Los desafíos del diálogo social
La salida dialoguista del gobierno K debe superar un primer escollo: el escepticismo reinante, producto de que la palabra oficial está corroída en su credibilidad.La sensación es que parece la única salida posible para un gobierno débil. Entonces surge la pregunta: ¿el gobierno habría llamado al diálogo social y político si hubiera ganado las elecciones del 28 de junio pasado?Resulta difícil, por tanto, no asociar la iniciativa a cuestiones tácticas de supervivencia política. Es razonable presumir, desde esta óptica pesimista, que se estaría frente a un intento por ganar tiempo, tras la derrota electoral.¿Va convencido al diálogo el gobierno? ¿Es sincero en su apertura a los sectores sociales? ¿O invita al intercambio porque no tiene más remedio que hacerlo?Hay una diferencia entre hacer las cosas por necesidad en lugar de hacerlo por convicción. Cuando se actúa a regañadientes -forzado por las circunstancias- sin fe en lo que se hace, las cosas no salen bien.Por otro lado, no es la primera vez que este gobierno hace una convocatoria a un amplio diálogo. Lo hizo en medio del conflicto del campo, cuando apeló al Bicentenario.Como se recordará, esa iniciativa no se tradujo en nada. También hubo intentos de creación del Consejo Económico y Social, anunciado por Cristina Kirchner cuando era candidata, durante la campaña proselitista.Esa propuesta tampoco se llevó a la práctica. Demás está decir que en el discurso de asunción de la presidenta, hubo también una apelación al diálogo. Sin embargo, el país vivió estos años bajo la doctrina de la negación del otro.Lamentablemente, desde el poder político se instaló la ideología maniquea según la cual el disidente, quien piensa distinto, es el enemigo a eliminar.La estrategia de la confrontación -con la cual se construyó poder político- surgió de dividir a la sociedad en buenos y malos. A estos últimos, si no se domesticaban, había que "ponerlos de rodillas".Si bien la negación de la razón del otro es un mal enquistado en la sociedad argentina -y ahí está nuestro pasado para certificarlo- en el último tiempo esa actitud se exacerbó.Acaso la sociedad haya repudiado, en el último pronunciamiento electoral, esta cultura política que condujo a los argentinos a una fuerte división.Percibir al que tiene distintas ideas políticas como un "enemigo" anula la capacidad de entendimiento sobre el "otro diferente" y esto, a su vez, limita la expansión intelectual.Postular la inexistencia del otro -que además está en la base de los regímenes totalitarios- niega en sí misma el diálogo. Porque de lo que se trata, de última, es de imponer la voluntad del más fuerte.Esta ceguera impide modificar posiciones fijas y absolutas respecto de lo que pasó y lo que hay que hacer. En este sentido la política entre nosotros ha sido colonizada por el pensamiento religioso.Reino siempre cambiante, contingente, donde se despliegan los negocios humanos, la política no es la esfera de las "verdades absolutas". Al contrario. Sin embargo, en Argentina persiste la mentalidad del sectario religioso en los asuntos políticos.Cuando se habla de "ideologización" de este mundo, en sentido negativo, se remite a este trastoque profundo de la faena política. Por eso el "ideólogo", una especie de fanático religioso en el mundo secular de la vida pública, ha destronado al hombre prudente en la dirección de los asuntos humanos.El llamado al diálogo debiera ser una oportunidad para que los argentinos nos reencontremos en la diversidad. Porque cada uno tiene algo que aportar para el bien del país.
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