Los argentinos y la atracción tecnológica
El gusto de los argentinos por las nuevas tecnologías es conocido. Se echa de ver en las estadísticas de consumo. Claramente, hay una pasión nacional por estos chiches de la ciencia.
Acaso la tendencia empalme con ese rasgo muy argentino de amor por la novedad. Nos gusta lo nuevo en los distintos planos: sociales y culturales. Ideológicamente, incluso, somos afectos al sincretismo, la mezcla.
Habrá que convenir, por otra parte, que esto de gratificarse con aparatos tecnológicos, como celulares, computadores, cámaras digitales y demás, es un síntoma de la posmodernidad.
Una especie de hedonismo tecnológico aqueja a la época contemporánea, confirmando la profecía del canadiense Marshall McLuhan, quien décadas atrás comprendió cabalmente la revolución que se estaba gestando.
El autor de la expresión "el medio es el mensaje" nos vino a decir que las diferentes tecnologías (la oralidad, lo escrito, la televisión, la informática, etc.) determinan la manera que el hombre concibe el mundo y lo social.
McLuhan, en realidad, era un abanderado del determinismo tecnológico. Afirmaba que los cambios en este campo eran la causa eficiente del desarrollo histórico -así como Marx decía que lo era la lucha de clases-.
La tecnología está transformando aceleradamente los hábitos de la sociedad argentina, y también su modo de ver el mundo, desde una lógica transversal que desafía los estratos sociales, según el tópico clásico de la sociología.
Se podría decir, en un sentido, que los argentinos profesamos la fe de McLuhan en los adelantos tecnológicos aplicados a la comunicación.
Si en 2003 había sólo 100 mil conexiones a Internet en Argentina, hoy son más de 5 millones. Si ocho años atrás había 6 millones de líneas celulares, hoy son más de 50 millones, un número mayor que la población nativa.
Sólo estos dos datos revelan que en la última década, la sociedad argentina ha asistido a una transformación digital notable. La explosión de la banda ancha y de la tecnología móvil está detrás del fenómeno masivo de consumo de productos y servicios digitales.
El otro dato son las redes sociales como Facebook. Hasta 2007 no se oyó hablar de ellas como algo masivo. Resulta que ahora más de 12 millones de argentinos las usan.
La impactante transformación tecnológica de personas y familias fue posible, por lo demás, por la recuperación económica de estos años, que hizo que mucha gente se volcara a la compra de computadoras y aparatos de todo tipo.
Los antropólogos empiezan a considerar que el gusto del hombre contemporáneo por las tecnologías no deja de tener cierta adicción. Explican esta atracción a través del concepto de fetichización.
Los fetiches se relacionan con las religiones tribales. El nombre remite a ciertos objetos considerados divinos, los cuales a menudo se utilizan como instrumentos de magia.
El término, por tanto, puede ser aplicado a los objetos que devienen en ídolos. "Objeto material, de culto supersticioso en algunos pueblos, que es venerado como un ídolo", refiere la definición del diccionario.
Los aparatos tecnológicos, por tanto, harían las veces de fetiches mágicos para los argentinos. Participar de la revolución tecnológica, por otra parte, es como comulgar con el espíritu de la época. Una época que ha sucumbido a la fascinación virtual.
El aparato técnico presenta un carácter eminentemente simbólico. Más allá de su funcionalidad, se halla cargado de significaciones y de sentido para los usuarios, que lo llegan a visualizar como dotado de poderes sobrenaturales.
Acaso la tendencia empalme con ese rasgo muy argentino de amor por la novedad. Nos gusta lo nuevo en los distintos planos: sociales y culturales. Ideológicamente, incluso, somos afectos al sincretismo, la mezcla.
Habrá que convenir, por otra parte, que esto de gratificarse con aparatos tecnológicos, como celulares, computadores, cámaras digitales y demás, es un síntoma de la posmodernidad.
Una especie de hedonismo tecnológico aqueja a la época contemporánea, confirmando la profecía del canadiense Marshall McLuhan, quien décadas atrás comprendió cabalmente la revolución que se estaba gestando.
El autor de la expresión "el medio es el mensaje" nos vino a decir que las diferentes tecnologías (la oralidad, lo escrito, la televisión, la informática, etc.) determinan la manera que el hombre concibe el mundo y lo social.
McLuhan, en realidad, era un abanderado del determinismo tecnológico. Afirmaba que los cambios en este campo eran la causa eficiente del desarrollo histórico -así como Marx decía que lo era la lucha de clases-.
La tecnología está transformando aceleradamente los hábitos de la sociedad argentina, y también su modo de ver el mundo, desde una lógica transversal que desafía los estratos sociales, según el tópico clásico de la sociología.
Se podría decir, en un sentido, que los argentinos profesamos la fe de McLuhan en los adelantos tecnológicos aplicados a la comunicación.
Si en 2003 había sólo 100 mil conexiones a Internet en Argentina, hoy son más de 5 millones. Si ocho años atrás había 6 millones de líneas celulares, hoy son más de 50 millones, un número mayor que la población nativa.
Sólo estos dos datos revelan que en la última década, la sociedad argentina ha asistido a una transformación digital notable. La explosión de la banda ancha y de la tecnología móvil está detrás del fenómeno masivo de consumo de productos y servicios digitales.
El otro dato son las redes sociales como Facebook. Hasta 2007 no se oyó hablar de ellas como algo masivo. Resulta que ahora más de 12 millones de argentinos las usan.
La impactante transformación tecnológica de personas y familias fue posible, por lo demás, por la recuperación económica de estos años, que hizo que mucha gente se volcara a la compra de computadoras y aparatos de todo tipo.
Los antropólogos empiezan a considerar que el gusto del hombre contemporáneo por las tecnologías no deja de tener cierta adicción. Explican esta atracción a través del concepto de fetichización.
Los fetiches se relacionan con las religiones tribales. El nombre remite a ciertos objetos considerados divinos, los cuales a menudo se utilizan como instrumentos de magia.
El término, por tanto, puede ser aplicado a los objetos que devienen en ídolos. "Objeto material, de culto supersticioso en algunos pueblos, que es venerado como un ídolo", refiere la definición del diccionario.
Los aparatos tecnológicos, por tanto, harían las veces de fetiches mágicos para los argentinos. Participar de la revolución tecnológica, por otra parte, es como comulgar con el espíritu de la época. Una época que ha sucumbido a la fascinación virtual.
El aparato técnico presenta un carácter eminentemente simbólico. Más allá de su funcionalidad, se halla cargado de significaciones y de sentido para los usuarios, que lo llegan a visualizar como dotado de poderes sobrenaturales.
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