguo régimen feudal, donde la religión unía a las personas, los primeros sociólogos científicos se dieron a la tarea de pensar cuál sería el principio de cohesión del nuevo orden industrial.En esta faena usaron entonces la metáfora del organismo para describir a la sociedad. El corazón, el cerebro y los músculos trabajan juntos, son solidarios. Así funcionaba el "cuerpo social", decían.Cabría suponer, entonces, que esta solidaridad se ha roto en Argentina, donde sus distintas partes funcionan independientes del todo. Por otro lado, está por verse si los que hoy configuran esa totalidad, llamada Argentina, lo hacen porque quieren o sólo por inercia o porque no hay más remedio.Lo ideal sería una solidaridad que surja del deseo voluntario de vivir juntos, una manifestación consciente de pertenencia, algo que garantizaría a priori la convivencia de los argentinos.La calidad de las relaciones sociales, en ese caso, sería otra. Aunque acaso esta visión sea interpretada como demasiado idealista y desajustada de una época que mide las relaciones humanas en términos mercantiles.De hecho la guerra desatada estos días tuvo como telón de fondo una reivindicación salarial, de tono impositivo, que luego derivó en una rapiña generalizada, en donde unos, supuestamente desposeídos, se abalanzaron sobre las posesiones de otros.Un cuadro exacerbado por la inflación, un fenómeno que ha sido conceptualizado como dañino socialmente, ya que destruye el principio de reciprocidad económica, y deja a los de abajo de la escala social más inermes en la puja distributiva.¿Necesitamos los argentinos un programa de convivencia? ¿Cómo recrear una solidaridad que sea voluntaria, humana y deliberada? Detrás de la muletilla del "consenso social", de que suele hablar la clase política, se escamotea un punto: para acordar primero hay que querer acordar.Quizá aquí radica uno de los grandes desafíos de la sociedad argentina: lograr articular sus partes sobre la base de un aprendizaje orientado a la tarea de vivir juntos.No se puede obligar a convivir a grupos nativos separados. Ni la comunidad de sangre (que no la hay), ni la adscripción a un territorio, ni el pasado (sobre el cual hay distintas interpretaciones), ni la unidad lingüística, ni la contigüidad en el espacio, podrían fundar por sí mismos un programa de convivencia.Al plantearse este problema, el pensador José Ortega y Gasset sostuvo que sólo una condición salva a las sociedades y a los países del peligro de la atomización o la desaparición: un hacer y un programa de colaboración.En su opinión, la historia enseña que la fuerza real que ha logrado reunir en un solo cuerpo social a los grupos heterogéneos, es un proyecto de vida en común, un programa de quehacer.Lo que proporciona título para la convivencia no es el ayer, sino lo que vamos a hacer juntos mañana, decía.
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