Los daños colaterales del entorno mediático
Es una conquista que una sociedad, frente a los regímenes totalitarios monocordes, esté abierta a la circulación sin censura de la información. Pero eso no garantiza per se que el ciudadano sea más sabio ni dueño de sí.Se podría trazar un paralelismo valorativo con los sistemas de gobierno. A la hora de juzgar las desventajas y los vicios de unos y otros, se deduce que la democracia es la alternativa menos mala y por tanto la deseable.Eso quiere decir que elegir gobernantes con un concurso de popularidad es preferible a, por ejemplo, un sistema que postule que el poder es hereditario y vitalicio, aunque eso no significa que la democracia sea perfecta en sí misma.En Argentina, por caso, se votan los gobernantes pero eso no elimina el hecho de que un grupo político se pueda hacer del poder mediante las elecciones, para utilizar los resortes del Estado a su favor e imponer un sistema de eliminación simbólica de la crítica y de la oposición.Por otra parte, existe la manipulación de las campañas electorales, una de cuyas lacras es la utilización del aparato del Estado y los dineros públicos para torcer la voluntad de los votantes.Con el sistema mediático es igual: es preferible un sistema múltiple y plural a un concentrado de pensamiento único. La circulación libre de los datos y las noticias es condición "necesaria" para que el ciudadano esté informado. Sin embargo, no es condición "suficiente" para que haya una mejor ciudadanía.En las sociedades occidentales abiertas, el entorno se ha convertido en un río de noticias, pero al mismo tiempo, esa cantidad y universalidad no garantiza que el receptor de los mensajes sepa captar lo que fluye bajo ese río.Hay quienes advierten sobre los "daños colaterales" del aluvión informativo. Las bulimia de consumo de sucesos y acontecimientos, en un punto paraliza la capacidad reflexiva del informado, incapacitándolo así para hacer una síntesis de lo que recibe.Hace poco el intelectual argentino Guillermo Jaim Etcheverry, en un interesante artículo, propugnó hacer un "ayuno informativo", una dieta necesaria, al parangonar el sistema cognitivo de las personas con su sistema digestivo.Así como el cuerpo se puede indigestar por exceso de comida, o alimentos de mala calidad, la mente de cada uno de nosotros puede, análogamente, pagar un alto precio por la absorción adictiva y acrítica de datos.Etcheverry cita al respecto a David Meyer, profesor de psicología de la Universidad de Michigan, para quien "nos enfrentamos a una plaga cognitiva capaz de anular la capacidad de concentración y el pensamiento productivo de una generación entera".El deseo de estar informado sobre lo que sucede puede jugarnos en contra. "Perdemos la capacidad de concentración y sacrificamos así la posibilidad de plantearnos los eternos dilemas humanos, ahogados como estamos en la información a la que, cada día más, nos cuesta encontrarle un sentido", completa Etcheverry.Los estudiosos de la comunicación, en tanto, hablan de la "disfunción narcotizante" de los medios, al evaluar el efecto deprimente que tiene sobre el público la exposición a grandes cantidades de información.Uno de esos efectos es la escasa participación ciudadana. "El ciudadano interesado e informado puede sentirse satisfecho por todo lo que sabe, sin darse cuenta de que se abstiene de decidir y de actuar", sostienen Paul Lazarsfeld y Robert Merton.Podría ser "que la expansión de la comunicación de masas estuviese apartando las energías humanas de la participación activa para transformarla en conocimiento pasivo", dicen los autores.
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